El Libro Rojo CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

🜏 Códice de Kheper-Sah — «Lo que nos fue arrebatado»

Presté mi rostro a un nombre que no era mío durante mucho tiempo, y el nombre creció hambriento, y casi se comió al rostro entero.

El silencio en la casa de paredes blanquísimas se volvió tan espeso que se podía masticar. El aire estaba saturado por el olor penetrante de la cal fresca y el rastro de la sangre seca que Pietro había escupido sobre su pañuelo roído.

Heleni no dio un solo paso hacia atrás. A pesar de las ropas desaseadas, los bajos rotos por las semanas de cautiverio y el polvo del desierto incrustado en la piel, mantenía una rectitud solemne en la columna vertebral que ningún hijo de Montecastello habría heredado jamás, y que delataba, para quien supiera leerla, el verdadero linaje de su sangre.

Clavó la mirada en el fardo de grasa que había usurpado el nombre del hombre al que ella misma había fingido llamar padre durante años, y algo ardió, rojo y vivo, en el fondo de sus ojos.

No era el dolor de una hija. Llevaba demasiado tiempo sin permitirse creer del todo en ese papel como para que su ruptura le doliera como algo propio.

Lo que ardía era otra cosa, más fría y más antigua: la rabia de ver cómo la paciencia de años —la casa de Montecastello, las cartas fingidas, la cena semanal con un viejo avaro al que había aprendido a tolerar sin llegar a quererlo del todo— estaba a punto de irse al traste por culpa de un impostor demasiado codicioso para saber cuándo detenerse.

—¿Así que este es el gran Leonardo Basse?

—su voz vibró con un desprecio gélido, carente de cualquier piedad—.

El verdadero era un avaro y un miserable, sí.

Pero al menos sabía guardar un secreto sin que se le cayera de las manos.

Este infeliz no es más que una morsa asustada que se ha ahogado en un traje que le queda grande.

Pietro retrocedió arrastrándose sobre el jergón de esparto, intentando aferrarse a un último asomo de altanería mientras sus ojillos acuosos delataban un terror cerval.

—Ten un poco de respeto, mocosa… —refunfuñó, con los labios temblorosos—. Fui yo quien rescató los manuscritos de Djerba para negociar tu libertad. Te he salvado.

—Buscabas los diez millones de liras —le cortó ella, fulminándolo con la mirada—. Buscabas el manuscrito porque creías que era una simple mercancía que podías pesar en una balanza de carnicero. Casi consigues, con tu torpeza, que años de trabajo se perdieran en una noche.

El-baz, que observaba el encuentro desde el otro extremo de la habitación, detuvo la discusión con un leve alzamiento de su mano.

Bastó ese único gesto, sin una palabra, para que el veneno de la disputa se apagara al instante en la garganta de ambos.

Sentía el dolor de Heleni, le pesaba en el alma imaginar el alto precio que había pagado por tratar de recuperar el libro Rojo.

Los años apartada de su vida de su familia y las semanas de secuestro, por personas desalmadas codiciosas y sin escrúpulos, hombres como Pietro.

—¿Heleni, qué sabia Basse de los pergaminos que custodiaba? —preguntó, y algo en su tono, más suave de lo estrictamente necesario para un interrogatorio, no le pasó desapercibido a Heleni.

Ella se volvió hacia él, y por primera vez desde que la habían sacado de Djerba, la dureza de sus facciones cedió un grado, no por sumisión, sino por el simple alivio de estar, por fin, frente a alguien a quien no tenía que mentirle.

—No entendía una sola línea de la sabiduría de esos textos —explicó, bajando el tono, sin la reverencia impostada que había usado minutos antes con Pietro delante—.

Pero sabía que el manuscrito no es más que una cerradura.

Para abrirlo, para descifrar las coordenadas exactas que conducen a las Ciudades Madre, se necesita una clave geométrica que memorizó antes de morir, sin saber jamás lo que en realidad custodiaba.

Creyó que blindaba su fortuna. Nunca supo que guardaba algo que nos robaron a nosotros mucho antes de que su bisabuelo naciera.

—¿Cuántos años lleva la casa vigilando este rastro en particular? —preguntó El-baz, sin necesidad de aclarar a qué se refería.

—Seis desde que yo entré en Montecastello —respondió ella, y por un instante, la fatiga humana, la misma que ningún Kenotim debería sentir tan cerca de la piel, le cruzó el rostro—.

Pero la vigilia por el manuscrito lleva siglos abierta, mucho antes de que a mí me encomendaran esta parte.

Seis años siendo la hija de un hombre al que no quería, para vigilar un fragmento de un rastro que empezó generaciones antes de que yo tomara forma.

Empezaba a preguntarme si mi vida entera se resumiría en ser el eslabón silencioso de una cadena que no vería jamás terminar.

—La verás terminar —dijo El-baz, y no fue una orden ni una lección, sino algo más parecido a un reconocimiento entre iguales—.

Yo estuve allí cuando los Irin nos lo arrebataron, Heleni.

Lo enterraron en las entrañas de una tumba, convencidos de que ninguna mano volvería a tocarlo jamás, y durante siglos casi tuvieron razón.

Solo cuando unos saqueadores humanos, ajenos por completo a lo que profanaban, lo desenterraron por codicia y lo devolvieron sin saberlo al mundo de los mercados, encontramos por fin el hilo que seguir.

No custodiamos un tesoro, Heleni. Recuperamos algo que nos fue robado en la guerra más antigua que libramos jamás, antes incluso del diluvio, cuando los hijos de los caídos todavía caminaban esta tierra con cuerpo propio.

Y no basta con recuperarlo. Hay que borrar hasta el último rastro de que existió, para que ningún Irin vuelva a tener un mapa hacia él.

Ese es el juramento de todo Shomrim que ha tocado este caso antes que tú y que yo.

Heleni guardó silencio un momento, sopesando el peso real de lo que acababa de escuchar, algo mucho más vasto que la simple tapadera que había sostenido durante seis años.

—​Hice todo lo posible por protegerlo hasta que llegarais. Hice lo imposible por ser invisible ante los Irin.

​Se detuvo un instante, y el silencio de la habitación de Sabha pareció densificarse alrededor de ambos. Al levantar la vista, sus ojos buscaron los de él con un hilo de voz casi imperceptible, una grieta desarmada en mitad de tanta disciplina:

​—¿Por qué no llegaste antes?

​El-baz la miró largamente. Por una fracción de segundo, la máscara de piedra del guardián cedió, dejando al descubierto el peso de los siglos y una honestidad que no solía concederse jamás a sí mismo. Dio un paso corto, acortando la distancia hasta que su presencia barrió el frío de la estancia.

​—Prometo no llegar tarde otra vez —respondió el anciano Shomrim, con la voz baja, áspera y rotunda.

Sostuvo la mirada de ella con una calidez imprevista, una mezcla desarmada de ternura y compasión donde pesaba la tristeza por los años de soledad que ella había arrastrado, pero también un orgullo hondo por su entereza, sellando un juramento que iba mucho más allá de las órdenes del enclave—. Prometo que te llevaré conmigo.

Braihm, apostado junto a la puerta con la vista fija en la celosía, no apartó los ojos del exterior, pero Heleni notó cómo, al oír aquel intercambio, algo en la postura del joven guerrero se tensaba, como quien reconoce una verdad que lleva mucho tiempo cargando en silencio.

Nadie en aquella habitación necesitaba que le explicaran cuántos inviernos llevaba El-baz caminando bajo soles distintos; se notaba en la calma con que hablaba, la de alguien que ha visto caer imperios enteros y sabe que este también pasará.

Y sin embargo, en la forma en que le había hablado a ella —sin la distancia protocolaria que separaba a un guardián de una vigía recién liberada—, Heleni creyó reconocer algo que no esperaba encontrar en un hombre tan viejo: la necesidad, poco frecuente en alguien de su edad, de no cargar solo con un secreto de ese tamaño.

En ese preciso instante, El-baz alzó la cabeza de forma abrupta. Su respiración se detuvo.

No hizo falta que nadie llamara a la puerta.

Su hiperpercepción captó una sutil alteración en las corrientes de aire que se filtraban por la celosía.

El viento del desierto cambió de frecuencia.

A través de las rendijas, El-baz ya no percibió el olor seco del esparto ni la arena, sino el rastro químico inconfundible del aceite de motor, el metal caliente de la maquinaria pesada y el sonido ordenado de botas acercándose a los confines del oasis.

Los rastreadores contratados por Rheingold, vinculados a Selenna Moliere, habían seguido el rastro del avión de correo.

Las facciones de occidente acechaban Sabha.

—Están aquí —dijo a Braihm, con una inmutabilidad de piedra que no dejaba lugar a dudas—. El ambiente se ha vuelto hostil. No hay tiempo para esperas. Nos internaremos en el desierto profundo hacia los Akakus.

—¿A caballo? —preguntó Braihm, ajustando el correaje de su bolsa.

—A camello, por el mar de dunas —sentenció El-baz—. La arena se encarga de borrar nuestras huellas y las rocas nos cobijarán. Prepara la caravana de inmediato.

Se volvió hacia Heleni antes de salir, y por un segundo pareció dudar entre la formalidad de un guardián y algo más sencillo.

—El desierto no perdona a los que fingen no tener miedo —dijo, sin la solemnidad de antes—. Si lo tienes, dílo. Nadie aquí va a pensar mal por ello.

—No es al desierto a quien temo —respondió Heleni, sosteniéndole la mirada—. Llevo seis años temiendo cosas mucho más pequeñas que la arena.

El-baz no respondió.

Fuera, en el patio trasero de la casa, un anciano tuareg de rostro curtido y turbante índigo esperaba ya junto a cuatro camellos arrodillados que rumiaban con parsimonia, ajenos por completo a la urgencia humana que se desataba a su alrededor.

El hombre, a quien todos llamaban simplemente Uba, llevaba tantos años guiando caravanas por el Fezzán que se decía que podía oler la tormenta de arena tres días antes de que el cielo cambiara de color.

Cuando El-baz salió a su encuentro, el viejo tuareg inclinó la cabeza con una deferencia que no dedicaba a ningún otro hombre del oasis, ni siquiera a los oficiales italianos que pasaban por Sabha exigiendo tributos.

—El viento del oeste ha cambiado de canción esta tarde, guardián —dijo Uba, sin necesidad de que nadie le explicara la premura—. Las bestias lo han sabido antes que yo. Mírelas: llevan la cabeza baja desde el mediodía. Eso, en el desierto, siempre significa algo.

—¿Nos llevará hasta el arco de Fozzigiaren? —preguntó El-baz, ajustándose el cinturón de cuero sobre la túnica.

—La arena decidirá cuánto de mí necesita, guardián. Yo solo escucho lo que ya sabe.

El-baz asintió con un respeto genuino, el mismo que había aprendido a rendir a los hombres del desierto mucho antes de que Roma soñara siquiera con extender sus mapas hasta allí.

Sabía, como sabían todos los suyos, que la arena no perdonaba a quien creía poder domarla; solo protegía a quien aprendía a escuchar su idioma, el mismo idioma silencioso que las rocas del Akakus llevaban memorizando desde antes de que existiera la primera palabra humana.

Pietro intentó encogerse aún más en el jergón, clavando las uñas regordetas en el esparto, preso del terror ante la idea de enfrentarse al desierto abierto con una herida de bala latiendo en su costado.

—¡Yo no voy a ir a ninguna parte! —gimió, casi sollozando—. ¡Déjenme aquí, se lo suplico! No diré nada a los europeos.

El-baz se acercó al colchón. Con una fluidez que desafiaba su propia envergadura, agarró la túnica de Pietro y lo levantó del suelo con una fuerza limpia, silenciosa e incontestable, igual que se aparta un saco de trigo vacío. La brutal asimetría física dejó a Pietro sin aliento.

—Usted viene con nosotros, Pietro —dijo El-baz, pronunciando su verdadero nombre por primera vez, despojándole de la última máscara—. Sigue siendo la moneda de cambio que esa gente espera encontrar. Muévase.

Bajo la luz ambarina del atardecer que comenzaba a extinguirse sobre la cal de Sabha, el grupo comenzó a moverse en absoluto silencio, preparándose para abandonar el falso refugio del oasis y adentrarse en el implacable laberinto de piedra del desierto profundo.

Uba ya tensaba las últimas correas de carga sobre los camellos arrodillados, murmurando entre dientes una vieja cadencia en tamashek, la misma que sus abuelos habían entonado siglos atrás para pedirle permiso a la arena antes de cruzarla.

Heleni, al pasar junto a El-baz camino de su montura, sintió por primera vez en seis años que no caminaba sola hacia lo desconocido.