CAPÍTULO 3
Madrid (España) — Un año antes de la actualidad
El piso olía a cerveza tibia y a las patatas fritas que Vittorio había dejado a medio terminar sobre la mesa de la cocina, con el cartón ya translúcido de grasa.
Eran casi las once de la noche de un jueves cualquiera, y las ventanas del salón, sin cortinas desde que se habían mudado, dejaban entrar el resplandor naranja y sucio del alumbrado público de la calle Ibiza, mezclado con el ruido apagado del tráfico tres pisos más abajo.
—Repite eso último —dijo Vittorio, sentado a horcajadas en una silla con los brazos cruzados sobre el respaldo, con esa sonrisa suya que nunca terminaba de apagarse del todo, ni siquiera cuando fingía seriedad—. Que a Soni le ha dado por usar tu sangre de control interno en el proyecto raro ese.
—No es un proyecto raro, Vittorio, es ciencia aburrida de verdad —se rio Soni, sin levantar la vista del portátil, pasándose una mano por la nuca para estirar los músculos tras horas de tecleo—.
Frecuencias génicas, variabilidad poblacional.
Nos ha caído del cielo un encargo internacional y necesitaba una muestra de control que no estuviera ya en la base de datos.
Caty estaba a mano. No es más complicado que eso.
Caty, tumbada en el sofá con los pies sobre el regazo de Vittorio, que se los había apropiado sin pedir permiso hacía media hora, levantó la cabeza lo justo para lanzarle un cojín a su compañero de piso.
—Podrías haberme preguntado antes de convertirme en tu control interno.
—Te habría dicho que sí de todas formas. —Soni por fin cerró el portátil, satisfecho—. Ya está subido al servidor. Mañana lo tienen en Basilea, y con suerte nos publican como coautores antes de fin de año.
Vittorio abrió otras dos cervezas, sin que nadie se las pidiera, y repartió una a cada uno con la ceremonia absurda de un camarero mal pagado, antes de dejarse caer de nuevo en la silla con un suspiro satisfecho, como si aquel piso pequeño y desordenado fuera, en efecto, exactamente el sitio del mundo donde más quería estar.
El encargo había llegado como llegan todos los encargos rutinarios de un laboratorio universitario con la financiación siempre al borde de la extinción: un correo formal, un logotipo genérico de una fundación privada de investigación biomédica con sede en Zúrich, y una cifra en la casilla de presupuesto lo bastante generosa como para que el director del departamento firmara sin hacer demasiadas preguntas.
—Mapeo comparativo de compatibilidad inmunológica —leyó Soni en voz alta, con los pies sobre la mesa y el informe de la fundación abierto en la pantalla—.
Cruce de HLA y factor Rh negativo entre poblaciones geográficamente aisladas.
Vascos, bereberes del Atlas, guanches, algunas muestras paleo-norteafricanas.
Piden que busquemos marcadores de resistencia inmunológica extrema.
¿A ti esto no te suena a la típica excusa para justificar una subvención sin decir para qué la quieren de verdad?
—Suena a dinero de verdad para material de verdad, que es lo único que me importa esta semana —respondió Caty, sin levantar la vista del secuenciador—. Deja de buscarle tres pies al gato y pásame las muestras de Guipúzcoa.
Trabajaron así durante meses: rutina, tedio, la satisfacción pequeña y acumulativa de ver los datos ordenarse en columnas cada vez más limpias.
Nadie de la fundación llamaba nunca para meter prisa ni para exigir resultados parciales, lo cual, mirado en retrospectiva, debería haber sido la primera señal de que aquello no era una subvención cualquiera.
Un patrocinador impaciente presiona. Un patrocinador que ya sabe exactamente lo que va a encontrar, espera en silencio.
Fue una noche de martes, con el laboratorio vacío salvo por el zumbido de los congeladores, cuando Soni encontró la anomalía que rompería el patrón de todo lo demás.
—Caty. Ven a ver esto.
Ella se acercó, secándose las manos con la bata, y se inclinó sobre la pantalla donde Soni había aislado un único haplotipo, tres letras y números que a simple vista no significaban nada: A11-B27-DR1.
—Aparece en el noventa y tres por ciento de las muestras vascas que nos han pasado, en un porcentaje casi idéntico entre los bereberes de la muestra del Atlas, y en un grupo aislado de guanches que la fundación nos coló hace dos semanas sin explicar de dónde los habían sacado —dijo Soni, con los ojos brillantes del modo en que solo brillaban cuando encontraba algo que de verdad le importaba, no el mero cumplimiento de un encargo—.
Y no es solo la frecuencia lo que me llama la atención.
Es la función. Este haplotipo concreto se asocia, en todos los casos, con una velocidad de cicatrización y una respuesta inmune que no debería ser biológicamente posible en un ser humano estándar.
—A ver, no te me dispares —dijo Caty, aunque ya sentía el familiar cosquilleo de la curiosidad científica compitiendo con la prudencia—. Puede ser un artefacto de la muestra. Necesitamos más puntos de datos antes de escribir nada.
—Ya los tengo —respondió Soni, y giró la pantalla del portátil hacia ella, revelando una carpeta entera de textos escaneados, tratados alquímicos medievales, referencias a Yabir ibn Hayyan, anotaciones sobre rituales de preservación funeraria—.
Llevo dos semanas tirando de este hilo por mi cuenta, fuera de horario.
Caty, este marcador no es solo una curiosidad inmunológica.
Hay textos de hace mil años que hablan de una sangre que no envejece igual que las demás, usada en preparaciones que los alquimistas creían sagradas.
Y el patrón geográfico encaja de una forma que no puede ser casualidad: vascos, bereberes, guanches, todos pueblos que la historia oficial nunca ha sabido situar del todo bien en el árbol genealógico humano.
Caty se cruzó de brazos, sintiendo que el terreno bajo sus pies, siempre tan sólido, empezaba a moverse de un modo que no le gustaba.
—Soni, esto no es lo que nos han encargado. Nos han pedido un mapeo de resistencia inmunológica, no una tesis sobre alquimia medieval.
—Nos han pedido exactamente esto, Caty, aunque no lo sepan decir con estas palabras —respondió él, con una vehemencia que a ella ya le resultaba familiar y agotadora a partes iguales—.
¿Y si lo saben perfectamente? ¿Y si llevan meses pagándonos precisamente para que encontremos esto, sin decirnos jamás por qué?
Ella no tuvo una respuesta buena para eso, y el silencio que siguió le dejó un regusto amargo que no consiguió quitarse de encima en toda la semana.
La oferta llegó diez días después, y no vino de la fundación de Zúrich.
Soni se la enseñó a Caty en el aparcamiento del laboratorio, casi susurrando, con el teléfono en la mano y una excitación que a ella le pareció, desde el primer segundo, peligrosamente parecida a la codicia.
—Un contacto de una revista científica de divulgación, Verde Islam , dice que están dispuestos a pagar una barbaridad por publicar en exclusiva lo que hemos encontrado, con nuestros nombres en portada —dijo, mostrándole la cifra—.
Caty, esto nos cambiaría la vida. Nadie tendría por qué saber que rompimos ninguna cláusula de confidencialidad.
Para cuando la fundación de Zúrich se entere, ya estaríamos publicados y protegidos.
—Soni, tenemos un contrato de exclusividad con quien sea que nos esté pagando desde hace meses —dijo Caty, sintiendo que el estómago se le encogía de un modo que no tenía nada que ver con el hambre—. No sabemos ni quién es esa gente de verdad. Podría ser peligroso.
—Todo lo interesante es peligroso al principio —respondió él, guardándose el teléfono con una sonrisa que a Caty, mirándola ahora con la distancia de los meses transcurridos, todavía se le aparecía en sueños—.
Dame una semana. Solo necesito una semana para cerrar el trato con Verde Islam antes de que a la fundación se le ocurra pedirnos un informe de progreso.
Caty no llegó a darle esa semana su bendición, pero tampoco hizo lo suficiente para detenerlo, y esa fue una de las pocas certezas que conservó intacta durante los meses de huida que siguieron: que su silencio, aquella tarde en el aparcamiento, había sido una forma de consentimiento que jamás se perdonaría del todo.
Diez días después de la oferta de Verde Islam , un jueves de mayo con un cielo tan azul que parecía pintado, Caty leyó dos veces sin llegar a entenderlo del todo una notificación automática generada por el propio sistema del laboratorio: el control interno del proyecto había disparado una coincidencia en una base de datos externa vinculada a la supuesta fundación de Zúrich.
Anomalía genética de interés comercial. Contacto directo solicitado.
No le dio importancia. Ese mismo día, a las dos y cuarto de la tarde, Soni bajó al parking subterráneo del centro de investigación a buscar unas cajas de reactivos que llevaban toda la mañana esperando en su coche, y no volvió a subir.
Caty bajó a buscarlo diez minutos después, extrañada, con el teléfono en la mano marcando un número que sonaba y sonaba sin respuesta.
El parking olía a hormigón húmedo y a gasolina rancia, iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban en un tono demasiado agudo para resultar del todo silencioso.
Encontró el cuerpo de Soni junto a la puerta del conductor de su propio coche, con las piernas dobladas en un ángulo que ningún cuerpo vivo adoptaría nunca, y una mancha oscura extendiéndose despacio bajo él, alcanzando ya la rejilla del desagüe a metro y medio de distancia.
Caty no gritó. Después, mucho después, pensaría que ese silencio inicial había sido lo más aterrador de toda la tarde: un vacío total donde debería haber habido un grito, como si su propio cuerpo hubiera decidido apagar el sonido para poder seguir procesando la imagen sin desmoronarse del todo.
Marcó a su padre con dedos que ya no le obedecían del todo, equivocándose dos veces antes de conseguir que la llamada saliera.
—¿Papá?
—Catherine, ¿qué pasa?