El Libro Rojo CAPÍTULO 16 #4
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CAPÍTULO 16 #4

El silencio que siguió duró lo suficiente como para que Caty se preguntara si la llamada se había cortado.

Cuando la voz volvió a hablar, algo en ella se había tensado, un cambio tan sutil que solo alguien que llevara semanas aprendiendo a leer esos matices, como Caty había empezado a hacer con Marco, habría llegado a notarlo.

—Halberg no es un nombre nuevo, Marco. Hace un siglo ya perseguía a los nuestros por Europa y el norte de África, con métodos que entonces llamábamos caza y que ahora, por lo visto, alguien ha decidido modernizar.

Si ha vuelto a aparecer ahora, unido al de Rheingold, significa que esto no es una farmacéutica persiguiendo una anomalía genética suelta, como llevamos meses suponiendo.

Es una cacería que empezó mucho antes de que tú nacieras, y que nunca llegó a terminar del todo. Solo cambió de nombre.

Caty sintió que el peso del sobre, todavía guardado en el fondo de su mochila, se volvía de golpe mucho más real de lo que había sido hasta ese momento.

—¿Qué hacemos? —preguntó Marco.

—Seguid el plan. Trípoli, mañana, como estaba previsto.

Yo me encargo de que la documentación de Catherine esté lista para cuando lleguéis al aeropuerto, y de averiguar todo lo que pueda sobre ese apellido antes de que volváis a necesitarlo.

—Una pausa breve, casi imperceptible—. Cuidad de ella, Marco.

Más de lo que la habéis cuidado hasta ahora.

Si Halberg ha vuelto a moverse, esto ya no es solo una fuga.

Es el principio de algo que todos llevamos demasiado tiempo temiendo que llegara.

La llamada terminó sin ninguna despedida formal, el mismo estilo seco con que había empezado.

Marco guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se quedó mirando la puerta cerrada de la oficina durante un momento, antes de volverse hacia Caty con una expresión que intentaba, sin conseguirlo del todo, parecer más tranquila de lo que en realidad estaba.

—¿Quién era? —preguntó ella.

—Alguien que lleva vigilando esto mucho más tiempo del que tú y yo llevamos vivos juntos —respondió Marco—. Ven. Tomás nos ha preparado algo de ropa limpia, y esta noche, por una vez, deberíamos intentar dormir de verdad. Mañana va a ser un día largo.

Horas más tarde, tras un sueño breve pero reparador y provistos de prendas limpias y secas, se abrieron paso por los interminables pasillos del Aeropuerto Charles de Gaulle.

Cientos de viajeros recorrían las luminosas instalaciones, un mar de familias atraídas por la reciente inauguración del complejo de Disneyland París.

En medio de aquel caos humano, de risas y montañas de equipaje, nadie se fijó en la pareja de rostros cansados que caminaba sin maletas.

En los mostradores de facturación, a ningún empleado le extrañó su destino, impreso en dos billetes de solo ida reservados horas antes a través de la red cifrada: Trípoli, Libia.

A bordo de la aeronave, mientras el estruendo mecánico de las turbinas ahogaba el silencio de la cabina presurizada, y Europa quedaba finalmente reducida a un mosaico de nubes heladas bajo sus pies, Marco se volvió hacia ella. El aire seco del avión olía a queroseno y a cuero sintético.

—En cuanto aterricemos y aseguremos el perímetro, contrataremos un vehículo hacia el desierto profundo. ¿Has visto alguna vez los lagos del Sahara?

Caty frunció el ceño, apoyando la sien contra el plástico frío de la ventanilla, recordando la anotación febril en la servilleta de Soni, y también, sin poder evitarlo, las palabras que Marco le había dicho sobre la mesa de mantel de cuadros.

Cuando sepas de verdad quién eres, hablaremos de esto de nuevo.

—La zona a la que vamos se llama Gabraoun —continuó Marco. En su voz asomaba un entusiasmo denso, casi reverencial, que rompía su eterno pragmatismo—. Allí se encuentra el lago Um El Ma, la «madre de las aguas». ¿Has oído hablar alguna vez de Shambala, Catherine?

—¡La ciudad mística! Claro, como todo el mundo —repuso ella.

El inquebrantable escepticismo de su mente científica volvió a erigir sus defensas como un mecanismo de protección visceral, negándose a aceptar más mitos imposibles tras haber dormido en una cloaca—.

Supongo que luego Papá Noel lanzará peluches desde el cielo con su trineo tirado por renos.

No me tomes por tonta, Marco. Ya he visto suficientes milagros biológicos como para tragarme cuentos de hadas sobre reinos en el Himalaya.

Marco soltó una risa seca, un sonido rasposo que se disolvió en la vibración del fuselaje. Al mirarla, sus ojos no denotaron peligro, sino una certeza antigua e indestructible, densa como una roca que lleva milenios en el mismo sitio.

—Los humanos se cuentan a sí mismos que cuando el mundo entre en una era definitiva de guerra y odio, el rey de Shambala saldrá de su ciudad secreta para purgar la tierra —murmuró Marco, inclinándose hacia ella hasta que su aliento rozó el rostro de Caty—.

Pero nosotros sabemos que Shambala no es un simple mito de leyenda.

Es real. Y esos lagos perdidos de arena son la llave.