CAPÍTULO 4
Actualidad — Tiempo Presente
Habían pasado exactamente ocho meses desde que Marco viera por primera vez aquellos ojos de un gris profundo.
No era un simple recuerdo visual difuminado por el tiempo; su cerebro procesaba y almacenaba la imagen con una precisión matemática inalterable, fotograma a fotograma, como si la hubiera archivado ayer mismo en algún compartimento estanco de su memoria.
Una mirada turbadora, magnética, enmarcada en un rostro serenamente precioso, de cabellos rojos como sus propios labios y una eterna sonrisa contenida.
Una imagen que se había incrustado en su memoria como un enigma irresoluble, latiendo bajo el constante murmullo de la ciudad, apareciéndosele en los segundos muertos entre una tarea y la siguiente, cuando la guardia bajaba lo suficiente para que el pasado encontrara una rendija.
Y solo dos días desde el inesperado encuentro con Rouros.
Rouros… amigo desde épocas que la historia humana oficial había decidido ignorar.
Era un guardián, como él mismo, custodio de los secretos de los de su sangre y de las verdades olvidadas, de tesoros incalculables ocultos en libros que jamás llegaron a ser escritos.
La última llamada de su hermano de vigilia lo había conmocionado hasta la médula.
No por el hecho de la comunicación en sí, sino por la textura áspera y agrietada que crujía a través de la línea telefónica, una voz que Marco había conocido firme durante décadas y que ahora sonaba raspada, quebradiza, como papel viejo a punto de desgarrarse.
Rouros sonaba asfixiado, agotado, abrumado, como si sus palabras hubieran cobrado de golpe el peso físico y aplastante de los siglos, drenando toda su energía vital tras una vigilia ininterrumpida.
Marco había contado los segundos de silencio entre frase y frase, y cada uno de ellos le había dolido como una fractura propia.
«Debe estar en un gran aprieto», pensó Marco, aferrando el volante del coche con una tensión seca que hizo palidecer sus nudillos.
Sintió un pinchazo de alerta en la base de la nuca, un instinto biológico primario que ninguna cantidad de siglos había logrado atenuar.
«Quizás vaya en busca de Lúy. Si es su única salida, debo andar con muchísimo cuidado.
Pasar desapercibido, disolver mi rastro…
ser una sombra más en este tablero». Llevaba tanto tiempo siendo una sombra que a veces, en las noches más largas, se preguntaba si aún conservaba algo debajo.
En el interior del habitáculo cerrado, saturado de un ligero olor a polvo y tapicería vieja y al cuero agrietado del volante bajo sus palmas, la voz monótona y metálica del locutor de la radio daba cumplida información sobre el estado de las carreteras, rompiendo el zumbido de estática de la frecuencia: «Las vías de acceso al aeropuerto registran tráfico lento con tramos de retenciones a la altura del kilómetro diez; se ha registrado un accidente de gravedad en el tramo de la Nacional II, a la altura del puente de San Fernando…
». Las palabras resbalaban sobre Marco sin dejar huella; su atención, entrenada durante generaciones humanas enteras, ya había descartado la información como ruido irrelevante antes de que el locutor terminara la frase.
Marco redujo la marcha progresivamente, midiendo la fricción de los neumáticos contra el asfalto mojado, sintiendo en la palma apoyada sobre la palanca de cambios la vibración exacta del motor descendiendo de revoluciones, y detuvo el coche en la penumbra geométrica del parking de la terminal.
Era un viejo Mercedes de color blanco, de líneas pesadas y sobrias.
La pintura estaba comida y opaca por el desgaste de la intemperie, cuarteada en finas grietas capilares alrededor de los pasos de rueda, pero bajo el capó latía una maquinaria calibrada a la perfección, impecable y silenciosa, revisada por sus propias manos cada semana con la paciencia de quien sabe que un fallo mecánico puede costar una vida.
En la lógica de la evasión, su silueta anodina no resultaba tan llamativa como el carcomido Polonez ranchera que guardaba en el almacén; un vehículo destartalado que, de ocurrir un altercado o una huida crítica, jamás pasaría desapercibido para los escáneres modernos ni para los ojos curiosos de los transeúntes.
Apagó el motor, dejando que el cese de las vibraciones hundiera el coche en un silencio denso, casi húmedo, roto solo por el tictac metálico del bloque enfriándose bajo el capó.
Su mente, condicionada por el peso de la supervivencia constante, divagaba proyectando escenarios tácticos, anticipando el peligro con la paranoia gélida de quien se sabe eternamente cazado por las corporaciones de Europa.
Su cerebro construyó una simulación acústica y visual con un realismo sofocante: «¿Vio usted algo o a alguien que le llamara la atención?
», preguntaría el agente de turno, libreta en mano, a cualquier señora de mediana edad que saliera de compras por los pasillos comerciales adyacentes.
«Ahora que lo dice —diría la mujer, con voz aguda y acusadora—, había un tipo muy raro en el bar del aeropuerto; llevaba un coche robado, seguro…
Mire, le diré exactamente dónde aparcó. Seguro que es al que buscan, un tipo muy raro».
El agente apuntaría la matrícula, y a las dos horas tendría el perímetro rodeado por el destello violento de luces azules, el chirrido de los neumáticos y el aullido ensordecedor de las sirenas estridentes.
Con un rápido y seco manotazo al aire frío del interior del coche, Marco dispersó aquella ridícula y fatídica escena de su cabeza.
Controló su caja torácica, exhalando despacio para reducir sus pulsaciones hasta estabilizar su ritmo biológico basal, contando cada latido, uno detrás de otro, con la paciencia tozuda de un insomne.
Se reclinó contra el respaldo del asiento para meditar unos instantes, buscando el centro de su propia gravedad.
Rouros ya estaría en el local comercial de la terminal, aguardando la reunión.
Lo sabía con una certeza que iba más allá de la lógica ordinaria, la misma certeza silenciosa que lo había guiado durante siglos hacia los suyos sin necesidad de mapas ni de palabras.
—Haré una escala de dos horas en el aeropuerto, tengo que entregarte algo —le había ordenado Rouros con una sequedad tajante que no admitía objeciones, y bajo esa sequedad, Marco había reconocido algo que rara vez oía en la voz de su hermano de vigilia: miedo.
Empujó la portezuela metálica, se bajó del coche y sus botas golpearon el asfalto húmedo, salpicando pequeñas gotas frías contra el bajo de su pantalón.
Caminó despacio por la vasta explanada de cemento del parking.
A sus espaldas, un denso manto de nubes se fracturó por un segundo y el último destello rasante del sol se ocultó de golpe por el oeste.
La caída brusca de la luz inundó el asfalto mojado con una claridad ambarina y densamente plateada, reflejándose en los charcos oscuros como monedas derretidas.
Le otorgaba a la fría arquitectura del aeropuerto un aspecto casi irreal, melancólico y falsamente relajante; la culminación cromática perfecta para un lluvioso y tenso día de marzo.
Avanzó absorbiendo los sonidos distantes de los motores a reacción, un rugido grave que le vibraba en el esternón antes incluso de que el oído lo registrara, y el zumbido constante de los extractores de aire escapando de las rejillas del edificio.
Por fin llegó a las puertas de cristal del local, tras haber pasado más de media hora caminando, inmerso en la arquitectura blindada de sus propios pensamientos, volviendo bruscamente al ruido aplastante, al olor a café quemado y a la cruda realidad del presente continuo de la terminal.
El interior del local olía a café recalentado y a plástico nuevo de los expositores de revistas.
Rouros estaba sentado a una mesa alta junto al ventanal, con dos maletas de mano idénticas a sus pies y una taza que no había tocado enfriándose delante de él.
Cuando levantó la vista hacia Marco, algo en su rostro — una palidez gris, una tensión en la mandíbula que Marco no le había visto ni siquiera en sus peores momentos — confirmó cada uno de los miedos que había intentado descartar durante el trayecto en coche.
—Siéntate. Rápido.
Marco obedeció sin preguntas. Rouros deslizó sobre la mesa, con un movimiento tan discreto que ningún viajero distraído habría reparado en él, un sobre acolchado y un juego de llaves con un llavero de cuero gastado.
—Las notas de Soni —dijo, en voz baja—. Lo que queda de ellas. Y las llaves del Mercedes blanco que dejé aparcado en la planta menos dos, plaza doscientas catorce. El coche que trajiste tú, déjalo aquí. No vuelvas a tocarlo.
—¿Qué ha pasado?
—Lo que llevábamos años temiendo que pasara, solo que más deprisa y peor de lo que ninguno de los dos había calculado.
—Rouros se pasó una mano por el rostro, un gesto de agotamiento que en él, Marco lo sabía, equivalía al colapso total de cualquier otra persona—.
Soni está muerto. Catherine está viva, de momento, y viene hacia el norte con Yusuf por la ruta de los Pirineos.
Va a llegar a la cabaña en algún momento de mañana, si todo sale bien, y necesito que estés allí antes que ella.
Adelántate por la A-2, tienes ventaja de sobra.
—¿Y tú?
Rouros no respondió enseguida. Miró hacia la pista, donde un avión comenzaba a rodar despacio bajo la última luz de la tarde, y cuando volvió a hablar, su voz había perdido cualquier resto de la sequedad operativa con que había empezado la conversación.
—Yo voy a asegurarme de que nadie mire hacia el norte esta noche. — Sonrió, un gesto breve y cansado que no llegaba a los ojos—. Hay formas más viejas de proteger a alguien que ponerse delante de una bala, Marco. A veces basta con hacer mucho ruido en el sitio equivocado.
—Rouros…
—Encuéntrala a tiempo. — Se puso en pie, recogiendo la segunda maleta, la que Marco no había tocado—. No un segundo tarde. Es todo lo que te pido.
Marco lo vio alejarse hacia el control de fronteras internacional, hacia las cámaras de reconocimiento facial que cubrían cada metro cuadrado de aquel corredor, caminando con una normalidad tan perfecta que durante un instante Marco estuvo a punto de creer que todo iba a salir bien.
Rouros cruzó el arco de seguridad sabiendo exactamente lo que iba a ocurrir en los siguientes noventa segundos.
El sistema tardó menos de lo que había calculado.
Una luz roja parpadeó en el panel del guardia más cercano al mismo tiempo que, tres pisos por encima, en una sala sin ventanas del centro de operaciones de Rheingold en Basilea, una alarma silenciosa marcaba una coincidencia del noventa y ocho por ciento con el perfil biométrico catalogado como Muestra Cero.
La orden de contención llegó a los operativos de tierra en menos de cuarenta segundos.
Rouros no corrió. Caminó hacia la zona de revisión secundaria con el mismo paso tranquilo con que había cruzado el resto de la terminal, dejando que los seis hombres de traje gris que convergieron sobre él desde tres direcciones distintas creyeran, durante los pocos segundos que tardaron en rodearlo, que aquello iba a ser sencillo.
No opuso resistencia cuando le indicaron que los acompañara a la sala lateral.
No opuso resistencia cuando le pidieron el pasaporte, ni cuando dos de ellos le sujetaron los brazos con una fuerza excesiva para un hombre que no había levantado ni una mano.
Lo único que hizo, en el último instante antes de que el primer dardo sedante le atravesara el cuello, fue mirar hacia el ventanal de la sala, hacia el norte que ya no podía ver pero que sabía, con la misma certeza con que había sabido tantas cosas a lo largo de su larguísima vida, que estaba un poco más a salvo esa noche gracias a lo que él acababa de hacer.
El segundo dardo lo derribó de rodillas. El tercero ya no hizo falta.