CAPÍTULO 6
Trípoli (Libia)
בְּרִמְזָא חַד אֲבַדִוּ תְּלָת דָּרִין. לָא אֶתְחַשַּׁב עַל עִדָּנָא; אֲזַלְנָא, וְעִקְּבָתָא יִרְדְּפוּן לְחַבְרִי אִם יִכְלוּן.
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Un solo pestañeo me costó tres eras de olvido. Ya no negocio con el futuro: avanzo, y que las consecuencias alcancen mi espalda si son capaces.”
El italiano se despertó con un ronquido áspero.
Durante unos instantes, Pietro observó con los ojos desorbitados el techo inmaculado de una habitación desconocida.
El aire olía a cal limpia, a ropa lavada y a sábanas almidonadas; un blanco etéreo y cegador entra a raudales desde la ventana abierta, hiriéndole las retinas resecas.
El brutal contraste con el hedor a tabaco rancio y orina de gato de su almacén en Djerba le provocó un vértigo insoportable, un mareo que le subió desde el estómago vacío hasta la raíz del cráneo.
Recortado contra esa luz hiriente, se dibujaba el perfil de un hombre erguido como si estuviera esculpido en piedra viva. Permanecía completamente inmóvil, observando el horizonte con una paciencia de estatua.
Pietro se apresuró a incorporarse, pero un dolor sordo, caliente y punzante le atravesó el torso, arrancándole un quejido húmedo.
Al llevarse la mano temblorosa hacia el costado, palpó el vendaje rígido y tirante que le cubría la quemadura del proyectil; un ardor que latía al ritmo exacto de su pulso, como una segunda respiración clavada bajo las costillas.
—¿Ya está mejor? —La voz de El-baz resonó impávida, sin que un solo músculo de su espalda se alterara.
—¿Qué coño ha pasado? —bramó el italiano, intentando tragarse la espesa capa de flema que le taponaba la garganta—. Todo me da vueltas.
—Le han disparado.
—¡Ya lo sé! ¿Cree que soy gilipollas? —escupió de mala gana, acomodando sus cien kilos de grasa sobre el colchón, que crujió bajo el peso—.
Y luego se pusieron todos a pegar tiros en el muelle.
Casi hacen que me maten. ¿Qué demonios les pasa a sus hombres?
No hace falta desatar el infierno para cerrar un trato, ¡por el amor de Dios!
El-baz no se movió. Su silencio era más pesado que el calor de la mañana, una quietud asfixiante que anuló por completo la rabieta de la morsa.
—Carlo no vino a negociar —repuso El-baz con una calma gélida, casi forense—. Vino a terminar lo que ustedes empezaron.
—Y casi lo consigue… —Pietro se frotó las sienes sudorosas, notando bajo los dedos el latido desbocado de su sangre—. ¿Dónde demonios estamos?
—En Trípoli. Dentro de una hora nos movemos hacia Sabha.
Pietro entornó sus ojillos porcinos y acuosos, buscando a tientas su sucio pañuelo de hilo entre las ropas, pero se dio cuenta de que le habían desvestido.
Llevaba puesta una túnica de lino blanco y limpio que le raspaba la piel curtida de grasa.
Se sintió despojado de su armadura de mentiras, profundamente vulnerable frente a aquel gigante de bronce, como un caracol al que le hubieran arrancado la concha.
—¿Por qué está tan empeñado en arrastrarme con usted? —refunfuñó, clavando las uñas cortas en las sábanas—. Ya tiene la maldita caja fuerte que me robó. ¿Qué más quiere de mí?
—Respuestas —sentenció El-baz. Se giró despacio, con una fijeza que pareció absorber el oxígeno de la estancia—. ¿Quién le dio el soplo en Europa? ¿Quién financiaba la traición de Carlo? No me interesa el valor que usted le da a lo que custodiaba, sino los ojos de quienes le están buscando.
El teléfono de la habitación sonó dos veces. Se hizo un silencio tenso y volvió a sonar otras dos veces exactas. Era una clave silenciosa, la cadencia de los suyos. El-baz se separó de la pared con la soltura de quien domina las corrientes del peligro y caminó hacia la puerta.
—Dígame… —insistió Pietro, intentando rascar un ápice de su antigua soberbia—, ¿por qué importa tanto ese fajo de pergaminos viejos? ¿Por qué un pobre diablo como Carlo pierde la vida por algo que ni se imagina?
—Porque hay verdades que queman las manos de los ignorantes —respondió El-baz, abriendo la puerta—. Muévase. El tiempo corre.
Bajaron las escaleras de caoba hasta el amplio vestíbulo de columnas de estilo colonial del hotel.
El ruido de los viajeros, el olor a tabaco rubio y el trasiego de baúles llenaban el espacio con un bullicio que a Pietro le resultó casi doloroso tras el silencio de la habitación.
Camuflados cerca de la entrada principal, les esperaban Braihm y Nora.
Al ver a El-baz, la rigidez marcial desapareció de sus rostros, sustituida por una sutil y profunda calidez, una tregua biológica imperceptible para los humanos.
Braihm aferraba con fuerza una maleta de cuero rígido, interponiendo su cuerpo como un escudo, mientras Nora sostenía unos pesados portafolios bajo el brazo.
—Está todo dispuesto —anunció Braihm con voz queda, manteniendo los ojos fijos en el perímetro, barriendo la entrada del hotel con una vigilancia que no descansaba un segundo—.
El aparato de correo está listo en la pista; os dejará en un aeródromo a las afueras de Sabha.
Nosotros tomaremos la ruta de la costa para desviar cualquier rastro desde la capital.
—Gracias, hermano. Sé prudente y cuida de Nora. Nos vemos en las arenas —respondió El-baz, posando una mano firme sobre el hombro del joven.
Braihm no se apartó de inmediato. Sostuvo la mano de El-baz sobre su hombro un instante más de lo estrictamente necesario, y cuando habló, lo hizo bajando la voz hasta un registro que solo llegaba a los dos.
—Puedo verlo en tus ojos, viejo amigo. Ese peso no es solo por el libro. —Braihm buscó su mirada, insistente—. Déjame preguntarte algo antes de que subas a ese avión. Tú quieres que la humanidad viva. No solo que exista.
El-baz guardó silencio un segundo, el tiempo justo para que la pregunta terminara de asentarse, como una piedra que cae al fondo de un pozo.
—Sí —respondió al fin, con una gravedad que no admitía adornos—.
Existir es lo que hacen las piedras del desierto, Braihm.
Nosotros no custodiamos el manuscrito para que sigan respirando.
Lo custodiamos para que tengan algo por lo que merezca la pena respirar.
Y para que nadie más vuelva a arrebatárselo a quien no debería tenerlo jamás.
—Entonces cuídate tú también —dijo Braihm, apretando el hombro de El-baz una última vez antes de soltarlo—. De poco sirve saldar una deuda tan vieja si el que la salda se pierde por el camino.
Antes de separarse, Nora dio un paso al frente y se acercó a El-baz, susurrándole al oído con urgencia.
—Él envió esto para ti —le dijo, deslizando una carpeta de cuero gastado que extrajo de entre los portafolios—. Me pidió que la revisaras antes de interrogar al invitado a fondo. ¿Nos cobijará la roca?
—Siempre lo ha hecho —concluyó El-baz, guardando el documento bajo los pliegues de su bisht.
Nora y Braihm se dieron la vuelta y se mezclaron entre la multitud del vestíbulo.
Mientras se alejaban, Braihm buscó la mano de la mujer en un gesto tierno, protector, y cruzaron las puertas de cristal hacia el bullicio cegador de Trípoli.
Pietro se quedó mirando el rastro de la pareja, extrañado por la dignidad solemne que desprendían aquellos fugitivos, y por primera vez en años sintió la punzada incómoda de saberse pequeño frente a algo que no comprendía del todo.
Una hora más tarde, el pequeño bimotor de correo tomaba altura ruidosamente, sacudiéndose con violencia contra las bolsas de aire caliente del desierto.
La cabina apestaba a combustible de aviación y a metal recalentado por el sol de la pista.
El vuelo hacia el sur transcurrió en un mutismo absoluto.
La luz dorada del mediodía entraba por las ventanillas arañadas por la arena, tiñendo el fuselaje de un ocre antiguo.
El-baz observaba el interminable mar de dunas, inmerso en una reflexión afilada, con las palabras de Braihm todavía resonándole en algún lugar detrás del esternón.
Hacía tres largos años que seguía los pasos de aquel impostor gordo que sudaba copiosamente a su lado; tres años memorizando sus bajezas, sus trampas y su codicia de callejón.
Sabía perfectamente que el italiano era incapaz de comprender la geometría oculta en las reliquias que vendía.
La morsa solo era un rastreador ciego, una serpiente rastrera y cobarde que servía para husmear los secretos que los altos mandos europeos deseaban poseer.
Había utilizado a Pietro como cebo para llegar hasta ellos.
Pero ahora, el tablero había cambiado. El misterio de la caja de terciopelo púrpura, el legado que El-baz había jurado defender con la última gota de su sangre —algo que no siempre había pertenecido a los mercados de Djerba, ni a Basse, ni a ningún hombre que hubiera puesto precio sobre él, sino a los suyos, mucho antes de que se lo arrebataran—, ya no estaba expuesto en las calles de la isla.
Volaba directo hacia el corazón inexpugnable del Fezzán.