CAPÍTULO 12
Actualidad
El escarpado de caliza imponía una verticalidad sombría sobre el recodo del río.
Trepar por aquella pared húmeda y resbaladiza exigía un esfuerzo ciego, un agarre desesperado contra la piedra fría que le arrancaba esquirlas de dolor a la punta de los dedos, pero era la única salida posible.
Marco iba en cabeza, empujando delante de sí al prisionero maniatado, que subía con torpeza y jadeos ahogados, más por miedo a la caída que por voluntad de colaborar.
Sus dedos se aferraban a los salientes de la roca con una agilidad elástica que lograba disimular por completo la debilidad de su hombro herido, cuya sangre pastosa se mezclaba con el lodo de la pared, dejando un rastro oscuro que Mario borraba metódicamente a su paso.
Detrás de él, Caty forzaba las manos entumecidas, clavando las uñas hasta el dolor para no perder el pie en el vacío, con el corazón latiéndole en la garganta a cada resbalón.
Sentía el aliento pausado de Mario justo a sus espaldas, quien ascendía borrando milimétricamente cada rastro de barro que sus botas dejaban en las repisas.
A media altura del acantilado, oculto tras un tapiz denso de hiedra perenne que colgaba desde una cornisa superior, Marco se detuvo. Apartó el ramaje con el brazo sano y desveló una hendidura vertical en la roca, tan estrecha que obligaba a entrar de costado, conteniendo la respiración.
Al cruzar el umbral, el espacio se angostaba en un pasillo zigzagueante.
La entrada avanzaba a través de una serie de recovecos ciegos y falsas galerías en forma de embudo que estrangulaban el paso de forma natural.
En el interior del conducto, Mario y Marco se detuvieron para asegurar el cubil.
No taponaron la entrada exterior en la pared del acantilado, sino uno de los recovecos interiores del pasillo.
Apoyando las palmas de las manos contra la pared y tensando los tendones con una fuerza muscular puramente biológica y devastadora, empujaron una enorme roca caliza para bloquear ese tramo.
El bloque se deslizó con un roce sordo, dejando antes del tapón una pequeña cavidad abierta al exterior.
Aquel rincón periférico había servido de escondite improvisado para montañeros atrevidos, mostrando en sus paredes garabatos de nombres y fechas talladas pacientemente con navajas.
Fue allí, en esa cavidad fría y aislada de la zona común, donde Marco encadenó al prisionero a una argolla de metal oxidado que sobresalía de la roca —un resto olvidado de algún equipo de espeleología, reutilizado ahora con un propósito muy distinto.
El hombre no protestó; se dejó caer contra la piedra con la mirada vidriosa, sujetándose el hombro herido durante el forcejeo del bosque, una herida que Marco no se molestó en revisar.
Al cerrar el paso justo detrás de ese falso fondo, la verdadera entrada al refugio quedaba completamente mimetizada y a salvo de cualquier rastreador o cámara térmica que se aventurara a buscarlos desde el exterior —y el prisionero, fuera del alcance de la calidez y la vigilancia constante de la galería principal.
Una vez superado el último recodo ciego, el pasillo de piedra se abrió bruscamente a una galería de dimensiones colosales.
Caty dio un paso al frente y se detuvo en seco, parpadeando con incredulidad.
No se encontró con la oscuridad húmeda y opresiva que su mente científica esperaba de una caverna subterránea, sino con un espacio inmenso bañado por una claridad difusa y constante.
El lugar estaba iluminado de forma natural por grandes chimeneas y grietas imperceptibles en lo alto de la bóveda, que canalizaban la luz rebotándola en los cristales de cuarzo de las paredes.
Era un refugio ingenioso, profundo y vivo, perfectamente acondicionado con repisas alisadas para sostener la vida en su interior.
Marco caminó pesadamente hacia una de las formaciones de piedra y se dejó caer de espaldas con un gemido sordo.
El esfuerzo de la huida le cobraba peaje.
Caty lo observó fijamente en la penumbra; vio cómo el halo eléctrico y acerado que había vibrado en sus ojos bajo el estrés del río se desvanecía por completo.
A medida que sus pulsaciones bajaban, el color mutó orgánicamente, transformándose sutilmente en un aro concéntrico de un tono verde oliváceo.
Era el color de la tregua, que sintonizaba con la quietud mineral de la cueva.
Mario cruzó la estancia con esa misma calma que ya empezaba a resultarle familiar, el cerebro desactivando las revoluciones de combate y abrazando la paz del entorno. Hizo un suave gesto con la mano, invitando a Caty a que lo siguiera hacia una de las galerías laterales.
A medida que avanzaban por la piedra pulida, el aire frío se disipó, dando paso a un vaho templado y acogedor impregnado de un sutil olor a minerales y azufre atenuado.
Las paredes se abrieron a una estancia amplia que dejó a Caty sin habla.
Aquel espacio aprovechaba un remanso natural de agua de un río interior.
Del cauce subterráneo brotaba un manantial de agua termal, mansa y cristalina, que llenaba una gran poza.
Fue entonces cuando, de entre las sombras del fondo de la estancia, emergió una mujer cubierta con un velo, moviéndose con una elegancia que parecía imitar la quietud de las propias paredes de piedra.
Unos pasos más atrás la seguía un chaval de unos diez años, que cargaba con fuerza un fardo de toallas limpias.
—Esta es mi mujer, Aída —dijo Mario con su habitual voz pausada—, y nuestro hijo, Adrián. Estás en tu casa, Catherine. Aquí el mundo exterior no es más que un ruido inútil.
Aída se adelantó con una sonrisa serena que no dejaba espacio a las réplicas científicas de Caty. Le entregó una muda de ropa limpia y la invitó a despojarse del frío y a sumergirse en las aguas termales, dejándola a solas.
El escepticismo académico comenzó a agrietarse bajo el peso de la evidencia física.
Sentada en la poza caliza, Caty entrelazó sus propios dedos bajo el agua y fijó la mirada en las ondas cristalinas, mientras un súbito flashback la asaltaba con la fuerza de un resorte neurológico.
Recordó una tarde de hacía apenas tres años, durante una agria discusión en el laboratorio con Soni.
Recordó la rabia, el portazo y cómo, al mirarse fijamente al espejo, sus iris habían destellado en un tono ceniza y plateado.
Y de golpe, la imagen de su madre cruzó su mente.
Recordó el destello concéntrico, imperceptible para cualquiera pero nítido para su propia sensibilidad, que bordeaba las pupilas de su madre: el mismo aguamarina pacífico que acababa de presenciar en Mario y Aída.
La respuesta científica latía en su propio ADN: para camuflarla de los cazadores de Europa, su padre la había criado en una rutina de absoluta normalidad en Madrid, bloqueando esos recuerdos bajo una gruesa capa de lógica y escepticismo.
Solo ahora, bajo el impacto del shock por la muerte de Soni y la brutal presión de la huida, las compuertas de su memoria se habían roto.
El suave chapoteo del agua termal se detuvo cuando unos pasos ligeros anunciaron el regreso de Aída.
La mujer se arrodilló junto al borde de la poza y destapó unos pequeños frascos de cerámica vidriada, liberando un aroma denso, silvestre y balsámico.
Caty comenzó a formular las preguntas que le quemaban la garganta.
—¿Vivís aquí dentro? —preguntó Caty, mirando la inmensidad iluminada de la roca.
—No, Catherine, no vivimos aquí —contestó Aída con su habitual parsimonia—. Lo visitamos a menudo para mantener viva la memoria de la sangre y el vínculo con la Tierra.
—Tú no eres de España, ¿verdad? —insistió Caty—. Tu acento…
—No, yo no soy de aquí —admitió Aída, fijando sus ojos aguamarina en ella—. Mi tierra original está muy, muy lejos.
—¿Y el niño? ¿Tenéis más familia?
—Adrián es nuestro único hijo. Nuestra descendencia es un don escaso y preciado, por eso nos protegemos con tanto celo.
Aída continuaba extendiendo el ungüento con una suavidad rítmica.
Entornó los ojos y fijó su mirada en ella.
Una calidez profunda y ajena invadió el pecho de Caty, barriendo de golpe los últimos reductos del miedo.
Al notar cómo se relajaban los hombros de la joven, Aída sonrió y comenzó a relatar anécdotas de la infancia de Adrián, logrando que ambas rompieran a reír con un eco alegre que retumbó por las paredes de la estancia.
Una vez aseadas, se reunieron con los demás junto a la hoguera. Mario y Marco se encargaron de servir la cena, distribuyendo el alimento caliente en utensilios limpios sobre una cómoda mesa de madera.
—¿Por qué os parecéis tanto? —preguntó Caty, mirando al grupo—. Y, sobre todo, ¿por qué huís? ¿Quiénes sois vosotros en este mundo?
Mario la escuchó con calma y comenzó a responder.
Revivió la primera vez que sus propios ojos habían contemplado aquella misma galería, describiendo detalles sobrecogedores: una vegetación colosal y extraña que asomaba por las chimeneas altas y los ecos lejanos de una fauna titánica que rugía en el exterior, sugiriendo un mundo primitivo y remoto.
—Esta cueva —explicó Mario— fue una vivienda fija para los nuestros en un tiempo muy lejano. Pero nuestro verdadero hogar no está aquí. Nuestro hogar está en otros sitios.
—¿En qué sitios? —insistió ella.
—En las Ciudades Madre.
—Eso no es una respuesta, Mario. Es un nombre —replicó Caty, cruzando los brazos, negándose a dejarlo pasar como ya había dejado pasar demasiadas cosas esa noche—.
Si esperas que me trague todo lo demás, al menos dame algo que pueda sostener con las manos.
¿Dónde están? ¿Cuántas hay? ¿Por qué nunca ha oído hablar de ellas ni un solo geólogo en toda la historia de mi carrera?
Mario sonrió, con la paciencia de quien lleva siglos recibiendo la misma exigencia legítima.
—Porque los geólogos miden lo que la superficie les deja medir, y esto está mucho más abajo de lo que cualquier sonda humana ha llegado jamás —respondió—.
No te voy a dar un mapa esta noche, Catherine, porque no lo tengo conmigo y porque no te serviría de nada saberlo antes de tiempo.
Lo que sí puedo decirte es que son pocas, que son antiguas, y que cada una guarda algo que el mundo de arriba todavía no está listo para encontrar.
El resto, cuando llegue el momento, lo verás con tus propios ojos. Esta noche no es esa noche.
Caty apretó los labios, insatisfecha, pero reconoció en la negativa de Mario algo que no era evasión: era la misma clase de límite que Marco le había puesto ya una vez en el restaurante de París. Guardó la pregunta, no la abandonó.
El cansancio acumulado, el shock y el aroma de las esencias apaciguadoras hicieron mella en ella de golpe.
En cuanto su cuerpo tocó el colchón de las estancias de descanso, las defensas de su mente científica se apagaron y Caty se quedó profundamente dormida, con la palabra Ciudades Madre dando vueltas, sin forma todavía, en el fondo de su cabeza.