El Libro Rojo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Desde los escalones superiores de una galería ascendente en las intrincadas calles de Djerba, un joven se apresuraba.

El aire del mediodía era una masa espesa y sofocante que le quemaba la garganta a cada bocanada, cargado con el olor a polvo de piedra caliza, especias rancias y la salinidad inconfundible del mar cercano.

Se esforzaba desesperadamente por acelerar el paso contra la pendiente empedrada, empujando su cuerpo al límite, notando cómo el sudor le nacía en la raíz del pelo y le corría en riachuelos ardientes por las sienes hasta la mandíbula.

Sin embargo, sentía las piernas asfixiantemente pesadas; la acumulación de ácido láctico en sus músculos las había transformado en bloques de piedra maciza que apenas lograba arrastrar sobre el adobe y el fango seco de la callejuela.

Llevaba toda la mañana corriendo, desde antes de que el sol quemara, desde antes incluso de que el zoco despertara con su hilo azul de música de cuerdas.

Bajo sus costillas, el corazón latía desbocado, un martilleo frenético que le retumbaba en los tímpanos superando las ciento cincuenta pulsaciones por minuto, un tambor de guerra privado que ahogaba cualquier otro pensamiento salvo uno: matar a Pietro.

El sudor le empapaba la túnica, pegándosele a la piel como una segunda capa de miseria.

Entre sus ropas, apretado contra el abdomen con la fuerza de un juramento, escondía un pesado objeto metálico cuyas esquinas afiladas le habían dejado la piel enrojecida a cada zancada.

En el violento vaivén de la subida, la fricción y el agotamiento físico traicionaron su agarre.

El objeto se escurrió de entre los pliegues de la tela, escapándosele para caer ruidosamente a sus pies.

El impacto del metal contra el suelo irregular resonó en las estrechas paredes del callejón con una estridencia letal que rebotó de muro a muro como si toda Djerba hubiera contenido el aliento para escucharla.

Carlo detuvo su carrera en seco, rompiendo la inercia de su propio peso.

Al agacharse bruscamente para recuperarlo, la sangre le abandonó la cabeza.

Sintió un profundo y vertiginoso mareo; el mundo giró a su alrededor y un escalofrío helado, antinatural en mitad del bochorno africano, le recorrió la piel erizándole el vello de la nuca.

Sus dedos, temblorosos y manchados de tierra, recogieron el objeto a toda prisa.

Al levantar la mirada, esperando encontrar la luz cegadora del cenit, sus ojos tropezaron bruscamente con la más absoluta oscuridad.

Algo enorme, denso y carente de contornos claros, había tapado el sol de golpe.

La sombra era proyectada por un cuerpo descomunal, erguido frente a él con una quietud perturbadora que no pertenecía a un ser humano ordinario.

La figura bloqueaba el paso y el flujo del aire, desprendiendo una autoridad física que oprimía el diafragma de Carlo, que le apretaba las costillas desde fuera como una mano invisible.

A contraluz, la silueta se recortaba envuelta en los pliegues holgados de una túnica del desierto, con una inmovilidad que no pertenecía a ningún soldado colonial ni a ningún mercader que Carlo hubiera visto jamás recorrer aquellas callejuelas.

El joven intentó enfocar la vista, forzando la tensión de sus músculos faciales, pero una pesadez de plomo se instaló de pronto en sus párpados.

Las pestañas le pesaban como si estuvieran ancladas con hierro y los ojos comenzaron a cerrársele sin remedio, cediendo ante una fuerza neurológica invisible contra la que su organismo no podía competir.

No era sueño. Era una orden que su cuerpo obedecía antes de que su mente pudiera siquiera protestar.

Sintió una oleada de profunda e impotente ira.

Ahora no, maldita sea, ahora no. Estaba casi a punto de terminar su trabajo, a un solo y agónico paso de acabar para siempre con el viejo impostor que se hacía llamar Leo Basse.

El encargo secreto del ARLA, el Ejército Revolucionario de Liberación de Azawad, había sido el motor de su resistencia, la excusa perfecta para soportar la humillación de ser su lazarillo durante tanto tiempo, de reírle las gracias, de cargar sus maletas, de tragarse la bilis cada vez que aquel cerdo le escupía órdenes.

Cayendo de bruces contra la piedra caliente, con la mejilla aplastada contra el polvo y el objeto metálico aún prendido de sus dedos entumecidos, vio a la gran sombra alejarse con paso matemático, exento de fricción, entrando directamente en la residencia del italiano, mientras su propia conciencia se apagaba por completo, arrastrada al fondo de un vacío por un sedante fulminante.

Frente a la pesada puerta de madera desvencijada de la residencia, el hombre del desierto se plantó con solemnidad militar. Llamó con los nudillos, produciendo un sonido seco, tres golpes exactos, espaciados con la precisión de un metrónomo.

—Buenos días, ¿es usted Leonardo Basse?

La puerta crujió al abrirse. El comerciante asomó el rostro surcado de sudor rancio y frunció el ceño con desconfianza.

—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? —ladró, girando la cabeza hacia la calle vacía—. ¡Carlooo! ¿Dónde está ese desgraciado?

—Por favor, acompáñeme. El señor Carlo estará indispuesto un buen rato y el señor Brahim quiere hablar con usted. —La voz resonó con una gravedad inalterable, como un eco hueco en una caverna, cada sílaba pronunciada sin el más mínimo desgaste emocional.

—¿Brahim? ¿El anticuario?

—Sí, señor.

—Quizá me interese hablar con él… Sí. —El italiano entornó sus ojillos porcinos y acuosos, calculando rápidamente el beneficio. Un emisario tan solemne solo podía significar dinero fresco—. ¿Me llevará usted en coche? Me encantan los coches. Es usted el chófer de su patrón, ¿no?

—Sí, señor.

—Bien, vamos a ver qué se le ofrece a tu jefe… Se va a quedar de piedra. Jojojo… cuajjj.

El-baz, el hombre del desierto, poseía un rostro afilado, cortado a cuchillo.

Unas bellas facciones y un tono de piel curtida desde los pómulos marcados hasta la mandíbula, dándole el aspecto impasible de una estatua de sílex que hubiera sobrevivido al paso de los imperios.

Superaba el metro ochenta de estatura; era tan robusto como atlético.

Aquel hombre vestía con la sobriedad impecable de quien domina el desierto pero respeta las calles de Djerba.

Llevaba una galabeya de lino color hueso, una túnica holgada que se agitaba levemente con la brisa del mediodía, ocultando los amplios pantalones de algodón que llevaba debajo.

Sobre los hombros le caía un bisht, una capa exterior de lana finísima teñida de un marrón oscuro, ideal para aislar tanto el calor del día como el frío que traería la noche.

Su cabeza iba cubierta por un keffiyeh de algodón blanco, sujeto con firmeza por el doble cordón negro del agal, con los extremos libres sobre el pecho listos para protegerle el rostro si se levantaba polvo.

Calzaba unas robustas sandalias de cuero grueso de suela pesada y, ceñida a la cintura por un cinturón labrado, destacaba la silueta curva de una janbiya, la daga tradicional que completaba su porte.

Avanzaba por el pasillo con pasos cortos, rápidos y precisos, cada uno calculado con la exactitud de quien ha medido de antemano la distancia hasta la puerta.

A su lado, el hombre que se hacía llamar Basse se movía balanceando su masa de morsa, arrastrando las puntas de los pies hacia fuera y moviendo rítmicamente las manos cortas y regordetas sobre las caderas.

Un olor persistente a grasa y encierro lo acompañaba, mezclándose mal con el aroma limpio a cal fresca del pasillo.

Sobre su vientre duro y prominente, la camisa mugrienta parecía a punto de reventar los botones por encima del cinturón cuarteado.

Llevaba el pelo cortado casi al rape y una barba de tres días plagada de restos de comida, dándole un aire de absoluta dejadez.

A pesar de su fisonomía y de la profunda estupidez que destilaban sus ojos, caminaba erguido por la codicia, considerándose el hombre más astuto de la tierra, ajeno por completo a que cada paso lo acercaba a un abismo que no sabía ni siquiera que existía.

El-baz tomó los mandos de la bestia que aguardaba al final de la callejuela y hundió el pedal.

La isla se había convertido en un laberinto de fango denso, pero aquel terreno impracticable no era rival para el Citroën Kégresse.

Pintado de un verde oliva mate que parecía absorber la luz, el semioruga mordía el cieno con rabia.

En el interior del habitáculo, el aire se volvió un infierno claustrofóbico, saturado por un vaho asfixiante de gasolina y aceite caliente que caldeaba las chapas de metal hasta volverlas intocables.

Era una máquina extraña, un híbrido de la guerra: las ruedas delanteras solo servían para guiar el rumbo sobre el lodo, mientras el verdadero empuje rugía en el eje trasero, donde unas orugas articuladas devoraban los socavones.

No era un vehículo rápido —la fricción apenas le permitía alcanzar los cuarenta kilómetros por hora en los tramos rectos—, pero las gruesas bandas de caucho que Michelin había acoplado al metal amortiguaban a duras penas un traqueteo brutal, evitando que las vibraciones desarmaran el chasis a cada metro.

El trayecto fue una tortura física para el italiano, cuyas carnes rebotaban contra la tapicería agrietada arrancándole gruñidos de dolor a cada bache, mientras El-baz absorbía cada impacto con una elasticidad biológica incomprensible, las manos firmes sobre el volante, la vista fija en la ruta, el cuerpo entero acomodándose a la vibración del chasis como si formara parte del propio motor.