El Libro Rojo CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Soni… —La voz se le quebró en un sollozo desgarrado, ahogado por el pánico—. Le han matado papá, no sé cómo, no sé quién, pero le han matado. Está muerto, alguien a matado a mi amigo.

—¿Dónde estás?.

Estoy en el parking, hay sangre por todas partes, no sé qué hacer, tengo que llamar a la policía…

—No llames a nadie —La voz de Jonás cambió de golpe, perdiendo cualquier resto de la calma cotidiana con que solía hablarle, sustituida por algo tenso y filoso que Caty no le había escuchado nunca—.

Catherine, escúchame. Sal de ese parking ahora mismo.

Corre. No hables con nadie, no toques nada, no llames a la policía.

Sal a la calle y camina, no corras, camina, hasta que estés lejos del edificio, y entonces llámame otra vez.

—¿Qué? Papá, hay que llamar a la policía, hay que…

—¡Catherine! —El grito, tan ajeno a él, la paralizó un instante—. Haz lo que te digo. Ahora. Te lo explico todo, pero ahora no. Ahora solo corre.

La línea se cortó, o quizá fue ella quien colgó sin darse cuenta, con las manos temblando tanto que el teléfono estuvo a punto de resbalársele al suelo del parking.

Subió las escaleras de emergencia en vez del ascensor, sin saber muy bien por qué, con el corazón golpeándole en los oídos, y salió a la calle bajo un sol de mayo que le pareció obsceno, indiferente a todo lo que acababa de ver.

Marcó el 112 desde la acera, con la espalda contra la fachada del edificio, buscando con la mirada a un lado y a otro, desesperada por oír la voz de un operador de emergencias que viniera a salvarla.

La llamada no llegó a conectar. Un pitido agudo, sostenido, y después un silencio absoluto.

Lo intentó tres veces más, con el mismo resultado exacto cada vez, hasta que la pantalla del teléfono, sin ninguna explicación, mostró “sin cobertura” en un lugar donde llevaba meses teniendo cinco barras de señal sin problema.

Fue entonces, con el teléfono inútil en la mano y la reacción lógica de cualquier persona normal en mitad de semejante horror, cuando decidió ir a la comisaría del distrito por sus propios pies. Si el teléfono no funciona, iré allí directamente. Tienen que venir ya, tienen que ayudarme.

Caminó los once minutos hasta la comisaría con las piernas temblando a cada paso, cruzando semáforos sin mirar, ajena por completo al tráfico de la tarde.

Estaba ya a veinte metros de la puerta, con el cartel azul de la Policía Nacional visible al final de la calle, cuando una mano firme, no violenta pero absolutamente inapelable, se cerró sobre su brazo y la desvió con presteza hacia la sombra de un soportal.

—Si entras ahí, no vas a salir en mucho tiempo —dijo el hombre, con una voz grave que parecía haber acumulado siglos de paciencia detrás—. Y ahora mismo eso es exactamente lo que alguien quiere que hagas.

Caty se giró bruscamente, dispuesta a gritar, a golpear, a zafarse con toda la fuerza del terror acumulado.

Sus ojos, empañados por las lágrimas y desbocados por el shock, tardaron unos segundos angustiosos en enfocar las facciones del hombre que la retenía.

Parpadeó, forzando la vista en la penumbra del soportal, y entonces reconoció aquellos iris imposibles, un bronce viejo que brillaba con una fijeza rotunda.

La adrenalina del ataque se transformó de golpe en un vuelco de desconcierto absoluto. No era un atacante anónimo de la calle.

—¿Rouros? —consiguió articular en un hilo de voz, con el pecho agitado.

Era él. El amigo íntimo de sus abuelos, el hombre al que había visto en encuentros contados, elegantes y solemnes a lo largo de su vida, y cuya presencia siempre había rodeado a su familia de un halo de misterio inquebrantable.

Ver un rostro conocido, alguien que significaba “casa” y pasado, hizo que su pánico ciego encontrara un asidero real.

—¿Qué hace aquí? Tienen que venir al laboratorio… Han matado a Soni…

—Lo sé, Catherine. —Rouros la mantuvo resguardada en el fondo del soportal, su envergadura física bloqueando cualquier mirada desde la calle, pero su tono destilaba una urgencia de acero—. Pero mira esto antes de decidir que confías en esa puerta.

Sacó un pequeño terminal del bolsillo interior de su abrigo, con la pantalla ya encendida, y se lo puso delante sin darle tiempo a procesar nada más.

En la pantalla, un informe policial ya redactado, con su nombre y su número de identificación, describía a Catherine Hidalgo como principal sospechosa del homicidio de su compañero de laboratorio, con una coartada horaria imposible de sostener: su tarjeta de acceso, según el registro del sistema, había fichado en el parking en el minuto exacto del disparo.

—Esto no es verdad —susurró Caty, sintiendo un frío helado subirle por el estómago—. Yo no estaba ahí. Yo bajé después.

—Lo sé. —Rouros guardó el terminal, sin ninguna prisa—.

Pero la verdad ya no es lo que importa en este momento, señorita Hidalgo.

Lo que importa es que alguien con muchísimo más poder que usted o que yo decidió, hace apenas una hora, que esta era la versión que iba a existir.

Si entra en esa comisaría, entra en su trampa.

Si viene conmigo, todavía tiene una oportunidad de salir de esto con vida.

Caty miró hacia el final de la calle, donde el cartel de la Policía Nacional parpadeaba con total indiferencia a la realidad, y luego clavó la vista en Rouros.

No entendía por qué el mundo se había vuelto loco en una tarde, pero la biología de su propio instinto y la memoria familiar le dijeron que el único rincón seguro de Madrid estaba del lado de aquel hombre de ojos bronce.

—Vámonos —asintió, dejando que él le abriera paso.

—Le debo a tu familia una deuda que llevo mucho tiempo esperando poder pagar. Ahora, por favor. Cada minuto que pasamos aquí de pie es un minuto que ellos no están usando para buscarla.

Mercamadrid, a esas horas de la tarde, era un hervidero de camiones frigoríficos y carretillas elevadoras, un ruido industrial constante que tragaba cualquier otro sonido y una masa de movimiento humano tan densa que ninguna cámara, por sofisticada que fuera, podía seguir un solo rostro durante más de unos segundos.

Rouros aparcó el coche entre dos naves de distribución de pescado, donde el olor a hielo y salitre lo cubría todo, y esperó apenas cuatro minutos antes de que otro hombre, vestido con el mono naranja reglamentario de los operarios del mercado, se acercara con paso tranquilo, empujando una carretilla vacía como si formara parte del paisaje desde siempre.

—Yusuf —dijo Rouros, a modo de presentación, y el hombre asintió una sola vez, sin sonreír, con esa misma mirada profunda que Caty ya asociaba a la seguridad.

—La ruta norte está despejada hasta el Prepirineo —dijo Yusuf, sin preámbulos, con un acento que Caty no supo situar del todo—. Ocho horas, quizá diez si hay que parar. Hay un refugio esperándola.

—¿Y usted? —le preguntó Caty a Rouros, con una urgencia que la sorprendió a ella misma, aferrándose al amigo de su abuelo como la última línea de defensa frente al abismo que acababa de tragarse su rutina.

—Yo tengo que hacer una parada en Barajas —respondió Rouros, con una calma que a Caty le pareció, ya entonces, sospechosamente parecida a una despedida—.

Hay alguien allí que necesita saber lo que ha pasado hoy, y hay una cosa que solo yo puedo entregarle a tiempo.

Vaya con Yusuf. Y Catherine —añadió, ya con una mano en la puerta del coche—, pase lo que pase esta noche, no deje de correr hasta que alguien le diga que ya puede parar.