CAPÍTULO 13
A tres jornadas de Sabha, en lo más profundo del Erg, un centinela solitario contemplaba el vasto desierto rojo desde una cresta de piedra negra, adelantado varias horas al resto de la caravana para explorar el camino antes de que la caravana llegara al oasis.
Sentía bajo las suelas de sus botas la temperatura ascendente de la arena, una masa térmica que, incluso en las primeras horas del alba, ya amenazaba con calcinar el oxígeno que aspiraba en cada inhalación.
Hacia el sur, las inmensas dunas del Idehan Ubari se despeñaban como olas petrificadas a más de trescientos metros de altura.
En la luz incipiente y sesgada de la mañana, la refracción óptica las convertía en espolones ensangrentados que parecían arañar la vastedad del terreno, como si el desierto mismo estuviera desgarrándose para revelar el fuego de su interior.
A sus espaldas, las primeras formaciones del Akakus se erguían empurpuradas por las últimas sombras de la madrugada, veladas por jirones de nubes bajas que se aferraban a la roca desnuda como a un último aliento.
Un silencio denso, pesado y físico oprimía los tímpanos; era una soledad absoluta, más grande e insondable que cualquier otra soledad terrestre.
Frente a él se extendían dieciséis mil kilómetros de arenas profundas, teñidas con el color del polvo de ladrillo, donde no se movía nada más que los finos cristales de sílice arrastrados por el viento, creados por el hálito de lo eterno.
Los hombres lo llamaban Sahra. El sur. El Erial.
El reino de los aroubi , el árabe errante en la soledad.
El centinela cerró los ojos, disminuyendo sus pulsaciones mediante la técnica de la marcha elástica, sincronizándose con el latido invisible de la corteza terrestre.
Su respiración se volvió tan lenta que casi dejó de existir.
En medio de ese vacío mineral, su voz horadó el aire seco con una resonancia grave, cargada de una esperanza meticulosamente calculada.
—Ya están en camino, Uba —murmuró, elevando el rostro hacia las corrientes térmicas donde un punto oscuro planeaba en círculos concéntricos sobre las dunas del norte—. Guíalos a través del mar de arena. Ponles fuera del alcance del registro. El tiempo se agota.
No hablaba al halcón —un halcón era solo un halcón, un animal de instinto—, sino a la inteligencia de la tierra misma, a la red de Shomrim que tejía la vigilancia invisible a través de cada criatura que habitaba el desierto.
Uba y sus camellos eran parte de esa red, tanto como lo eran los vientos y las arenas que borraban todo rastro humano.
Era la geometría antigua, anterior a los Irin, anterior incluso a la palabra Kenotim : la tierra cuidando a los que la cuidaban.
Temprano, en las callejuelas de Sabha, ese silencio desértico no existía.
Las vías de fango seco se habían convertido en un improvisado y caótico bazar del que emergía un persistente hilo azul de música de cuerdas, entrelazado con los gritos roncos de los mercaderes y el balido nervioso de las bestias de carga.
La ciudad entera latía como una inmensa termitera humana.
Su sofocante realidad de adobe y polvo contrastaba violentamente con el turquesa brillante que coronaba las cúpulas de sus mezquitas; espejos curvos que, como un oasis en medio de la llanura árida, sugerían la sutileza vibrátil de una melodía visual, obligando al forastero a preguntarse dónde residía la auténtica verdad.
Para Heleni Basse, sin embargo, la cruda realidad se limitaba al peso asfixiante de su manto.
Era un abrigo largo y grueso de lana oscura que le llegaba hasta los tobillos, un camuflaje indispensable para una mujer forastera en aquel laberinto, complementado por un pañuelo de tonos neutros que le cubría el cabello y parte del rostro.
Debajo de la pesada tela, el sudor le perlaba la frente y la columna, pegando la ropa a su piel con una viscosidad que la hacía sentir atrapada.
El aire apestaba a una mezcla agria de especias rancias, cuero curtido y estiércol de camello.
Pero lo peor era la sensación de ser mirada constantemente —no con curiosidad, sino con sospecha primitiva.
A pesar de sus esfuerzos físicos y mentales por encoger su postura y fundirse con el trasiego del mercado, no pudo evitar el escrutinio letal de una mujer nativa que se cruzó en su camino; unos ojos oscuros y terribles la clavaron en el sitio mientras la mujer cerraba su negro chador, mordiendo la tela con los dientes en un gesto de desconfianza y abierta hostilidad.
En ese instante, bajo el peso del manto, algo dentro de Heleni se removió.
Fue un segundo apenas —un destello de ira roja pura que amenazaba con incendiar su retina—, pero lo contuvo con una disciplina que solo la vigilia milenaria podía permitir.
Heleni tensó la mandíbula, obligándose a bajar la mirada y a estabilizar su respiración para no ceder al pánico visceral que le retorcía el estómago, aunque lo que bullía bajo esa calma fingida era algo mucho más peligroso: una furia congelada, el odio de quien ha sido cautiva y ahora camina libre, pero aún encadenada por la necesidad táctica de sobrevivir en un mundo que la despreciaba.
—No tardaremos en llegar —susurró Nora a su lado, posando una mano firme y reconfortante sobre el brazo de la joven para disipar la tensión acumulada.
Nora era Shomrim, como lo eran todos ellos —una guardiana apartada que vivía entre los hombres, invisible excepto para quien supiera verdaderamente ver—.
Mantén el paso. Al final de esta calle están las casas de los artesanos del cobre.
El golpeteo rítmico y estridente de los martillos contra el metal comenzaba a imponerse sobre el bullicio general. El olor acre del fuego de forja y el hollín irritaba las fosas nasales a cada bocanada, penetrante, casi tóxico.
—El-baz y Braihm nos esperan allí —continuó Nora, sin detener su marcha elástica y milimétricamente calculada para esquivar a los transeúntes, cada paso un cálculo de distancia y velocidad—.
Están en tratos con uno de los hombres más influyentes del pueblo para conseguir los camellos y las provisiones necesarias.
Heleni tragó saliva, sintiendo la garganta áspera por el polvo en suspensión.
El nombre de aquella ciudad, Sabha, se había convertido en sinónimo de cautiverio.
Pero ahora, caminando junto a los Kenotim, sentía algo distinto bajo la piel: no miedo, sino anticipación.
El desierto la esperaba. El desierto, al menos, no la despreciaría.
—¿Pietro está con ellos? —preguntó. El simple hecho de pronunciar el nombre de la morsa italiana que había usurpado la identidad del hombre a cuya casa ella misma había entrado, años atrás, bajo un nombre que no era el suyo, le provocaba un asco físico incontrolable.
—Sí, está con ellos —confirmó Nora, endureciendo sutilmente el tono, dejando entrever una frialdad táctica—. El-baz lo tiene vigilado cada segundo. Un hombre como ese, acorralado por su propia cobardía, es impredecible. Mejor bajo los ojos que perdido en la ciudad sembrando pánico.
Al adentrarse en el callejón de los cobreros, la temperatura pareció subir varios grados de golpe, irradiada por los hornos de fundición abiertos.
El ruido ensordecedor de los martillos contra el cobre era casi tangible, golpeando rítmicamente contra los tímpanos como un latido metálico.
Frente a un amplio soportal de adobe ensombrecido por los toldos, la figura imponente y marmórea de El-baz se recortaba contra la luz cegadora.
Estaba frente al camellero local, un hombre de piel cuarteada por el sol que agitaba los brazos en el aire con aspavientos exagerados, escupiendo un torrente de excusas en un dialecto cerrado que apenas se oía bajo el fragor de los talleres.
A pocos metros, completamente ajeno a los gritos y a las quejas histriónicas del mercader, Braihm operaba con una eficacia silenciosa y biomecánica.
Sus dedos largos y ágiles tensaban las pesadas cuerdas de esparto, asegurando los odres de agua y los fardos de lona sobre los ásperos aparejos de cuatro dromedarios.
El roce de la soga contra el cuero generaba un crujido seco, musical casi, el sonido de algo que se fijaba a su lugar correcto.
Cada nudo era una geometría perfecta —Braihm no hacía nada dos veces, todo era cálculo y eficiencia.
En un rincón sombreado, sentado sobre el polvo y vigilado de cerca por la presencia silenciosa de Braihm, Pietro sudaba copiosamente, abrazándose las rodillas con la mirada huidiza y aterrorizada.
Su único ojo visible parpadeaba constantemente, acosado por una fiebre que crecía cada hora, una infección relámpago que su cuerpo mortal no podía controlar.
—¡Sidi Omar y la guerrilla se han llevado casi todos los camellos de los que disponíamos…
al menos las bestias más fuertes! —se justificaba el tratante, elevando la voz para hacerse oír sobre el repiqueteo incesante de los martillos—.
Todos están con él en el norte, reclutados para la causa de Azawad.
Y si los rebeldes o las patrullas italianas se enteran de que viajamos y hacemos tratos con un italiano forastero, caerá la sangre sobre mi casa. Mi familia…
El-baz no alteró su postura lo más mínimo.
Su rostro afilado permaneció impasible, como una máscara tallada en piedra, pero en el interior de su mente —ese cerebro que procesaba la realidad a revoluciones imposibles— cada variable se disponía en su lugar correcto.
Procesó la verdad en las palabras del hombre: había miedo, sí, pero también avaricia.
El camellero quería sus monedas. La pregunta no era si vendería los camellos, sino a qué precio final se inclinaría su supervivencia.
Se volvió hacia Braihm, dando por zanjada la negociación mediante el silencio.
—No debemos demorarnos más, Braihm —ordenó El-baz, con una frialdad que pareció condensar y enfriar el aire sofocante del callejón—.
Ata bien esos fardos. Uba nos espera a media jornada de aquí con los camellos frescos.
Cuanto antes salgamos de esta termitera de barro y polvo, pisemos la arena verdadera, mejor para todos.
—El-baz alzó la vista hacia el cielo. Las nubes dispersas del alba ya estaban siendo devoradas por el azul implacable del mediodía.
Cada hora que pasaban en Sabha era un segundo más que los cazadores de Europa tardaban en llegar, pero también un segundo menos antes de que la fiebre de Pietro lo matara, y la muerte de un mortal dentro de la ciudad significaba preguntas, investigaciones, sangre en el suelo.
—Seis horas —murmuró, más para sí mismo que para los demás—. Tenemos seis horas antes de que este lugar se vuelva letal.