CAPÍTULO 10
Actualidad
La niebla fluvial se tragó las últimas luces del norte, envolviendo la pequeña barca de madera en una penumbra tan densa que el mundo exterior pareció dejar de existir.
El río ya no era solo una masa de agua en movimiento; se había transformado en una arteria viva, negra y silenciosa por la que se deslizaban.
Caty permanecía encogida en la proa, frotándose los brazos con fuerza para combatir la humedad incisiva que se le pegaba a la piel, calándole hasta los huesos con un frío que le hacía castañetear los dientes sin que pudiera evitarlo.
La ropa de montaña que Marco le había entregado estaba empapada y pesaba como una armadura de hielo.
El aire apestaba a petricor, a fango removido y a hojas en descomposición.
Su mente, negándose a ceder al agotamiento físico, seguía clavada en el linde del camino de tierra, en el rugido ensordecedor de aquel Jeep militar alejándose a toda velocidad para atraer hacia sí a los helicópteros.
Sentía una punzada molesta en la boca del estómago, un desconcierto irracional que la irritaba profundamente.
Marco la había descolocado desde el primer segundo: su descarada mentira al presentarse en la casa, la frialdad analítica con la que había escudriñado cada uno de sus gestos en aquel laboratorio de paredes blancas, y luego, sin previo aviso, aquel sacrificio ciego en mitad de la noche.
Le enfurecía depender de hombres que operaban bajo sus propias reglas inescrutables, pero su instinto, rebelándose contra la rigidez de su formación científica, empezaba a intuir que la insistencia de Marco en protegerla no respondía a un simple deber logístico.
Había un magnetismo en aquel hombre, una gravedad en su mirada intimidante que se le había quedado grabada en la retina con la precisión de un bisturí, y odiaba, con una rabia pequeña y absurda, no poder dejar de pensar en él mientras huía por su vida.
En la popa, Mario manejaba el timón con ligeros movimientos de muñeca.
Casi no miraba hacia adelante. Su forma de navegar desafiaba la lógica visual; parecía leer las irregularidades del lecho del río a través de las sutiles vibraciones que la corriente transmitía a la madera de la caña, como si el propio cauce le susurrara al oído por dónde pisar.
—Aún estás intentando encajar las piezas en tu cabeza, Catherine —dijo Mario.
Su voz pausada y grave rompió el silencio, deslizándose sobre la niebla sin alterar la quietud del cauce—.
Es normal. La gente de Rheingold mide el mundo con números, con análisis genéticos y pantallas de ordenador.
Creen que capturando tus notas capturarán el origen de todo.
No entienden que hay cosas que jamás se podrán embotellar en un laboratorio.
—¿Y cómo lo medís vosotros? —preguntó ella, volviéndose a medias, forzando la vista para buscar sus facciones en la oscuridad—. Habláis de una forma… de una manera que me asusta. Rouros, Marco, tú… Parece que compartís algo que va mucho más allá de una simple organización.
Mario enderezó levemente el cuerpo. El viento que soplaba del este, arrastrando el olor acre a resina de los pinos, pareció amansarse por un instante alrededor de la barca, dejando la superficie del río convertida en un espejo liso y perfecto.
—No somos una organización, Catherine. Lo que nos une es el peso de la memoria y la lealtad a los de nuestra sangre —explicó Mario, y sus palabras cobraron un peso místico, rotundo—.
Los nuestros han pasado eones caminando entre los humanos, camuflados en el trasiego de los mercados, en las guerras de los hombres, en el nacimiento de las mismas ciudades que ahora nos dan caza.
No necesitamos leyes escritas ni despachos oficiales.
Nos reconocemos por el pulso, por la forma en que leemos el silencio de la tierra y por una fijeza en la mirada que el tiempo no puede borrar.
—Espera, espera —lo cortó Caty, alzando una mano como si pudiera detener físicamente la avalancha de palabras—.
No. Eso no es una respuesta, es una… una homilía.
Eones. Los nuestros. Habla usted como si yo debiera entenderlo ya, y no entiendo nada.
Necesito que me explique quién es nuestros , no que me lo cante.
Fue al pronunciar esa última frase cuando algo se le atascó en la garganta.
Porque las palabras le llegaron con una familiaridad que no debería tener.
Los nuestros no necesitan que nadie les explique nada dos veces.
Su madre se lo había dicho una vez, años atrás, discutiendo con su abuelo en la cocina de Madrid, una noche en que ambos creían que Caty ya dormía.
No recordaba el contexto, ni siquiera recordaba haberle dado importancia entonces —una frase más entre las muchas que los adultos dejan caer y los niños archivan sin comprender—, pero ahora, flotando en la niebla de un río del Prepirineo vasco, esa misma cadencia, ese mismo peso en la voz, volvía a ella con una nitidez que le heló la sangre.
—¿Qué acaba de decir? —preguntó, con un hilo de voz que ya no tenía nada de la firmeza científica de hace un segundo—. Esa frase. El pulso, la fijeza que no borra el tiempo. Yo he oído eso antes.
Mario no pareció sorprendido. La observó con una atención distinta, más cercana, como quien reconoce el instante exacto en que una puerta empieza a ceder por dentro.
—¿De quién?
—No lo sé —admitió Caty, y el miedo en su voz ya no era miedo a Mario, sino a la propia pregunta—. De mi madre. O de mi abuelo. No lo recuerdo bien. Discutían, y yo fingía dormir.
—Entonces ya sabe más de lo que cree, Catherine —dijo Mario, con una suavidad que no disimulaba del todo la gravedad de lo que estaba confirmando—.
Su abuelo no le contaba cuentos. Le devolvía, sin saberlo usted, fragmentos de algo que nunca terminó de arrancarle del todo.
No temas por Marco, por cierto. Él sabe perfectamente lo que hace.
Su cerebro está calculando en este mismo instante cada segundo de ventaja que te está dando río abajo.
Caty apretó las manos contra las correas de su mochila, asimilando la contundencia de la revelación.
Los de su sangre. Aquellas palabras explicaban la extraña y aplastante solemnidad de Marco, esa presencia biológica que hacía doblar la voluntad de quienes estaban a su lado sin necesidad de ejercer la violencia.
Y, sin embargo, bajo el miedo, algo en ella —algo antiguo, algo que llevaba toda la vida durmiendo bajo capas de escepticismo académico— reconoció esas palabras como quien reconoce una canción de cuna que creía haber olvidado.
De repente, un destello azul y rojo cortó la niebla varios kilómetros por delante, tiñendo los jirones de vapor de un tono violáceo, eléctrico y amenazante.
Mario redujo la marcha de la barca de golpe, anulando el sonido del motor y dejando que el casco se deslizara por pura inercia hacia la sombra protectora de unos chopos caídos que peinaban el agua.
A lo lejos, el puente de la carretera comarcal estaba completamente iluminado.
Dos patrullas de paisano y un inmenso furgón negro sin distintivos habían cruzado sus chasis en mitad del asfalto, bloqueando el paso de forma hermética.
La vibración sorda y pesada de los motores diésel al ralentí se transmitía a través de los pilares de hormigón armado, descendiendo hasta el lecho del río y haciendo temblar ligeramente la madera de la barca.
Varios operarios, moviéndose con precisión táctica, desplegaban potentes focos halógenos hacia el cauce, barriendo la superficie del agua con un haz cegador que destripaba la oscuridad y disipaba la niebla.
—Han cortado el puente —susurró Caty. El pánico regresó a su garganta como un nudo helado, asfixiando su respiración—. Nos tienen atrapados.
Mario no se perturbó. Mantuvo los ojos fijos en el haz de luz blanca que se aproximaba implacable barriendo la corriente.
Su rostro reflejaba la serenidad inmutable de quien opera con una capacidad cerebral diseñada para anticipar cada movimiento del enemigo.
Lentamente, sumergió una mano desnuda en el agua gélida, cerrando los ojos para escuchar la vibración exacta del río, calculando la fricción y esperando el milisegundo preciso en que la propia naturaleza de las sombras les abriera una rendija para pasar desapercibidos bajo las narices mismas de sus cazadores.