CAPÍTULO 2 #2
Al llegar a los límites del puerto, el semioruga redujo la marcha y se detuvo con un sordo siseo de los frenos.
Un viejo barco de pesca de madera carcomida les aguardaba cabeceando junto al pantalán con el motor de gasolina latiendo rítmicamente.
Se apearon del vehículo y avanzaron a pie.
El aire del puerto era denso, casi masticable.
Apestaba a salazón de pescado, a maderas podridas por la humedad del Mediterráneo y a un persistente hedor amargo del murex machacado, la vieja sangre de los tintoreros de púrpura filtrada en las piedras desde hacía generaciones, un olor que ninguna marea lograba arrancar del todo.
Al ver la pasarela de embarque y el agua oscura chapoteando contra los pilotes, el comerciante se detuvo en seco, plantando sus casi cien kilos sobre la madera mojada.
El miedo, frío y resbaladizo, sustituyó a la codicia en su estómago, un vacío repentino que le subió desde las tripas hasta la garganta.
—Eh, un momento. Nadie me va a arrancar de esta isla así porque sí —se plantó, inflando el pecho sudoroso con arrogancia—. Dígale a su jefe que hablaremos lo que haga falta; regatearemos y beberemos para celebrarlo. Pero en Djerba. Leonardo Basse no se va de Djerba. Ni hablar.
—Por favor, señor, será un placer para mí traerle de vuelta cuanto antes, pero ahora debería acompañarme a bordo — insistió El-baz. Su voz, carente de inflexiones, sonó nítida por encima del zumbido del motor del pesquero.
—No… ¿Creen que soy tonto? —El italiano retrocedió un paso, rozando con los talones el borde del muelle resbaladizo—.
Cuando estemos en alta mar, ¿qué les impedirá deshacerse de mí y quedarse con los libros?
¿Creen que se los daré sin más? No he nacido ayer, por el amor de Dios.
Hagan el favor de marcharse y díganle al anticuario que le espero aquí.
Con una ligereza nacida del puro instinto de supervivencia, metió la mano bajo la camisa sudada, extrajo una pistola de cañón pesado y apuntó directamente al pecho inmaculado de El-baz, amenazando con la tensión del dedo grueso sobre el gatillo.
—¿Es que no me han oído?
El-baz ni se inmutó. Para sus adentros, la realidad cambió de fase.
El tiempo comenzó a estirarse de una forma asombrosa, volviéndose denso y maleable, mientras una corriente de energía pura y limpia brotaba desde su interior para adueñarse del entorno.
Su mente, sumergida en una lucidez absoluta, diseccionó el espacio al instante: procesó el clic imperceptible del percutor tensándose, la trayectoria exacta del cañón oscuro, el ángulo del brazo tembloroso del italiano y el tiempo de reacción de un cuerpo humano medio.
Con semejante claridad mental, cada intención del enemigo quedaba al descubierto antes de ejecutarse, permitiéndole adelantarse a cualquier movimiento con una precisión milimétrica.
A la luz mortecina del muelle, un finísimo aro de un azul cobalto, denso y oscuro, se encendió sutilmente en la periferia de sus pupilas.
No había una sola gota de miedo en él; solo una parsimonia glacial, una autoridad de acero que empequeñecía por completo al hombre armado.
Bajo los pliegues oscuros de su bisht, su postura permanecía inalterable, manteniendo aquel estado con una naturalidad pasmosa, como si dominar el transcurso de los segundos fuera para él un juego de niños.
Con una quietud absoluta, girando el torso apenas unos milímetros para despejar su centro de masa de la línea de fuego, se volvió hacia uno de los hombres que observaban la escena desde la proa del barco y le dictó unas palabras firmes en tifinagh.
El marinero hizo un rápido gesto con la cabeza a un muchacho que aguardaba junto a la escotilla; este corrió hacia la bodega oscura del barco y, en menos de un minuto, estuvo de vuelta en el muelle sosteniendo un objeto pesado entre sus manos curtidas, que le pasó a un hombre que surgió de entre las sombras.
—Braihm, por favor, muéstrele al señor Basse el objeto —ordenó El-baz, devolviendo la vista al cañón de la pistola.
El falso Basse miró lo que el conocido anticuario Braihm sostenía y la soberbia se le evaporó del rostro como agua sobre una plancha caliente.
Cayó consternado, hincado de rodillas directamente sobre el fango del suelo, soltando un gemido ronco, sin dar crédito a lo que veían sus propios ojos.
El objeto que el hombre exhibía era la auténtica caja fuerte empotrada de su almacén, arrancada de cuajo del adobe con una violencia quirúrgica, dejando aún colgando de una esquina un jirón del tapiz tunecino carcomido que la había ocultado durante tres años.
—¿Qué significa esto? —tartamudeó. Las manos le temblaban tanto que el cañón de la pistola oscilaba apuntando al fango—. ¿Cómo han podido…? ¿Cómo han sabido…? Carlo… Solo él sabía dónde lo tenía… Pero… no es posible, ¿cómo ha podido?
—Exactamente, él se lo llevó —sentenció El-baz, rompiendo el silencio pesado del puerto—.
Suponemos que Carlo trabajaba directamente para las mismas personas que lo contrataron a usted para encontrar el Libro Rojo, y que una vez hallado el manuscrito, no esperarían a que usted se lo llevara voluntariamente.
O quizás se enteraron por el propio Carlo de que usted intentaba traicionarlos vendiendo el secreto al mejor postor.
¿Cree usted verdaderamente que está a salvo de los Azawad?
La mención al Ejército Revolucionario de Liberación de Azawad, compuesto por los feroces tuareg imrad y el ala dura del Frente Islámico Árabe, actuó como un latigazo.
—No sé nada de los Azawad, esa no es mi guerra —bramó el italiano, intentando levantarse torpemente mientras la rabia le inyectaba los ojos de sangre—.
Ya tienen lo que buscaban, ¿no? ¡Pues lárguense!
Cómanse esa pantomima de libros del más allá y que se les indigeste.
Yo tengo cuentas que ajustar con un «amigo», y ni los conjuros del más allá le harán volver a Carlo. ¡Ya lo creo!
En algún lugar entre los almacenes de cedro, oculto tras el olor a salazón y madera podrida, Carlo empezaba a recuperar la conciencia con la boca reseca y el pulso todavía arrastrado, sintiendo el peso del fusil que alguien le había puesto en las manos sin que él llegara a comprender del todo por qué, ni para quién.
Aún estaba gritando el italiano cuando un estallido ensordecedor laceró la atmósfera húmeda y salobre del puerto.
El olor acre a pólvora quemada inundó la brisa marina.
Un fogonazo violento iluminó por un instante los maderos, revelando la silueta de Carlo, que acababa de asomar entre los almacenes de cedro con un fusil en las manos, el rostro contraído en una mueca que no era del todo rabia ni del todo miedo.
Un segundo disparo, más seco, más lejano, restalló desde un punto distinto del muelle, y Carlo cayó fulminado de espaldas antes de que nadie a bordo del pesquero hubiera llegado siquiera a devolver el fuego.
Por una fracción de segundo, en el instante exacto del fogonazo, la vista aguzada de Braihm alcanzó a robarle una forma a la oscuridad: una figura esbelta, envuelta en una capa oscura, inmóvil entre dos fardos de carga en el extremo opuesto del muelle, con un arma todavía en alto.
No fue tiempo suficiente para un rostro, ni para un nombre.
Cuando Braihm volvió a mirar, ya no había nadie allí.
Al instante, el silencio se hizo añicos.
Alguien respondió con más ráfagas de plomo desde detrás de unas cajas de carga apiladas en el muelle.
Los proyectiles silbaron cruzando la niebla, astillando la madera carcomida de los pilotes y arrancando esquirlas que saltaron por los aires como dientes de un animal invisible.
—¡Debemos irnos ya! —gritó Braihm, ya con el fusil listo, sin haber llegado a usarlo, volviéndose hacia el semioruga con la vista todavía fija en la oscuridad de donde había partido aquel segundo disparo.
El-baz no perdió un solo segundo. Haciendo alarde de una fuerza descomunal y controlada, se agachó en medio del fuego cruzado, agarró el voluminoso cuerpo del italiano —que acababa de recibir el impacto de una bala de rebote en el costado y yacía desparramado sobre un charco de sangre oscura— y lo arrastró hacia el interior del Citroën Kégresse como si no pesara más que un fardo vacío.
El motor de gasolina rugió con violencia.
Las cadenas envueltas en caucho comenzaron a girar desesperadas, triturando el fango y la piedra del muelle para escapar, abriéndose paso a la fuerza hacia la noche profunda de Djerba, con el rumbo fijo en la larga y salvaje ruta hacia Trípoli.