CAPÍTULO 5
Actualidad
Sobre el salpicadero, un pequeño aparato de aspecto casero crepitaba con la estática de la frecuencia policial. Yusuf le bajó el volumen, pero no lo apagó del todo.
—Acaban de dar tu descripción otra vez —dijo, sin apartar la vista del retrovisor—.
Apagó el motor, pero dejó las luces encendidas, como si necesitara esa claridad mínima para decir lo que tenía que decir.
—Tu padre me llamó hace una hora —continuó—. Casi me lo ordenó, aunque en su voz no había nada de una orden, solo miedo. Me dijo que corrieras. Y fue tu abuelo quien le pidió a Rouros que te encontrara, aunque no tengamos tiempo esta noche de explicarte nada de eso.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la voz todavía espesa por el sueño y el miedo mezclados.
—Sigue el sendero hasta la primera casa que encuentres. No importa cuál sea, ¿me oyes? La primera. Llama a la puerta y pregunta por la casa de Lúy —dijo Yusuf—. Solo eso. No des tu nombre, no expliques nada más. Quien te abra sabrá qué hacer con esas palabras.
—¿Y tú? —preguntó ella, con la mano ya en la manija de la puerta.
—Yo dejo las luces encendidas y espero aquí hasta que entres —respondió él, con los ojos fijos en los suyos—. Solo un poco más, Catherine. Sigue hasta el final. No tengas miedo.
Ella asintió, y algo en el pecho, una presión que llevaba horas sin nombre, empezó por fin a aflojarse.
El sonido de sus propios nudillos golpeando la madera maciza resonó en el cráneo de Caty como un martillazo.
Sentía en el cuerpo el peso de toda una noche de carreteras y controles esquivados, y aquel último tramo de sendero de tierra húmeda, se le había hecho eterno, con las correas de la mochila clavándose en sus hombros entumecidos y los pulmones ardiendo a cada bocanada de aire frío.
Cuando la pesada puerta se abrió, el contraste térmico de la casa le golpeó el rostro, un aliento tibio que olía a madera cortada y a algo metálico, casi quirúrgico, muy distinto al barro y la resina de pino que llevaba impregnados en la ropa.
—¿Hola…? Buenos días… —consiguió articular, con la voz rota, rasposa por el polvo y la falta de sueño.
—Eh… ¿sí? —respondió el hombre que bloqueaba el umbral.
—¿Podría indicarme cómo encontrar la casa de Lúy…?
A menudo acudirían esas exactas palabras a la cabeza de Marco, repitiéndose como un eco en su memoria: «…
encontrar la casa de Lúy». Sabía que, tarde o temprano, alguien cruzaría esa puerta pronunciando la contraseña pactada con Rouros.
Significaba que el cerrojo del pasado había saltado por los aires y que el manuscrito volvía a estar abierto.
—Conozco a Lúy —repuso Marco.
En su rostro no se movió un solo músculo, pero algo se afiló en el fondo de su mirada, limpio y profundo.
Su cerebro acababa de activarse, asimilando en fracciones de segundo el rastro de pánico dilatado en las pupilas de la mujer, el barro seco en sus botas, la costra de sudor viejo bajo el cuello de su chaqueta y la tensión agónica de sus manos aferradas al equipaje.
Sin embargo, se presentó con rigurosa formalidad, camuflando bajo una capa de hielo el inmenso interés que aquella desconocida despertaba en él, un interés que le resultó incómodo por lo poco clínico que era.
—Y bien, ¿dónde puedo… encontrarlo? —insistió ella, dando un paso inestable hacia el porche.
—Yo soy Lúy —le mintió él con descaro, evaluando su tiempo de reacción—. ¿Quién le dijo que preguntara por mí?
El tiempo pareció espesarse en el umbral. Caty lo miró fijamente. El hombre parecía mirar a través de ella, como si estuviera procesando variables invisibles en el aire.
—¿Y…? ¿Y? Oiga… —Hizo chasquear los dedos ante él, irritada por aquella pausa exasperante—. Oiga, ¿me escucha?
—Sí, la estoy escuchando. No arme tanto alboroto —repuso Marco, saliendo de su abstracción calculada—. Pase, hablemos dentro.
—Me dijeron que preguntara cómo encontrar la casa…
—Lo sé. Entre.
Una vez al abrigo de las paredes, que semejaban más un laboratorio aséptico de muros blancos y escasos muebles de acero que un refugio de montaña, Caty se dejó caer sobre una silla fría, tan fría que la sintió a través de la tela del pantalón.
Marco le sirvió un vaso de agua. El cristal empañado le enfrió las palmas de las manos, y ella lo sostuvo con ambas como si fuera lo único sólido que le quedaba en el mundo.
—¿Por qué huye? Cuénteme desde el principio —dijo él, situándose frente a ella, con el tono clínico de quien tensa el hilo para comprobar si la mujer se quiebra.
—Huir… —Caty bebió el agua de un trago ansioso, tan rápido que se le escapó un hilo por la comisura de los labios—.
Estaba asustada. Una gente de una especie de registro internacional, nunca supe bien qué eran exactamente, querían comprar mis notas a toda costa.
Trataron de convencernos para ir a Marruecos con ellos, se ofrecieron a sufragar todos los gastos de investigación.
Decían que sería de gran interés, que el mundo entero reconocería nuestro trabajo… Mentira. Todo era una maldita mentira.
Marco se cruzó de brazos.
—¿Por qué no venderlos entonces? No es una mala oferta; se habría hecho usted rica.
—Nos sorprendió tanto que una corporación así se fijara en nosotros, sobre todo con un proyecto sin terminar.
Había muchas cosas que ni nosotros entendíamos…
Quisimos ganar tiempo, forzar la oferta, pero entonces no sabíamos quiénes eran en realidad.
No tardé en descubrirlo. Pero para Soni…
para mi compañero, fue demasiado tarde. Él quería vender el proyecto a la revista Verde Islam, pasando por alto a esa gente.
—Y le costó la vida y las notas, ¿no es así?
Unas gruesas gotas resbalaron por las mejillas de Caty.
Lloró sin reparo, desmoronándose bajo el peso del trauma, dejando que la angustia retenida inundara la aséptica habitación con un sonido húmedo y entrecortado.
Marco permaneció inmóvil, calculando cada sollozo, el ritmo de su respiración y la temperatura de su piel.
Podía ser una trampa elaborada por los cazadores.
Debía estar absolutamente seguro antes de mover ficha, aunque una parte de él, la parte que llevaba ocho meses recordando unos ojos grises, ya había decidido creerla.
—Aún no me ha dicho cómo conoció a Rouros… —insistió Marco, quebrando el llanto con su voz áspera.
—Lo conozco de toda la vida, o casi —respondió ella, frotándose los ojos enrojecidos, y algo en su propia voz la sorprendió, como si acabara de tocar un recuerdo mucho más viejo del que esperaba encontrar—.
Mi primer recuerdo de él es de cuando era muy pequeña, en unas cuevas de Nuevo México, en Estados Unidos, cerca de Carlsbad.
Estábamos buscando a mi abuelo en una expedición.
Hubo un alboroto, la gente corrió hacia las salidas y nos arrancaron de sus manos.
Lo veíamos a lo lejos, hablando con un señor corpulento, de tez blanca y tostada por el tiempo.
Se paró erguido, elegante, casi solemne.
Se abrazaron… era Rouros. Le dio algo a mi abuelo. Rouros le besó y desapareció.
El hombre no necesitó oír más. Se movió con una presteza elástica por la casa, hurgando en un mueble de acero hasta extraer un pequeño transmisor modular que guardó en su chaqueta con un gesto seco, mecánico. Se volvió hacia ella con una fijeza rotunda.
—Vamos —ordenó, tomando la mochila de las manos de Caty.
Hubo un breve intento por parte de ella de sujetar las correas, pero sus dedos aflojaron la presa.
Había algo en la postura de aquel hombre, una autoridad biológica tan densa que aplastaba cualquier atisbo de rebelión.
Caty estaba exhausta, como una bestia cercada, y la inmutabilidad de Marco, su mirada intimidante, emanaba la misma gravedad que recordaba en Rouros.
Salieron a toda velocidad. El interior del viejo Mercedes blanco apestaba a tabaco frío y polvo. La carretera comarcal era una cinta de asfalto destrozado que serpenteaba cuesta abajo. Las ruedas chirriaban, perdiendo tracción en los giros más cerrados, mientras el motor rugía forzado al límite.
—¿No vamos demasiado deprisa…? ¡Nos vamos a salir! —gritó Caty, aferrándose al asidero de la puerta, clavando las uñas en el plástico, sintiendo el vacío del acantilado a escasos metros de su ventanilla.
—No se preocupe, conozco al dedillo esta carretera. Hasta le he puesto nombre a algunos baches… Mire, este es 'Julio'.
El coche se hundió en un socavón brutal y salió despedido con una violenta sacudida de los amortiguadores. El golpe seco provocó en Caty un repentino y absurdo ataque de risa, una válvula de escape neurológica que liberó la tensión acumulada en su diafragma.
En pocos minutos, la carretera murió en un puente de piedra que cruzaba un profundo río.
Marco detuvo el vehículo al margen de un sendero que se hundía en un denso bosque de pinos.
Las agujas secas crujieron como huesos rotos bajo las ruedas.
Avanzaron unos metros hacia una negrura absoluta, un antiguo deslizamiento de rocas que formaba un estrecho pasadizo natural.
Aparcó el Mercedes encarado hacia la penumbra.
Tuvieron que descolgarse por la parte trasera, rozando la piedra helada, tan fría que a Caty se le durmieron las yemas de los dedos al apoyarse en ella. Marco apartó una lona impermeabilizada, de un color idéntico al de la ladera, y extrajo un fardo.
—Póntelos —dijo, entregándole ropa de montaña limpia y unos pantalones caqui que aún conservaban el apresto de fábrica.
Ella vaciló, temblando por el frío húmedo del río cercano.
—Voy a traer el otro coche —comprendió él, perdiéndose de inmediato en la oscuridad.
Al poco tiempo, el ronroneo grave de un motor diésel hizo vibrar el suelo bajo sus pies.
Un Jeep militar surgió de entre las sombras de una gran roca voladiza.
Marco bajó y enganchó al parachoques trasero unas pesadas telas embreadas unidas por cadenas.
Al ver cómo los gruesos hules barrían milimétricamente las huellas de los neumáticos sobre el barro y las agujas de pino, Caty dimensionó la verdadera escala de la cacería en la que estaba inmersa.
Marco abrió la portezuela del pasajero. Su rostro, bañado por la luz mortecina del salpicadero, había perdido la frialdad clínica.
—No me ha dicho su nombre. ¿Cómo se llama?
—Caty… Catherine Hidalgo —respondió ella. El vello de sus brazos se erizó al percibir una calidez genuina y protectora en su mirada.
Pero el peligro no venía del agua. En lo alto de la cresta montañosa, dos potentes haces de luz blanca perforaron la noche, descendiendo rápidamente por la carretera comarcal. Los rastreadores habían cerrado el cerco.
—Se acercan. Debo irme para desviar su atención —sentenció Marco. En sus pupilas vibró un anillo de un azul acerado, casi eléctrico, que reflejaba la pura adrenalina del combate inminente—. Vaya hacia el río. Alguien la espera. Estará segura.
Saltó al asiento del conductor, hundió el acelerador y el Jeep salió disparado, atronando el motor en dirección al puente para convertirse en el cebo perfecto, dejando a Caty sola en mitad de la oscuridad.