CAPÍTULO 15
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שְׁתוּקָא מַחֵא חַיִּין; מַלּוּלָא הֲוָה קְטָלָא תִּנְיָנָא. אֶלָּא חָלָא נָטֵר דְּמָא, וְיַדָּא אָחֳרִיתָא קָרְיָא מָה דְּפוּמִּי לָא גְּלָא.
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “El silencio protege la vida; hablar habría sido una doble muerte. Pero la arena retiene la sangre y otra mano ha venido a leer lo que mi boca nunca quiso revelar.”
La aparente calma del refugio subterráneo se había roto de forma irreparable.
Mientras el eco sordo de los pasos de Mario y Marco resonaba en el corredor principal, inmersos en la tensa tarea de contener la amenaza tras el macabro hallazgo del cadáver del traidor, Caty buscó aislamiento en la estancia de descanso.
El frío milenario de la roca caliza parecía filtrarse a través de las suelas de sus botas, trepando por sus piernas hasta instalarse en su estómago.
Se sentó al borde de la cama de piedra, aferrando la mochila con tanta fuerza que los nudillos le blanqueaban.
Sus músculos, agarrotados por la huida, le suplicaban desplomarse sobre las mantas, pero su mente se negaba a apagarse.
Sabía que debía desentrañar aquellos apuntes hasta el último de sus significados antes de que la guerra que se libraba en la superficie terminara por sepultarlos.
Con dedos rígidos por la tensión, abrió la cremallera y extrajo la gruesa libreta de Soni.
El olor a celulosa encerrada, a grafito gastado y a café rancio la golpeó de inmediato, trayendo consigo el fantasma de su compañero muerto con una viveza casi física, como si el propio Soni estuviera inclinado sobre su hombro.
El texto estaba sin terminar, convertido en una amalgama febril de apuntes clínicos, recortes de periódicos amarillentos, croquis trazados a pulso y frases aparentemente aisladas, la caligrafía cada vez más nerviosa a medida que avanzaban las páginas, como si el propio miedo hubiera ido temblando la mano que las escribió.
Caty comenzó a leer. Su percepción hiperestésica, la misma que apenas unas horas antes se resistía a aceptar bajo la luz de la luna, tomó el control de forma instintiva.
Sus ojos escaneaban las páginas a una velocidad de vértigo, conectando variables, fechas y marcadores genéticos a un ritmo que su antigua mente puramente académica habría creído biológicamente imposible.
Al concentrarse al límite, exigiendo a su cerebro un flujo de datos abrumador, un finísimo aro fragmentado de un gris ceniza muy vivo chisporroteó en la periferia de sus pupilas.
Era la manifestación física de un análisis neurológico llevado al extremo, y con él llegó una jaqueca sorda detrás de los ojos, como si su cráneo protestara contra la velocidad a la que le exigían procesar.
La primera hoja mostraba unos caracteres extraños, símbolos geométricos puros compuestos por círculos perfectos, cruces y líneas angulosas.
Era un texto del Evangelio de Juan traducido al tifinagh.
Caty pasó la yema de los dedos sobre los trazos erráticos de Soni, sintiendo el surco que la presión del bolígrafo había dejado sobre el papel, un relieve mínimo que su tacto recién agudizado percibía con una nitidez casi táctil-visual.
Su compañero había dibujado una tabla comparativa minuciosa, demostrando la estrecha relación entre el antiguo alfabeto líbico y aquel dialecto bereber.
Al margen, había anotado referencias febriles a los Imazighen, la «gente libre» del desierto, y a cómo los tuaregs modernos, señores implacables de las rutas del Sahara, descendían biológicamente de los antiguos númidas.
El sonido de la hoja al pasar fue un chasquido seco que rebotó en la bóveda.
Lo siguiente era el núcleo duro de la investigación, el motivo exacto por el que los hombres de Rheingold habían manchado de sangre su laboratorio.
Eran los estudios inmunológicos sobre el sistema HLA, los genes de histocompatibilidad alojados en el brazo corto del cromosoma 6.
Su mirada cenicienta devoró los datos poblacionales con una frialdad matemática.
Soni había cruzado las frecuencias génicas y el factor Rh negativo entre ochenta y dos individuos de San Sebastián, ciento setenta y seis de Madrid y ciento seis de Argel.
Y entonces, en mitad de aquella sopa de números y estadísticas asépticas, llegó al hallazgo crítico, la anomalía biológica que lo había condenado a muerte:
«En toda la investigación, tan sólo hallaron un haplotipo (A11-B27-DR1) que se encuentra únicamente en los vascos y que podría ser una huella característica de la población ibero-preneolítica…»
Soni había subrayado esta línea con trazos furiosos que casi rasgaban la celulosa, conectándola directamente con los ancestros paleo-norteafricanos. Debajo, con un pulso tembloroso que delataba la magnitud de su epifanía, su compañero había escrito su propia conclusión:
«Creo que hemos encontrado el nexo de unión de algunas razas legendarias, egipcios, beréberes, mayas, guanches… Pero creo que se trata de algo más».
Caty sintió un escalofrío de hielo descender por su espina dorsal, erizando el vello de su nuca.
Ahí estaba. Escrita con tinta negra, descansaba la prueba empírica de los Kenotim.
A través de las proteínas sanguíneas y los antígenos leucocitarios, Soni había logrado aislar en un laboratorio el rastro genético inmutable de aquella familia milenaria, sin saber jamás que la propia mujer que ahora leía sus notas llevaba esa misma huella dormida en cada una de sus células.
Pero las notas no se detenían en los límites de la biología moderna; cruzaban la frontera de la ciencia hacia la historia prohibida. Soni había transcrito textos antiguos sobre la alquimia islámica y la hermandad secreta de los Ijuán al-Safa, los Hermanos de la Pureza.
«El alquimista más famoso del Islam fue Abu Musa Yabir Ibn Hayyan al-Azdi, el Geber de los latinos…».
El cerebro de Caty procesó la conexión en un solo latido, uniendo la química con la historia.
Comprendió, con una claridad asfixiante, lo que Soni había deducido justo antes de recibir el disparo: la verdadera alquimia jamás buscó la transmutación banal del plomo en oro; su único y sagrado propósito era preservar la biología.
«Estoy seguro; los alquimistas utilizaban sangre del haplotipo (A11-B27-DR1)… en los rituales de preparación de los difuntos».
Caty cerró la carpeta de cuero de golpe.
El sonido hueco retumbó en las paredes de caliza de la habitación, un eco que tardó un segundo entero en morir.
Se sentía frustrada por no hallar la pieza final del rompecabezas.
Soni había encontrado la huella dactilar de los suyos, pero no el destino.
Al levantarse bruscamente del colchón de piedra, un sobre comercial abierto y vacío resbaló de entre las solapas y cayó al suelo.
Lo ahuecó por puro instinto, y un pequeño trozo de celulosa arrugada, una servilleta de papel del Hotel Meliá Avenida de América, voló con ligereza hasta posarse junto a sus botas.
Se agachó a recogerlo con una parsimonia reverencial, sintiendo en las yemas de los dedos la fragilidad de la textura, como si temiera destruir una reliquia.
Sintió el peso físico de un mensaje encriptado, una última voluntad trazada a toda prisa por un hombre que sabía que iba a morir.
Leyó en voz alta, dejando que su voz temblorosa resonara en la quietud de la bóveda:
—«El lugar donde todo debe llevarse a cabo, el lugar que algunos llaman Carlsbad, debiendo ungir al invitado con agua del lago Gabraoun».
Una sombra tapó la escasa luz de la entrada.
Marco apareció en el umbral de la estancia, llenando el espacio con su sola presencia, tan grande que por un instante pareció robarle el aire a la habitación.
En sus ojos, la tregua apacible del refugio se había extinguido por completo, sustituida por una fijeza dura, casi mineral, la respuesta de su cerebro ante la inminencia de la cacería y el peligro que los cercaba.
—¿Carlsbad? —murmuró Caty, mirándole fijamente, sintiendo que la incomprensión volvía a anudarle el estómago—. Sigo sin comprender qué tienen que ver unos lagos perdidos de África con unas cuevas en mitad de México, ni por qué inculparme a mí de un asesinato para ocultarlo.
—Soni encontró la brújula, Catherine —respondió Marco.
Su voz áspera raspó el silencio mineral de la cueva, cargada de una urgencia absoluta y una gravedad que no admitía debate—.
Y fue lo bastante inteligente como para guardarla a salvo antes de que lo encontraran.
Hay copias de esos documentos en una consigna de París.
Recoge tus cosas. El silencio se ha roto. Abandonamos la cueva.
Caty guardó la libreta contra su pecho, como si el gesto pudiera protegerla del peso de todo lo que acababa de leer, y se puso en pie con las piernas aún temblorosas.
Fuera, en algún punto de la superficie, el mundo entero se estaba organizando para encontrarlos, y ella acababa de descubrir que la respuesta estaba enterrada a miles de kilómetros de distancia, en dos lugares que nunca debieron tener nada en común.
Caty pensó, no por primera vez esa noche, en los meses de trabajo que habían llevado hasta aquel aparcamiento en Madrid: el encargo de la falsa fundación de Zúrich, el hallazgo del haplotipo, la oferta de Verde Islam que Soni nunca debió aceptar. Todo eso ya quedaba muy atrás.