CAPÍTULO 16 #2
Marco se quedó mirando la palabra durante varios segundos, con una inmovilidad que a Caty le resultó más inquietante que cualquiera de los golpes de los últimos minutos.
—¿Lo conoces? —preguntó ella.
—No a él. —Marco dobló la hoja despacio, con un cuidado que no tenía nada que ver con el papel en sí—. Pero conozco el apellido. Y si está aquí, unido al de Rheingold, hay alguien que sabe explicarlo mejor que yo. Vámonos. Necesitamos hacer una llamada, y no desde ningún sitio público.
Caminaron en silencio hacia el sur, alejándose de la estación, con el sobre ya guardado en el fondo de la mochila de Caty como si el propio peso del secreto pudiera delatarlos.
Marco insistió en que comieran algo caliente antes de seguir: un cuerpo agotado, dijo, tomaba decisiones peores que uno alimentado.
Escogió un pequeño restaurante de mantel de cuadros cerca de la estación de metro de Louvre-Rivoli, el tipo de sitio anónimo donde nadie recordaría sus rostros al día siguiente.
El calor del local, el olor a mantequilla dorada y vino tinto, la envolvió como una tregua momentánea. Durante los primeros minutos comieron casi en silencio, pero Caty sentía que la pregunta le quemaba en la garganta desde que había cerrado la libreta de Soni en la cueva.
—Mi abuelo —dijo al fin, dejando el tenedor sobre el plato—. El que huyó de vosotros, del R.A.T.G., hace veinte años. Mario dijo su nombre una vez, ¿verdad? Nazarí.
Marco no levantó la vista del vaso de agua que sostenía entre los dedos. Algo se endureció, apenas perceptible, en la periferia de sus ojos —el gesto de un cerebro calculando cuánto podía decir sin decir demasiado.
—Nazarí era de los nuestros —confirmó, con una cautela deliberada, como quien camina sobre una capa de hielo que no sabe si aguantará su peso—. Un guardián antiguo. Cuando decidió abandonar la Vigilia para proteger a tu madre, rompió algo que no se rompe con facilidad.
—¿Qué es «la Vigilia»? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante—. Habláis de ella como si fuera una persona, un lugar, un… no sé, un dios.
—Es el pacto —respondió Marco, y por primera vez desde que Caty lo conocía, su voz perdió parte de su firmeza habitual—.
Los Kenotim existimos bajo un acuerdo con el Creador.
No intervenimos. Guardamos, observamos, protegemos lo que se nos permite proteger, pero no alteramos el curso de los hombres.
Es el precio de seguir aquí, en la tierra que ayudamos a levantar.
—¿Y mi abuelo lo rompió?
Marco guardó silencio un instante demasiado largo. Cuando habló, escogió cada palabra con el mismo cuidado quirúrgico con que sus manos habían tensado los nudos de esparto en el desierto, décadas atrás en la memoria de otros.
—Nazarí amaba a tu abuela más de lo que amaba el silencio —dijo—.
Y cuando ella murió, en lugar de dejar que tu madre creciera protegida y ajena a lo que era, la entregó por completo al mundo de los hombres.
Sin guardianes cerca. Sin nadie que vigilara lo que dormía en su sangre.
La abandonó a la intemperie, Catherine. Y una simiente de los nuestros, dejada a la intemperie, es una puerta abierta.
Caty sintió que el calor del restaurante se enfriaba de golpe.
—Entonces la culpa es suya. No mía.
—No hablamos de culpas como las entendéis vosotros —respondió Marco, y en su tono había algo que no era reproche, sino una especie de dolor antiguo, cuidadosamente contenido—.
Hablamos de un desequilibrio. Vuestra estirpe, la tuya, quedó fuera del amparo del pacto el día en que Nazarí decidió que el amor pesaba más que el deber.
Y lo que queda fuera del amparo… está expuesto al juicio.
—¿Juicio? —la palabra le salió a Caty más aguda de lo que pretendía—. ¿Me estás diciendo que estoy condenada por algo que decidió un hombre al que apenas conozco, antes de que yo naciera?
—Te estoy diciendo que hay una distancia que debe cerrarse —corrigió él, con una suavidad que contradecía la dureza del contenido—.
Frutos. Algo que demuestre que lo que Nazarí abandonó todavía puede reconciliarse.
No lo decido yo, Catherine. Yo solo… lo sostengo.
Lo he sostenido toda mi vida, sin preguntarme por qué.
Un silencio incómodo se instaló entre ambos.
Caty observó su rostro bajo la luz cálida de la lámpara de mesa, la línea recta de su mandíbula, la manera en que sus ojos —ahora de un gris casi neutro, apagado, sin ningún halo activo— evitaban los suyos por primera vez desde que se conocían.
Algo en su pecho se movió sin permiso, una calidez que no tenía nada que ver con el vino ni con el fuego de la chimenea cercana.
—Marco —dijo, casi en un susurro, apoyando la mano sobre la mesa, cerca de la de él, sin llegar a tocarla—. ¿Por qué te importa tanto lo que me pase?
Fue apenas un segundo, pero Caty lo vio: el modo en que la mano de Marco se apartó un centímetro sobre el mantel, un movimiento tan pequeño que cualquier otra persona lo habría atribuido al azar.
No fue frialdad. Fue cálculo. El mismo tipo de cálculo con el que había medido la fricción del agua del río la noche del helicóptero.
—Porque llevo toda mi vida amando lo que se me ha encomendado guardar —respondió él, y su voz sonó extrañamente formal, como si necesitara la formalidad para no decir algo distinto—.
La tierra. El agua. Cada criatura que respira sobre ella.
Tú no eres diferente, Catherine. Eres parte de lo que amo guardar.
Caty retiró la mano, con una punzada de vergüenza que no supo nombrar del todo.
—Eso no es lo que yo he sentido —dijo, con más honestidad de la que había planeado.
—Lo sé —respondió Marco, y por un instante, algo se quebró en su expresión de piedra: no era rechazo, sino una especie de pena resignada—.
Y por eso mismo, jamás dejaré que confundas una cosa con la otra.
Cuando el desequilibrio de tu sangre se resuelva, cuando sepas de verdad quién eres, hablaremos de esto de nuevo.
Hasta entonces, no puedo ofrecerte lo que crees que estás pidiendo.
La tregua, sin embargo, se deshizo en el mismo instante en que cruzaron la puerta hacia la calle.
Al salir de la sala de techos altos, Caty sintió un pinchazo gélido en la nuca, una presión física y hostil clavada en su espalda.
Su sistema nervioso, cada vez más despierto a su propia herencia biológica, le advirtió del peligro un segundo antes de que su cerebro lo racionalizara.
A su lado, Marco se tensó como un cable de acero.
En la penumbra de la acera, Caty vio cómo su mirada se afilaba de golpe, dura y fría como el sílex.
Era la respuesta biológica de su cerebro activando la hipervigilancia de combate.
Sin mediar palabra, con una fuerza neumática y silenciosa, él la agarró del brazo, arrastrándola en un quiebro brusco hacia un callejón sin iluminar.
—Dos hombres, acera opuesta, once y una en punto —murmuró, tan bajo que Caty apenas lo oyó—. Auriculares. Postura militar. No son turistas.
La oscuridad se los tragó. Marco se detuvo junto a una pesada reja de hierro forjado incrustada en el suelo, una antigua compuerta de acceso al alcantarillado que carecía de cerrojo —una de las más de dos mil bocas de acceso que perforaban el subsuelo parisino desde que el ingeniero Eugène Belgrand rediseñara la red bajo Haussmann, hacía más de siglo y medio.
Con un esfuerzo muscular que hizo crujir los tendones de su hombro apenas curado, levantó el metal oxidado.
—Abajo. Ahora.
Se zambulleron en las entrañas de la ciudad.
Avanzaron en una negrura absoluta, descendiendo por escalones de piedra resbaladizos, tallados en una época en la que nadie imaginaba que aquel laberinto de ladrillo cocido llegaría a medir más de dos mil cuatrocientos kilómetros, una réplica fantasma de las calles que se extendían justo por encima de sus cabezas.
La acústica del conducto multiplicaba el goteo incesante del agua filtrada por la tormenta, mezclándose con el eco denso y acelerado de sus propias respiraciones.
El aire allí abajo apestaba a cieno, a óxido milenario y a humedad corrompida.
Caty sentía el agua sucia y helada filtrándose por la suela de sus botas, empapando el dobladillo de sus pantalones y congelando sus pies.
Estaba aterrada, furiosa y profundamente humillada por tener que arrastrarse por aquel agujero inmundo como un roedor.
Cada bifurcación del túnel se abría idéntica a la anterior, un laberinto sin rastro de luz donde el más mínimo error de cálculo —un giro equivocado, un sonido de más— podía devolverlos directamente a los brazos de sus perseguidores.
La presión del encierro amenazaba con colapsar su diafragma en un ataque de pánico, pero en mitad de la negrura absoluta, su percepción hiperestésica aisló un detalle que la ancló a la realidad: su mano derecha llevaba minutos aferrada a la de Marco.
Estaban literalmente pegados, palma contra palma.
El calor vital que emanaba de la piel del hombre, un pulso firme, pesado y acompasado, se transmitía a través de sus dedos entumecidos, actuando como un escudo biológico que le impedía desmoronarse.
Aquel sentimiento que había nacido torcido en los húmedos bosques de España, lleno de interrogantes y recelos científicos, maduraba ahora bajo el frío asfalto de París, más confuso todavía después de lo que Marco acababa de confesarle sobre la mesa del restaurante.
—Tengo los pies mojados… se está acumulando agua en el suelo… —susurró Caty. Su voz tembló levemente en el eco de la bóveda de ladrillo, y apretó, de forma casi involuntaria, sus dedos contra los de él.
—Es la lluvia. La tormenta ha arreciado —respondió Marco. En la negrura total, su voz sonó cercana, grave e inamovible, resonando en la caja torácica de Caty—. Estamos cerca del cauce del Sena. Espérame aquí. Echaré un vistazo hacia la salida para asegurar el perímetro.