CAPÍTULO 16 #3
El calor de su mano desapareció de golpe. Caty sintió el desgarro de la separación y se tensó como un arco de madera a punto de quebrar. El miedo atávico a quedarse a solas en aquella inmensa oscuridad, sepultada bajo el peso de la ciudad, amenazó con destrozar su valor analítico.
—Voy contigo… no me dejes aquí sola —suplicó, con la voz rota, traicionando cualquier fachada de frialdad académica.
—No —sentenció él. La autoridad de su negativa fue inquebrantable, una directriz de protección pura dictada por su instinto que no admitía debate—. Solo será un momento. Quédate pegada al muro. Cuenta hasta doscientos si necesitas algo a lo que aferrarte.
Los minutos se estiraron como horas líquidas.
El sonido del agua estancada golpeando las paredes le taladraba los tímpanos, cada gota un metrónomo cruel marcando lo sola que estaba.
En algún punto de la negrura, algo pequeño chapoteó —una rata, se dijo, solo una rata— y Caty se mordió el labio para no gritar.
Finalmente, los pasos medidos, firmes y silenciosos de Marco regresaron, acompañados por un tenue resplandor de luz grisácea y plomiza que empezaba a filtrarse por una compuerta superior abierta.
—Ven, estás helada —murmuró él al alcanzarla.
En un gesto que carecía de cualquier formalidad o distancia táctica, la atrajo hacia sí y la abrazó con una fuerza abrumadora.
El contacto físico, el olor a lluvia, a ozono y a lana húmeda de su abrigo la envolvió por completo.
Caty cerró los ojos, absorbiendo su calor corporal durante un segundo infinito, dejando que el ritmo acompasado del corazón de Marco apaciguara el suyo, antes de que él la empujara con suavidad hacia la superficie.
Caminaron juntos bajo la luz pálida y fría del amanecer, cruzándose con los primeros peatones y furgonetas de reparto, esquivando miradas, hasta adentrarse en las callejuelas del mercado de abastos.
Se detuvieron frente a un gran almacén de ladrillo visto.
Un viejo letrero descolorido anunciaba el nombre «Tomato», formado caprichosamente con dibujos de manzanas y naranjas.
El aire allí dentro cambió bruscamente; olía a cítricos maduros, a cartón húmedo y a tierra limpia.
En el interior de la nave, un hombre inmensamente corpulento que cargaba pesadas cajas de madera en la parte trasera de una furgoneta asomó la cabeza al escuchar sus pasos. Caty frenó en seco, recelosa, con los músculos en tensión, pero Marco tiró de ella suavemente, instándola a avanzar.
—Buenos días, Tomás. Lamento profundamente no haberle llamado antes… ¿tiene mi pedido? —Marco exhibió de pronto una sonrisa amplia y franca, un gesto insólito que transformó por completo la dureza habitual de sus facciones.
Tomás dejó caer la caja de madera con un golpe sordo, limpiándose las manos en el delantal, y los condujo sin hablar hacia una pequeña oficina abarrotada de archivadores y albaranes.
Al cerrar la puerta tras ellos, el hombre abrazó a Marco con una fuerza titánica.
Fue en ese preciso instante, mientras se separaban y el hombre se giraba para saludarla, cuando los ojos de Caty procesaron la fisonomía de Tomás.
Sintió un impacto eléctrico en la memoria celular: el frutero poseía la misma piel blanca y curtida, la misma cadencia inalterable al moverse y, en la penumbra de la oficina, sus iris destellaron con el inconfundible color del bronce viejo.
Era exactamente igual a Rouros, a Mario y a Marco.
La red de los suyos latía oculta bajo el asfalto de las grandes capitales humanas, camuflada en los oficios más comunes, sosteniendo una infraestructura invisible y milenaria.
—La gente del R.A.T.G. nos pisaba los talones. Han movilizado rastreadores desde España —se excusó Marco, bajando el tono de voz para recuperar su gravedad habitual.
—Lúy espera tu llamada —dijo Tomás, abriendo un cajón de acero del que extrajo un pesado teléfono satelital negro, entregándoselo junto a un manojo de llaves—.
Tenéis un aspecto horrible, y apestáis a alcantarilla.
Antes de nada, llama. Luego descansad en mi casa; no podéis ir llamando la atención de los sensores por París con esa ropa.
Marco esperó a que Tomás cerrara la puerta de la oficina tras salir a atender un pedido antes de marcar el número, una secuencia larga de dígitos que tecleó de memoria sin necesidad de consultar nada.
El teléfono satelital tardó varios segundos eternos en encontrar señal, un pitido intermitente que a Caty le pareció, en la quietud de aquella oficina abarrotada de albaranes, insoportablemente ruidoso.
—Soy Marco —dijo, cuando la línea por fin se abrió, sin dar tiempo a que nadie al otro lado dijera nada primero—. Estamos bien, los dos. Pero ha habido un incidente en la Gare du Nord, y ha salido de él algo que necesito que oigas antes de que sigamos hacia el sur.
Puso el teléfono en modo altavoz y lo dejó sobre la mesa, entre los dos.
La voz que respondió sonó más vieja de lo que Caty esperaba, pausada, con un timbre que parecía haber aprendido a no alarmarse ante nada, aunque algo en el fondo de esa misma calma insinuaba que aquella tranquilidad se había ganado a un precio muy alto.
—Te escucho.
—Rheingold —dijo Marco, sin rodeos—. No el R.A.T.G. La propia farmacéutica, moviendo gente en el terreno directamente, algo que hasta ahora no habían hecho nunca. Y en los papeles que les hemos quitado hay un nombre subrayado a mano. Halberg.