El Libro Rojo CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

París (Francia) — Actualidad

אַרְעָא פָּלְטָא בִּסְרָא דְּלָא יָדְעָה לֵיהּ כְּדִילָהּ. מַן דְּמַשְׁכַּח לֵיהּ, לָא יָדַע דִּנְקַט מִדָּעָא דְּאַף לָא שְׁאוֹל צְבָא לְמִנְטַר.

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “La tierra escupe la carne que no reconoce como propia. Quien la encuentra, ignora que sostiene un desecho que ni el mismísimo sepulcro quiso custodiar.”

(Libro de Job / Paralelismo sobre el Abismo) — שְׁאוֹל עָרֹם נֶגְדּוֹ וְאֵין כְּסוּת לָאֲבַדּוֹן — “El abismo está desnudo ante sus ojos, y el lugar de la destrucción no tiene cubierta para esconderlos.”

Habían cruzado la frontera vasca de madrugada, con los faros apagados los últimos tres kilómetros antes del control fronterizo y el corazón de Caty latiéndole en la garganta con cada bache de la carretera secundaria que Marco había elegido en vez de la autopista.

El funcionario de aduanas francesa, medio dormido dentro de su garita, apenas levantó la vista de la pantalla del móvil para hacerles un gesto con la mano, cansado de una noche entera revisando matrículas que nunca traían nada interesante.

Caty no soltó el aire que llevaba conteniendo hasta que las luces de la garita desaparecieron del retrovisor.

El resto del trayecto lo hicieron casi en silencio, turnándose al volante cada dos horas mientras el paisaje cambiaba despacio al otro lado del cristal: los verdes intensos y las colinas suaves de las Landas dando paso, poco a poco, a los campos ya cosechados y ocres del centro de Francia, salpicados de balas de heno envueltas en plástico blanco que Caty se descubrió contando, una tras otra, como quien cuenta ovejas para no pensar en otra cosa.

Pararon dos veces en áreas de servicio para llenar el depósito y comprar café de máquina que sabía a cartón quemado, sin apenas cruzar palabra, cada uno atrincherado en su propio agotamiento.

Llegaron a París ya de noche, catorce horas después de haber dejado Madrid, con las luces de la ciudad extendiéndose ante ellos como una mancha anaranjada devorando el cielo oscuro.

Marco abandonó el coche en un parking de larga estancia cerca de la Porte de la Chapelle, pagando en efectivo tres días por adelantado sin dar ningún nombre, y caminaron el resto del trayecto a pie, con las mochilas al hombro, hundiéndose cada vez más en un distrito de calles estrechas donde los rótulos cambiaban del francés al árabe y al turco sin ningún criterio aparente.

Llovía sobre París con esa insistencia gris y horizontal de finales de octubre, un agua fina que no caía tanto como flotaba, adhiriéndose a la ropa antes de que el paraguas pudiera hacer nada por evitarlo.

Caty llevaba tres días sin dormir más de dos horas seguidas, y el frío húmedo que se le metía por el cuello del abrigo le parecía, en algún lugar remoto de su cabeza todavía capaz de razonar con cierta distancia, casi una bendición: al menos era un malestar que podía nombrar.

Marco caminaba medio paso por delante, con la capucha calada y las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta que ya no tenía nada de la elegancia con la que se la había visto en Madrid, ahora oscurecida por semanas de polvo y viajes que ninguna tintorería iba a devolverle del todo.

Giró por una calle estrecha del distrito XVIII, lejos de cualquier avenida con nombre que un turista fuera a reconocer, y se detuvo frente a una fachada estrecha entre una lavandería cerrada y un restaurante turco cuyo extractor de humos llenaba el aire de un olor denso a cordero especiado que, por un instante, le recordó a Caty que llevaba desde el mediodía sin comer nada.

—Aquí —dijo Marco, empujando una puerta de cristal esmerilado que necesitó dos intentos para ceder—. No es gran cosa. Pero nadie pide pasaporte, y el dueño no hace preguntas siempre que se pague en efectivo.

El vestíbulo del hostal olía a moqueta vieja y a ambientador de lavanda barato, un intento a medias de disimular algo más rancio debajo.

Detrás de un mostrador de formica descascarillada, un hombre de unos sesenta años, con gafas de pasta y un jersey de rombos que parecía llevar puesto desde otra década, les entregó una única llave sin levantar apenas la vista de un crucigrama a medio resolver.

—Habitación once. Última planta, sin ascensor.

La habitación era pequeña, con un papel pintado de flores descoloridas que se despegaba en una esquina cerca del techo, un radiador que tosía más de lo que calentaba, y una sola cama de matrimonio empujada contra la pared bajo una ventana que daba a un patio interior gris.

Caty se quedó parada en el umbral, mirando el colchón con una atención que no tenía nada que ver con las sábanas.

—Puedo dormir en el suelo —dijo Marco, ya quitándose la chaqueta empapada y colgándola del respaldo de la única silla, sin necesidad de que ella dijera nada—. No es la primera vez, y desde luego no será la última.

—No hace falta. —Caty se sorprendió a sí misma diciéndolo, con una naturalidad que no sintió del todo, aunque tampoco fue mentira—. La cama es lo bastante grande. Y después de lo de esta semana, dormir con alguien a menos de un metro me parece, sinceramente, el menor de mis problemas.

Marco no respondió enseguida. Cuando lo hizo, algo en su voz se había suavizado, apenas, lo justo para que ella lo notara.

—Gracias por confiar en mí, Catherine. Sé que no ha sido fácil.

Comieron sentados en el suelo, con la espalda contra la cama, un pan comprado en la boulangerie de la esquina y un queso curado que Marco había pagado con las últimas monedas sueltas de su bolsillo, sin apenas hablar, escuchando la lluvia repicar contra el cristal y el tráfico apagado de la calle, tres pisos más abajo.

Cuando por fin se tumbaron, cada uno en su lado, con la luz apagada y solo el resplandor naranja de una farola colándose entre las cortinas mal cerradas, Caty sintió, por primera vez en días, que el sueño la alcanzaba antes de que el miedo tuviera tiempo de impedirlo.

La consigna estaba en la Gare du Nord, en una hilera de taquillas metálicas de un azul desvaído junto a los aseos públicos, entre el olor a desinfectante industrial y el zumbido constante de los paneles de salidas.

Marco tenía la llave desde la noche anterior —un contacto de la red se la había hecho llegar, sin explicaciones, metida dentro de un ejemplar doblado de Le Monde que alguien dejó apoyado contra la pata de su silla en el hostal mientras dormían por turnos— y la introdujo en la cerradura de la taquilla 214 con un pulso más firme del que Caty se sintió capaz en ese mismo instante.

Dentro no había nada más que un sobre acolchado, sin remitente, más ligero de lo que su importancia debería haber pesado.

No llegaron a comprobar su contenido allí mismo.

Un hombre se apartó de la columna donde había estado apoyado, fingiendo consultar el móvil, y cruzó el vestíbulo hacia ellos con una rapidez que no dejaba lugar a ninguna duda sobre sus intenciones.

Marco lo vio antes de que Caty hubiera terminado de registrar su presencia, y la empujó hacia el pasillo de las taquillas, lejos de la corriente principal de viajeros que arrastraban maletas sin mirar a nadie.

—Dame el sobre —dijo el hombre, en un francés con acento del este que no se molestaba en disimular, deteniéndose a menos de tres metros, con una mano ya dentro del bolsillo de la cazadora—. No hace falta que esto se complique.

Marco no le dio ni el sobre ni la satisfacción de una respuesta.

Se movió con una economía que a Caty, incluso en mitad del miedo, le pareció casi hermosa: un paso lateral, una mano cerrándose sobre la muñeca del hombre antes de que la suya propia terminara de salir del bolsillo, un giro seco que le arrancó al desconocido un gemido de dolor y un objeto metálico que cayó al suelo con un tintineo apagado, lejos del alcance de ambos.

Un segundo hombre, que Caty no había visto llegar, se abalanzó desde el otro lado, y durante unos segundos que a ella le parecieron interminables, el pasillo de las taquillas se llenó de golpes secos, de gruñidos contenidos, de un forcejeo que dos viajeros presenciaron de lejos sin decidirse a intervenir, demasiado ocupados en apretar el paso hacia su andén.

Marco terminó con el segundo hombre contra el metal de las taquillas, un brazo doblado a su espalda en un ángulo que no dejaba ninguna duda sobre quién tenía el control de la situación.

—Marchaos —dijo, sin levantar apenas la voz, con una calma que resultaba más terrible que cualquier grito—. Y decidle a quien os haya mandado que la próxima vez mande a alguien que sepa lo que está haciendo.

Soltó al hombre de golpe, y este se derrumbó contra las taquillas, frotándose el hombro, sin ánimo ya de continuar nada.

Los dos se alejaron cojeando hacia la salida, sin mirar atrás, tan deprisa como sus cuerpos magullados se lo permitieron, sin que ninguno de los dos llegara a pronunciar, en ningún momento, para quién trabajaban.

No hizo falta. Caty recogió del suelo, junto a una cartera caída que el primer hombre no se había molestado en recuperar en su huida, un segundo sobre más pequeño que se le había escapado del bolsillo interior durante el forcejeo.

Lo abrió allí mismo, con los dedos todavía temblorosos por la adrenalina.

Dentro, junto a un fajo de billetes y una tarjeta de identificación corporativa con un logo hexagonal que a Caty le resultó extrañamente familiar, aunque no supo decir por qué hasta un segundo después —era el mismo hexágono pálido que había visto grabado en la etiqueta de un contenedor, semanas atrás, en el laboratorio de Madrid—, había una única hoja impresa: un correo interno, sin firma legible, con membrete de Rheingold Genomics, en el que se mencionaban, entre datos técnicos que Caty no llegó a entender del todo, unas coordenadas de seguimiento y, subrayado a mano con un trazo nervioso que no parecía pertenecer a la misma persona que había escrito el resto, un único apellido.

Halberg.