El Libro Rojo CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El aroma a hierbabuena y esencias balsámicas aún flotaba en la estancia de descanso cuando Caty abrió los ojos, pero la densa y protectora calma de la noche anterior se había evaporado por completo.

Ya no sentía el abrazo tibio de la cueva.

Un silencio tenso, pesado y asfixiante como un bloque de granito, recorría los pasadizos del refugio subterráneo, oprimiendo sus tímpanos con una presión física.

Bajo esa aparente quietud, su oído recién agudizado captó una estridencia sutil: el eco de unos pasos apresurados, carentes de la habitual parsimonia, resonando al final del corredor principal.

Se vistió a toda prisa, notando cómo la tela de la ropa de montaña se le pegaba a la piel erizada por la bajada de temperatura.

Al salir de la habitación, el aire de la galería le golpeó el rostro.

Ya no olía solo a caliza húmeda y minerales antiguos; un hedor dulzón, agrio y profundamente perturbador reptaba por las corrientes de aire del pasadizo.

Era el inconfundible olor de la infección y la necrosis, un olor que su formación de bióloga reconoció antes de que su mente consciente quisiera admitirlo.

Guiada por la urgencia y el latido desbocado que le martilleaba bajo las costillas, Caty cruzó el umbral hacia una de las galerías secundarias, una zona apartada que utilizaban para el almacenamiento y que quedaba lejos de la calidez del área común.

La luz mortecina de un único candil proyectaba sombras largas y temblorosas contra la roca viva.

En el centro de la caverna, Mario y Marco permanecían de pie, inmóviles, con los rostros sombríos esculpidos por la escasa claridad.

Un poco más allá, en el umbral de la galería, Aída sostenía con firmeza el hombro del pequeño Adrián, impidiéndole avanzar más.

El niño no lloraba, pero tenía los ojos muy abiertos, fijos en la escena con esa mezcla de curiosidad y terror que solo un niño puede sostener a la vez.

En el suelo, sobre una gruesa lona impermeable extendida a toda prisa sobre la piedra calcárea, yacía un cuerpo rígido.

Caty dio un paso al frente, buscando descifrar las facciones cubiertas de barro en mitad de la penumbra, y el aire se le congeló de golpe en la garganta. Sintió un nudo de hielo en la boca del estómago, una náusea violenta que la hizo tambalearse.

Su mente se bloqueó por completo, negándose a procesar lo que sus ojos estaban viendo. No era un desconocido de la montaña. No era uno de los hombres armados que disparaban en mitad del bosque.

Era Vittorio.

Su Vittorio. El chaval con el que se cruzaba a diario en el pasillo del piso de Soni en Madrid, el que dejaba las tazas de café a medio terminar en la encimera, el amigo con el que había compartido tantas cañas y risas en las terrazas de la capital.

El mismo chaval del que conocía a los padres y la rutina.

El dolor punzante de ver a un conocido muerto se transformó, en una fracción de segundo, en una indignación salvaje que le abrasó las venas.

Recordó el cadáver de Soni en el asfalto del parking, la encerrona, las pruebas falsas que Rouros le había mostrado en la pantalla y la persecución implacable de los helicópteros que la había arrastrado hasta esa cueva.

Nada de eso había sido una carambola del destino.

Vittorio estaba allí, herido en mitad de la misma noche salvaje.

Había estado metido en su vida real, compartiendo su mesa mientras medía cada uno de sus pasos para destruirla.

La traición tenía el rostro de la normalidad.

—No… —susurró Caty, con la voz rota por la rabia y el pánico—. No puede ser él. Mario, ¿qué hace él aquí? ¿Por qué nos estaba siguiendo?

Nadie respondió. El silencio de piedra de los hombres fue la confirmación más despiadada. El muchacho ya no respiraba. Su rostro presentaba una palidez grisácea, una máscara de cera desprovista de vida.

En ese instante, el suelo pareció desvanecerse bajo los pies de Caty.

El aire de la cueva, cargado con el hedor de la necrosis, se volvió denso, de repente imposible de respirar, como si le llenara los pulmones de plomo.

Intentó tomar una bocanada profunda, pero el aire no entraba; solo salían jadeos cortos, agudos y descontrolados que le silbaban en la garganta.

Un temblor violento nació en sus rodillas y trepó por todo su cuerpo, sacudiéndole las manos con tal fuerza que tuvo que aferrarse a sus propios brazos para no caerse.

El dolor, la traición de Vittorio y el terror ciego de no saber en quién confiar se concentraron en un ataque de pánico que la dejó completamente indefensa, hiperventilando en mitad de la galería.

Antes de que el colapso la derribara contra el suelo calcáreo, unas manos firmes y cálidas la sujetaron por los hombros.

Era Aída. Con un movimiento fluido y carente de brusquedad, se interpuso entre Caty y el cadáver de lona, bloqueando por completo la visión del horror.

—Ven conmigo, Catherine. Sal de aquí —le murmuró al oído. Su voz no admitía réplica; era una orden suave pero cargada de una autoridad absoluta que se filtró directamente en el cerebro en pánico de la chica.

Sin esperar respuesta, Aída la guio de vuelta por el pasadizo, sosteniendo casi todo su peso mientras Caty arrastraba los pies, incapaz de coordinar sus propios movimientos.

La llevó hasta un rincón apartado de la zona común, un recodo resguardado de la corriente donde la roca forma un banco natural cubierto de mantas limpias.

La sentó con cuidado y se arrodilló frente a ella, tomándole las manos entumecidas entre las suyas. Caty seguía temblando, con la mirada fija en la nada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, al borde del desmayo.

—Mírame —ordenó Aída con suavidad, inclinando la cabeza para forzar el contacto visual—. Mírame a los ojos, Catherine. Respira conmigo.

Aída exhaló un suspiro largo, pausado y profundo.

Al mismo tiempo, apretó las manos de Caty con una cadencia rítmica, casi musical.

Había una sutil pero implacable de voluntad en el ambiente; una vibración invisible que empezó a ralentizar el aire de la estancia.

No era magia, era una modulación biológica de la presencia Kenotim.

Poco a poco, el latido desbocado de Caty comenzó a imitar, por pura empatía física y resonancia, el pulso asombrosamente lento y sereno de Aída.

El temblor de las manos de la chica fue remitiendo. El aire volvió a entrar en sus pulmones de forma limpia, regular, disipando la niebla del pánico.

—Así… despacio —susurró Aída, sin romper la fijación de sus ojos, barriendo con su mera cercanía el horror que acababa de infectar el pasado de Caty—. Ya estás a salvo. El peligro se ha quedado abajo. Llora si lo necesitas, pero respira.

Marco se agachó. Sus movimientos conservaban aquella economía perfecta, pero carecían por completo de la relajación de la cena de la noche anterior.

Usó el reverso de la mano, rozando apenas la piel helada del cuello del cadáver para comprobar la ausencia total de pulso.

Al levantar el rostro hacia su padre, la luz del candil le endureció las facciones.

La tregua de la noche anterior había desaparecido; su mirada volvía a ser la de un estado de alerta biológica implacable, y Caty pudo distinguir, bajo la mandíbula tensa de Marco, el mismo tic diminuto que había visto en El-baz en sus recuerdos imposibles: el precio físico de sostener ese estado.

—Se ha ido antes del amanecer —dijo el joven. Su voz áspera raspó la quietud mineral de la cueva—. La fiebre avanzó demasiado rápido. Su propio organismo aceleró el colapso.

Con dos dedos, Marco abrió la chaqueta empapada del muerto y palpó el forro interior con la precisión clínica de quien ya ha hecho ese gesto demasiadas veces.

De un bolsillo cosido a mano, oculto bajo el acolchado térmico, extrajo una funda de plástico transparente, sellada al vacío, con una tarjeta de identificación y un papel doblado en cuartos.

La tarjeta no llevaba el emblema del R.A.T.G.

, sino un logotipo distinto: un hexágono azul pálido con tres letras entrelazadas que ninguno de los dos reconoció.

El papel, una orden de transferencia con membrete corporativo, mostraba una cifra con seis ceros y un nombre de sociedad que no significaba nada todavía, pero que Marco guardó contra su pecho con el mismo cuidado con que él mismo guardaría después el cilindro de agua del lago Um El Ma, semanas más tarde y a miles de kilómetros de allí, sin saber todavía que aquel hexágono azul pálido volvería a cruzarse en su camino.