El Libro Rojo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Actualidad

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Me hice invisible sin dejar de estar. Los que me buscaban miraron a través de mí como se mira a través del aire. No hay escondite más perfecto que la quietud de quien ya no teme ser visto.

El haz cegador del foco halógeno barrió la superficie del agua a escasamente tres metros de la proa, arrancando destellos plateados a la bruma.

En lo alto del puente, las voces de los agentes armados resonaban metálicas, distorsionadas por los transceptores de radio.

El furgón negro mantenía el motor al ralentí, una vibración sorda y continua que se transmitía por los pesados pilares de hormigón armado hasta el lecho del río, agitando el fango helado bajo la quilla de la embarcación.

Caty se encogió aún más bajo la lona húmeda, con la barbilla apoyada en las rodillas y los dedos entumecidos aferrando las correas de su mochila como si de un escudo de kevlar se tratase.

El miedo amenazaba con desbocarle el pulso, un tamborileo errático que le subía por la garganta con un agrio sabor a óxido y bilis, pero al volverse hacia el timón, la figura de Mario la obligó a contener el aliento por completo.

Fue entonces cuando se vio obligada a desviar la mirada, sobrecogida por lo que ocurría a su lado.

Mario había vuelto a hacerlo: la misma quietud imposible que ya le había visto sostener ante el helicóptero, ahora forzada contra el foco del puente.

Aquel color no irradiaba ira ni violencia, sino una calma tan radical, una parsimonia tan pesada e imperturbable que parecía alterar la densidad del propio aire, volviéndolo casi sólido.

No era magia. Era un esfuerzo biológico terrorífico.

Caty escuchó, con su oído recién despertado y ultrasensible, el sutil crujido interno de los tendones de aquel hombre al tensarse como cables de acero y el bombeo violento de su corazón superando las ciento ochenta pulsaciones por minuto.

Estaba forzando su cerebro al límite absoluto, proyectando una nulidad tan aplastante sobre el entorno que el espacio alrededor de la barca quedó envuelto en un vacío sensorial.

Era la proyección física de una paz forzada; un despliegue neurológico agónico para mimetizarse con el paisaje y engañar al ojo humano.

Una gota de sudor, densa y lenta, le resbaló a Mario desde la sien hasta la mandíbula sin que ni un solo músculo de su rostro se permitiera acompañarla.

El foco del agente barrió el agua. Pasó directamente sobre la cabeza de Mario. Caty cerró los puños, esperando el grito de alarma, el fogonazo de las armas, el final.

Pero el agente no reaccionó. Su mirada pasó por encima de la barca como si estuviera contemplando un trozo de madera podrida o una mancha de aceite a la deriva en la corriente.

El cerebro del mortal había sido sutilmente hackeado; la fijeza implacable de los Kenotim había anulado su capacidad neurológica para registrar la presencia humana allí abajo.

El hombre parpadeó, sacudió la cabeza con un leve gesto de confusión —asfixiado instintivamente por la extraña densidad que irradiaba del río— y desvió el foco de luz blanca hacia los pinos del margen derecho.

—No hay nada en el cauce —gritó el agente a su compañero, con la voz pastosa y carente de interés—. Sigamos subiendo.

Solo cuando los pesados pasos de los perseguidores se alejaron crujiendo entre la maleza y los motores diésel cambiaron de marcha sobre el asfalto, la opresión en el aire se disipó de golpe.

Mario, en absoluto silencio, respiraba ahora con extrema dificultad.

Los párpados le caían por el agotamiento físico brutal que consumía aquel despliegue, devolviéndolo a la oscuridad natural de la noche.

Le temblaban ligeramente las manos, un temblor fino que intentó disimular apoyándolas sobre la caña del timón.

Caty lo observó desde su rincón en la proa.

Su mente científica estaba horrorizada, pero ya no podía negar la evidencia empírica que latía ante ella.

Aquellos hombres no eran simples fugitivos, ni una organización clandestina; poseían una capacidad biológica destructiva y perfecta, un peso ancestral que pagaban con el desgaste de su propia carne en cada segundo de supervivencia.

La barca avanzó un par de kilómetros más en un silencio lúgubre antes de que el desconocido aproximara el casco a la orilla izquierda.

Allí, la maleza crecía de forma tan salvaje que las ramas desnudas de los sauces rasparon la madera mojada con un chirrido áspero.

El ruido del control del puente había quedado muy atrás, reducido a un vago murmullo amortiguado por la distancia y la inmensa masa boscosa.

Caty seguía frotándose las sienes. El dolor de cabeza, que había empezado como un pinchazo sordo en la nuca, se estaba convirtiendo en una pulsación rítmica, acompasada con el siseo del agua contra el fango.

Miraba la negrura de los troncos y, a pesar de la ausencia casi total de luna, lograba adivinar los nudos retorcidos de la corteza y la humedad helada condensada en el musgo.

Aquella nitidez física, aquella agudeza visual y auditiva imposible, la aterrorizaba muchísimo más que la propia persecución de sus cazadores. No quería volverse loca.

Se volvió hacia el hombre del timón, clavándole una mirada cargada de hostilidad, miedo y pura sospecha.

Él afirmaba que venía de parte de Marco, pero en su situación, acorralada y con Soni muerto, las palabras de un extraño en mitad de la noche carecían de valor.

Cada minuto en esa embarcación aumentaba su instinto de huida.

—¿Quién eres tú realmente? —le espetó Caty, manteniendo una distancia prudencial en la proa—.

Y no me vengas con más evasivas sobre la sangre o el pasado.

Soy científica. Sé perfectamente cómo reacciona el cuerpo humano ante un trauma extremo.

Si mis sentidos están distorsionados, es por el shock de ver morir a Soni y por la avalancha de adrenalina y cortisol en mi torrente sanguíneo.

No hay nada más. Exijo que me dejes en la orilla ahora mismo.

El hombre la observó en silencio mientras amarraba el cabo a una raíz gruesa y retorcida que asomaba del lodo. Sus movimientos eran pausados, medidos al milímetro. Su rostro mantenía una calma fría y mineral que a ella le resultaba profundamente exasperante.

—Puedes llamarme Mario —respondió él con suavidad, sin que un solo músculo de su cara delatara ofensa ante el tono cortante de la mujer—.

Y no pretendo que me creas. La razón siempre busca una salida de emergencia cuando el mundo que conoces se viene abajo.

Tu padre pasó una vida entera ocultándote quién eres para protegerte de los que vigilan desde Europa, intentando construirte una realidad normal, un entorno seguro bajo microscopios y libros académicos.

Pero el río siempre encuentra su cauce, Catherine, por mucho que intentes negarlo.

Caty apretó las mandíbulas, sintiendo una mezcla ácida de rabia e impotencia.

Intentaba formular una réplica destructiva, una explicación neurológica y rotunda que desmontara los delirios de aquel desconocido, pero sus propios sentidos la traicionaban sin piedad: registraba el fluir del agua a kilómetros de distancia y el pulso exacto, lento y acompasado del propio Mario.

En mitad de ese colapso lógico, la imagen de Marco cruzó su mente con violencia.

El hombre que la había arrastrado desde el laboratorio, el que le había mentido sobre su identidad con una frialdad clínica y que luego, sin dudarlo un segundo, se había lanzado a ciegas con el Jeep militar para servir de cebo humano.

Todo en él la confundía. Le irritaba depender de tipos como ellos, de individuos que operaban bajo reglas inescrutables, pero su instinto, rebelándose contra los cimientos de su mente científica, empezaba a intuir que la insistencia de Marco en protegerla no era un simple deber logístico.

Había algo más hondo, un lazo invisible que la arrastraba hacia él, y una parte pequeña y avergonzada de ella misma solo quería saber si estaba bien.

De repente, un chasquido seco y violento entre la maleza de la orilla cortó el aire helado.

Mario se tensó al instante, abandonando su expresión de infinita tranquilidad.

Caty dio un paso atrás en la barca, sintiendo que la madera oscilaba bajo sus botas, buscando con desesperación una ruta de escape hacia el agua.

Fijó la vista en la espesura negra del bosque, forzando sus ojos a perforar la penumbra.

A través de las ramas entrelazadas y los espinos, una silueta alta y ancha de hombros avanzaba cojeando levemente, arrastrando tras de sí a un segundo hombre con las muñecas atadas por su propio cinturón.

Marco tenía la ropa rasgada por las zarzas, el hombro izquierdo empapado en una mancha de sangre oscura y pastosa, y el rostro cubierto de polvo del camino y sudor reseco.

Había vuelto. Plantó la bota en el lodo de la orilla con un chapoteo sordo, apartando de un manotazo las últimas ramas de sauce que se interponían en su camino, empujando delante de él al prisionero, que caminaba encorvado y sin oponer resistencia, con una mueca de dolor sordo en el rostro.

—Uno de los suyos —dijo Marco, sin necesidad de que Caty preguntara, señalando con la barbilla al hombre maniatado—.

Se separó del grupo para flanquearnos por el margen del río.

No tuve más remedio que traérmelo. Vivo, sabe algo.

Muerto en el bosque, solo habría sido una alarma más para los que vienen detrás.

En ese instante preciso, las nubes espesas del este se abrieron levemente en lo alto y una luz de luna pálida, casi espectral, se filtró a través del ramaje para reflejarse en la superficie plana del río.

El destello plateado ascendió desde el agua e iluminó directamente las facciones afiladas de Marco.

Fue entonces cuando Caty lo vio con total nitidez a través de su extraña percepción amplificada.

Marco la miraba con una intensidad desbordante que la dejó sin aliento.

Ya no había en él la frialdad formal ni el escudo de hielo que había mostrado en el refugio de la caverna.

En su rostro convergía una mezcla profunda de alivio feroz al encontrarla a salvo, rabia contenida por el implacable acoso de quienes la perseguían y una urgencia protectora primigenia que rozaba la obsesión.

Toda esa tormenta emocional se reflejaba físicamente, sin filtros, en su mirada.

Sus iris se habían contraído bajo la luz lunar, fijos en una alerta que no dejaba resquicio.

Era una mirada fría, viva y cortante como la hoja de un cuchillo, que parecía concentrar y devorar toda la luz de la noche.

Delataba, sin necesidad de palabras, que su cerebro operaba bajo el peso de una alerta implacable, dispuesto a arrasar con cualquier amenaza que se atreviera a acercarse a la barca.

Caty se quedó inmóvil, subyugada por aquella fijeza insoportable.

Le irritaba la superioridad física que desprendían y los secretos que envolvían cada uno de sus movimientos, pero al cruzarse con aquella mirada de acero, sintió que el desconcierto en su pecho volvía a agitarse con violencia.

Era un sentimiento que nacía torcido, lleno de esquinas y preguntas sin respuesta, que se negaba a desaparecer a pesar de todo su andamiaje científico.

Marco dio un paso corto hacia la embarcación, sosteniéndole la mirada, y el agua misma pareció amansarse bajo la quilla.

—Tenemos que movernos ya —dijo Marco. Su voz áspera rasgó el silencio del cauce, cargada de una fatiga profunda pero inquebrantable—. Han empezado a peinar las pistas forestales y el tiempo juega en nuestra contra.

—Estás sangrando —dijo Caty, y la frase le salió antes de que pudiera medir su propio tono, más cerca del reproche que de la pregunta.

—Sobreviviré —respondió él, sin mirarse siquiera el hombro—. Sube. Hablaremos cuando estemos a salvo.

Ella tendió la mano hacia él antes de ser consciente de haberlo decidido, y por un instante, mientras lo ayudaba a subir a la barca, sintió bajo sus dedos el calor real, humano, de aquella piel que sangraba como sangraría cualquier hombre.