CAPÍTULO 8
España — Actualidad
El rugido del Jeep militar se fue apagando en la distancia, engullido rápidamente por la densidad de la noche y el lamento del viento helado que descendía por la ladera de los pinos.
Caty se quedó inmóvil junto a la orilla del río, con las botas hundidas en el fango blando y las manos aferradas a las correas de su mochila con tanta fuerza que los nudillos le dolían.
A lo lejos, en lo alto de la cresta montañosa, los potentes faros del coche rastreador barrieron las copas de los árboles, buscando ciegamente un rastro que ya no estaba allí.
Marco lo había conseguido. Había desviado la cacería hacia sí mismo, lanzándose a la boca del lobo con una temeridad que a ella le resultaba incomprensible.
Una punzada fría e incómoda le atenazó el estómago, un desconcierto que la irritaba profundamente.
Marco la había descolocado desde el primer segundo: su mentira descarada al presentarse en la cabaña, la frialdad analítica con la que escudriñaba su entorno, y luego, de golpe, aquel sacrificio ciego en mitad de la oscuridad.
Le enfurecía depender de hombres que operaban bajo sus propias reglas inescrutables, pero su instinto, rebelándose contra el rigor de su mente científica, empezaba a intuir que la insistencia de Marco en protegerla iba mucho más allá de un simple deber.
Era una atracción confusa, llena de esquinas e interrogantes, pero no podía evitar que la intensidad de sus ojos se le hubiera quedado grabada en la retina.
Un chapoteo rítmico, un leve batir de agua contra la madera, la trajo de vuelta a la cruda realidad del río.
Entre los vapores que la noche levantaba sobre el cauce, la silueta oscura de una barca de fondo plano recortó la niebla. El caminante que venía manejando el timón dejó de cantar su extraña melodía, permitiendo que la embarcación se deslizara en silencio hasta rozar la orilla de tierra.
—¿Catherine? —preguntó el hombre, con una voz madura, grave y exenta de cualquier urgencia.
—Sí… —respondió ella, dando un paso temeroso hacia atrás, midiendo la distancia.
—Sube. Marco me pidió que te esperara aquí. El tiempo corre y los pájaros de hierro de Rheingold no tardarán en sobrevolar el cauce.
Caty saltó a bordo, recelosa, manteniendo la mochila apretada contra el pecho como un escudo.
La pequeña embarcación se adentró en la corriente, envuelta en la niebla protectora del cauce.
Observó al barquero en la penumbra. El hombre, de aspecto sereno y hombros anchos, curtidos por décadas de intemperie, manejaba el timón con ligeros movimientos de muñeca, casi sin mirar, como si pudiera leer las irregularidades del lecho del río a través de las sutiles vibraciones que subían por la madera de la caña.
Olía a leña quemada y a grasa de motor, un olor doméstico que, absurdamente, la reconfortó.
—Hay personas que miran el mundo y solo ven barro, madera y liras, Catherine —comenzó a decir el barquero, leyendo su tensión con un aplomo rotundo—.
Marco conoce esta tierra. Sabe qué baches tienen memoria y cómo el río esconde a los nuestros.
Cuando tu mente procesa el entorno al revés de como lo hace el resto de los mortales, el mundo se vuelve un libro abierto.
—¿Y usted? —se atrevió a preguntar Caty, sorprendida de su propia voz, ya sin el temblor de antes—. ¿También lee el río así?
Mario sonrió apenas, un pliegue mínimo en la comisura curtida de los labios.
—Yo lo leo distinto. Llevo cuarenta años en estas aguas, desde antes de que naciera mi hijo.
Este río me ha dado de comer, me ha estado a punto de matar dos veces y una vez me devolvió un anillo que llevaba diez años dando por perdido.
—Movió la caña con una precisión mínima, esquivando una piedra invisible bajo la superficie—.
No hace falta ser como Marco para respetar algo que lleva aquí más tiempo que tú y que seguirá aquí cuando ya no estés. A eso yo lo llamo humildad, no magia.
Caty apretó los labios. Las palabras del desconocido resonaban con una calidez distinta a la de Marco, más terrenal, menos matemática, pero con el mismo peso de fondo, la misma familiaridad biológica, la misma calma pesada que desafiaba cualquier crisis.
—Tiene un hijo —repitió ella, aferrándose a ese detalle diminuto de normalidad en medio de la locura de la noche—. ¿Sabe él… lo que hace usted?
—Sabe que su padre conoce el río mejor que nadie —respondió Mario, sin apartar la vista del agua—. El resto ya lo entenderá cuando le toque. No hay prisa. Hay cosas que un niño no necesita cargar antes de tiempo.
De pronto, un zumbido sordo y lejano hizo vibrar las tablas de la barca. No venía del agua, sino del cielo. Los pájaros de hierro de sus perseguidores estaban barriendo el sector.
Mario redujo la marcha de golpe, dejando que el casco se deslizara sin ruido hacia la sombra de unos sauces llorones que peinaban la superficie del agua.
Un potente foco blanco, cegador y artificial, rasgó la niebla pasando a escasos metros de la embarcación, arrancando destellos plateados a la bruma.
El sonido de los rotores era ensordecedor, aplastando el tímpano y acelerando el pulso de Caty hasta llevarla al borde del pánico.
El haz de luz halógena comenzó a barrer el agua en un movimiento pendular, directo hacia ellos.
Caty se encogió, cerrando los ojos a la espera del grito de alarma.
Pero al mirar a Mario, la lógica de su mundo científico se rompió en mil pedazos.
El hombre permanecía erguido, con el rostro vuelto hacia la luz cegadora.
Sus ojos estaban abiertos por completo, dilatados hasta extremos inhumanos, fijos en una quietud absoluta.
En la periferia de sus pupilas vibraba un brillantísimo aro naranja cobrizo, denso como el ámbar líquido.
El corazón de Mario latía a una velocidad vertiginosa, bombeando sangre para sostener la brutal presión intracraneal que requería saturar la percepción del entorno; una fina línea de sudor le nació en la sien y le resbaló hasta la mandíbula sin que un solo músculo de su rostro se permitiera reaccionar.
El color ámbar de sus ojos no irradiaba violencia, sino una calma tan radical, una parsimonia tan inmensa e imperturbable que pareció alterar la densidad del propio aire.
Era un escudo neurológico tejido a base de agonía biológica para mimetizarse por completo con el paisaje inerte.
El guardia del helicóptero pasó el foco directamente sobre el rostro de Mario y el cuerpo encogido de Caty.
El cerebro del soldado, hackeado sutilmente por aquella presión de paz absoluta, descartó su presencia.
Miró directamente hacia la barca y no vio más que un tronco oscuro flotando a la deriva.
La luz pasó de largo, arrastrando consigo el estruendo de las aspas, dejándolos fundirse de nuevo con la oscuridad del agua.
Mario exhaló un suspiro largo y tembloroso, aflojando la tensión de sus músculos con la lentitud de quien teme que un movimiento brusco reviva el dolor. La calma forzada se desvaneció de sus ojos, dejando paso a un agotamiento palpable que le hundió los hombros durante varios segundos.
—Un anillo, un río y ahora esto —murmuró, casi para sí, recuperando el aliento—. Este viejo cuerpo mío ya no aguanta lo que aguantaba.
Caty se quedó mirándolo, con la garganta seca.
Había visto la biología operando en límites que la ciencia oficial ni siquiera había empezado a cartografiar, y sin embargo lo que más se le quedó grabado no fue el prodigio ni el helicóptero, sino la mueca de dolor tranquilo con la que aquel hombre había pagado, en silencio y sin queja, el precio de mantenerla con vida.