El Libro Rojo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Eché la suerte antes de que el cielo tuviera nombre, y todavía la veo caer. Vosotros lo llamáis azar porque no veis la mano que la sostiene. Yo sí la veo. Está más cerca de la mía de lo que ninguno de los dos querría admitir.

Llegaron a Sabha en una fría tarde de mediados de octubre.

Tras el accidentado vuelo en el avión de correo —una de esas rutas postales que la Regia Aeronautica italiana había tendido apenas dos años antes para enlazar Trípoli con las guarniciones perdidas del sur, y que aún fallaban más de lo que llegaban—, el paisaje urbano se presentaba como un oasis monótono en medio de la llanura desértica, donde las ráfagas de viento levantaban una arena fina que crujía entre los dientes.

Sobre un fortín de adobe reforzado con sacos terreros, a las afueras del oasis, ondeaba lacia la bandera del Reino de Italia, un pedazo de tela descolorida que delataba lo que todos en la región sabían y nadie decía en voz alta: que aquel dominio, sobre el papel tan firme en los mapas de Roma, no era allí más que una guarnición sitiada por su propia soledad, rodeada de un Fezzán que los Senussi y las tribus del desierto aún no habían entregado ni entregarían del todo hasta bien entrada la siguiente década.

El-baz reconoció ese detalle con la misma frialdad con la que leía cualquier otro dato del terreno: una bandera débil significaba menos ojos, y menos ojos significaba una noche más de ventaja.

El-baz guió al comerciante herido a través de las calles polvorientas hasta una casa de paredes blanquísimas, casi azuladas, que tenía impregnado en sus muros un denso olor a cal fresca, aplicada gruesa contra el calor como una segunda piel mineral.

El hombre que se hacía pasar por Leonardo Basse, aún aturdido por la fiebre de su herida y el traqueteo del viaje, se dejó caer pesadamente sobre un jergón en el suelo de la estancia.

Su fisonomía de morsa denotaba un cansancio profundo, pero la soberbia continuaba intacta en sus ojillos acuosos.

Para disimular el miedo que le atenazaba el estómago, comenzó a parlotear sin parar, jactándose de sus supuestos negocios e influencias en Argel, elevando la voz en un tono de amenaza que no dejaba de sonar lastimero y falso.

—Mucha gente estará preocupada por mi ausencia en los muelles —soltó encogiéndose de hombros, intentando buscar una reacción en su interlocutor—. Mis socios no van a quedarse de brazos cruzados si no aparezco en una semana, ya se lo aseguro yo.

—Siéntese y cállese.

La orden fue pronunciada con una parsimonia tan gélida y una autoridad tan cortante que el comerciante se tragó las siguientes palabras, soltando un suspiro sonoro y prolongado, una bocanada lastimera idéntica al llanto de un borracho pillado en una argucia barata.

El-baz permaneció de pie junto al umbral, impasible, recortado contra la cal de la pared como la estatua de un emperador romano en la flor de su hegemonía.

En la estancia, el silbido del viento que golpeaba las maderas de la ventana pareció amansarse por un instante, dejando paso a un silencio repentino.

Un pequeño lagarto que asomaba por una grieta del adobe se quedó inmóvil en la piedra, como si el propio pulso del oasis se hubiera detenido.

Con una lentitud casi litúrgica, calculando el peso exacto de cada movimiento, El-baz extrajo del portafolios de cuero la carpeta que Nora le había entregado en el aeropuerto de Trípoli.

La abrió y sacó un fajo de documentos oficiales, actas notariales y registros policiales italianos, dejándolos caer con desprecio a los pies del jergón.

—Y ahora escúcheme bien —le dijo El-baz, clavándole una mirada oscura y profunda que extinguió cualquier atisbo de altanería en el hombre—.

Leonardo Basse no existe. No es más que un nombre robado.

No me interesa saber qué delitos le obligaron a ocultar su verdadero apellido en Europa, no me conmueve lo más mínimo su profunda estupidez, no siento lástima de la decadencia en la que se ve sumido y siento en el alma haber tenido que salvarle la vida.

Al escuchar aquellas palabras, al falsificador se le formó un nudo amargo en la garganta.

Miró los documentos del suelo, escritos en su idioma natal, y comprendió que el juego de máscaras que había sostenido durante tres largos años en Djerba se había desmoronado por completo.

Sus ojos porcinos revelaron el pánico de quien se sabe desarmado ante un sabio que puede anticipar sus pensamientos con solo escuchar el ritmo desbocado de su pulso.

—El verdadero Leonardo Basse ha muerto —admitió por fin con la voz rota, bajando la mirada hacia sus manos regordetas.

—¿Lo conocía usted? ¿Era amigo suyo? —le interpeló El-baz, dando un paso hacia él, ralentizando el tiempo a su alrededor.

—Era un hombre importante… ¿sabe? —el impostor tragó saliva—.

En Montecastello todos le envidiaban. Mierda…

era el puerco del alcalde, un avaro con una labia desmedida que siempre me decía: «Señor Pietro, es usted un ser estúpido…

Señor Pietro, haga caso a la mano que le da de comer…

porca miseria» . Pero el muy imbécil se ahogó en su propia trattoria con una de sus preciadas truffe di Domini .

Pietro soltó una risa áspera y repentina que le provocó un ataque de tos violenta, obligándole a escupir un rastro de sangre sobre el pañuelo roído que guardaba en la túnica.

—Parecía un cordero degollado el hijo de perra… —continuó Pietro, relamiéndose los labios con rencor—. Con los ojos vidriosos y las manos extendidas hacia mí en mitad de las mesas vacías. Me pedía clemencia a mí, a quien siempre había tratado como a una escoria.

—Por eso cogió usted la carta de negocios que iba dirigida a él, ¿no es así? —concluyó El-baz, cuya mente procesaba la confesión analizando cada microgesto del italiano—. Para suplantar su identidad, viajar a África y fingir que era alguien importante.

—No, no fue por orgullo —repuso Pietro, apretando los puños—.

El verdadero Basse introducía en el país reliquias, joyas y pergaminos; todo lo que ustedes les robaban a los arqueólogos ingleses y franceses en el Nilo.

Unos científicos tan escasos de medios y desesperados que no se preocupaban por averiguar la verdadera identidad de a quién contrataban como proveedor.

El-baz dio otro paso, acortando la distancia hasta que su sombra cubrió por completo al italiano.

—¿Sabe usted qué es lo que ha robado verdaderamente en el almacén de Djerba? —le preguntó con una fijeza terrible.

No esperaba respuesta, y no la necesitaba.

La pregunta no iba dirigida a Pietro, sino a sí mismo, a una cuenta que llevaba abierta desde mucho antes de que aquel italiano naciera, desde mucho antes de que Roma o Cartago se disputaran estas costas.

Pietro solo era el último eslabón visible de una cadena de manos ladronas que se perdía siglos atrás, hasta una noche que El-baz no había olvidado ni olvidaría jamás.

—Sí, una mierda —escupió Pietro con rabia—. Una porquería vieja que nadie entiende y que era el pago de rescate exigido a cambio de la hija de Basse. Un manuscrito maldito que en el mercado negro de Argel vale diez millones de liras.

—¿Quién ofrece ese dinero por lo que custodiaba? —inquirió El-baz, volviendo a dar la espalda al italiano para escudriñar la oscuridad que ya caía a través de la ventana.

—No lo sé, no he vuelto a tener noticias de ellos, lo juro —gimió Pietro, limpiándose la frente sudorosa—. Solo conozco bien a uno de los intermediarios, una mujer que se hace llamar Selenna Moliere. Ella fue la que organizó el secuestro de la hija de Basse.

—¿Por qué implicar a la muchacha? —El-baz apretó los dientes.

—Maldita sea… No es usted tan listo como se cree, ¿verdad?

—Pietro soltó otra risa porcina que derivó en carraspeo—.

Esa cría era la única de la familia que sabía leer esos malditos caracteres antiguos; era la única capaz de entender algo sobre la mierda del libro.

Los que la secuestraron eran los mismos clientes que le habían comprado a Basse durante años.

Pero Basse les engañó antes de morir: les vendió una traducción falsa que su hija nunca llegó a realizar, y eso cabreó mucho a esa gente.

Iban a conseguir lo que habían pagado a toda costa; les importaba mucho más descifrar el contenido del manuscrito original que conservar a su proveedor de antigüedades.

—Y usted volvió a robar el manuscrito para cambiarlo por la chica, fingiendo ser su padre —dedujo El-baz.

—¡Claro que no, listillo! —bramó Pietro—. Al verdadero Basse le importaba un bledo su propia hija, solo se tenía apego a sí mismo. Fui yo quien pensó en rescatar ese preciado tesoro para ver qué tenía tanto valor y cobrar los diez millones.

En ese instante, la percepción hiperestésica de El-baz captó dos sutiles golpes de nudillos sobre la madera de la puerta exterior, cortando el aire con precisión cronométrica. Se apresuró a abrir el cerrojo.

Al amparo de la luz de la estancia, entraron Nora y Braihm, trayendo consigo a una joven de unos veinte años. A pesar de la gallardía y el rastro de lozanía propio de su juventud, la muchacha mostraba un temor profundo en los ojos y vestía ropas desaseadas y gastadas tras semanas de cautiverio.

—El-baz, te presento a Heleni —anunció Braihm, haciéndose a un lado con solemnidad, mientras cruzaba una mirada de lealtad absoluta con su hermano de armas—. El mundo la conoce como la hija de Basse.

Pietro se quedó petrificado en el jergón, con los ojos saliéndose de las órbitas, mientras la muchacha miraba al hombre gordo que había usurpado el nombre de Basse con una mezcla de horror y absoluto desprecio.

El silencio en la habitación de cal se volvió tan denso que parecía que el propio desierto contuviera el aliento.

Ninguno de los dos hombres presentes, ni siquiera el que tanto había fingido conocer a su familia, sospechaba que el propio parentesco era también una máscara: años atrás, cuando el verdadero Leonardo Basse todavía enviaba cartas a Trípoli quejándose de no tener descendencia que heredara su negocio, una guardiana Kenotim se había infiltrado en su casa de Montecastello haciéndose pasar por la hija perdida que él siempre había deseado tener, con el único propósito de vigilar de cerca el manuscrito que un día él podría llegar a encontrar.

Basse había muerto sin saber jamás que la hija que creía suya no era de su sangre.

El engaño, cruel como todos los buenos disfraces, había funcionado exactamente como debía.