El Libro Rojo
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CAPÍTULO 1
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Veritas odium parit. La verdad engendra odio. Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos. Los que nunca fueron desgraciados no han conocido la verdadera medida de su felicidad.
Al principio, el oxígeno cálido que pugnaba por escapar de la cripta hizo vacilar la llama con violencia, proyectando sombras macabras y alargadas en la pared de roca.
Carter contuvo la respiración, sintiendo el latido desbocado de su propio corazón contra las costillas, tan fuerte que temió que Carnarvon pudiera oírlo.
Lentamente, la oscuridad comenzó a ceder.
Sus pupilas, dilatadas al máximo, captaron el primer destello.
Era un oro denso, antiguo, un reflejo apagado que devolvía la luz de la vela desde todas las esquinas.
Había animales extraños, estatuas silenciosas, un tesoro que reverberaba sumido en un letargo de más de tres mil años.
El estupor le secó la boca por completo. A su espalda, lord Carnarvon, incapaz de soportar el peso agónico de la espera, rompió el silencio con un hilo de voz ahogado por la tensión:
—¿Ve usted algo?
—Sí… —susurró Carter, hipnotizado—. Cosas maravillosas.
El tiempo dejó de tener sentido en el interior.
El aire que llenaba sus pulmones era el mismo que había respirado la última persona en sellar la tumba, treinta y tres siglos atrás.
Un cubo con restos de mortero a medio usar, una lámpara enmohecida, la huella intacta de un dedo sobre el yeso, un ramo de flores oscurecido sobre el umbral.
Parecía que el monarca hubiera sido enterrado el día anterior, y sin embargo el polvo que cubría cada objeto tenía el espesor exacto, uniforme, de treinta siglos de quietud absoluta.
La luz eléctrica —tendida a toda prisa desde un generador prestado, cable a cable, hasta el corazón mismo de la montaña— reveló tres grandes parihuelas doradas esculpidas en forma de cabezas de león, de hipopótamo y de vaca: las encarnaciones de la diosa Hator.
Sus sombras se proyectaban de forma fantástica sobre los muros, alargándose y encogiéndose con cada oscilación de la bombilla, asustando a los presentes más de lo que ninguno se atrevería a admitir jamás en sus diarios.
Al flanco derecho, dos estatuas de reyes a tamaño natural, como centinelas mudos con faldellines de oro y la cobra sagrada en la frente, custodiaban una tercera puerta sellada.
Sin embargo, el triunfo estaba teñido por una cicatriz oculta.
En esa última entrada, el agujero tapado y resellado confirmaba sus peores temores: los saqueadores se les habían adelantado siglos atrás, habían tocado lo que ellos acababan de descubrir, y se habían ido dejando tras de sí el mismo silencio que ahora Carter no lograba romper.
A miles de kilómetros de la gloria de Luxor, en las callejuelas sumidas en el fango de la isla de Djerba, el ambiente era radicalmente distinto.
Allí no había luz eléctrica tendida con reverencia hacia la eternidad, sino una única bombilla desnuda que oscilaba del techo, proyectando un círculo mezquino de luz amarillenta sobre suelos de tierra apisonada.
El aire de aquel almacén oscuro apestaba a tabaco rancio, a orina de gato y a la humedad salobre que subía del puerto cercano, mezclada con un fondo persistente de menta machacada y brea de calafate que se colaba por las rendijas de la puerta desde los muelles de carga.
Era el olor de la frontera, el mismo que impregnaba cada rincón de la isla desde que el mundo tenía memoria.
—Me hubiera gustado ver la cara de ese payaso cuando se dio cuenta de que le habían ganado la manga…
La carcajada ronca rebotó contra las paredes de adobe y terminó en un ataque de tos áspera, cargada de flema.
El hombre que había usurpado la identidad de Leonardo Basse escupió un gargajo espeso directamente sobre una alfombra bereber polvorienta que pretendía hacer pasar por reliquia del siglo pasado.
—¡Jojojo… cuaj, cuaj… maldita tos! ¿¡Carloooo!?
El italiano se levantó de su silla de mimbre, que gimió y crujió aliviada al liberarse de sus casi cien kilos de grasa compacta y descuidada.
Se movía pesadamente, balanceándose de un flanco a otro con el andar torpe e incómodo de una morsa arrastrándose fuera del agua, echando las puntas de los pies hacia fuera.
Un sudor rancio perlaba su frente y le corría por los pliegues del cuello, empapando el cuello de una camisa mugrienta sembrada de cercos amarillentos.
Llevaba el pelo cortado al rape, dejando a la vista un cuero cabelludo grasiento, y una barba de tres días que se rascaba con desidia, como si aquel gesto pudiera aliviar algo más profundo que el picor.
Pero eran sus ojos claros, acuosos y porcinos los que delataban la verdadera naturaleza de su alma: una mezcla perfecta de absoluta estupidez y la astucia barata de un embaucador de callejón.
Y, en el fondo de esos mismos ojos, algo que Pietro se negaba a nombrar incluso para sí: el temblor pequeño y constante de un hombre que sabe que ha metido la mano donde no debía y que la mano, tarde o temprano, no va a volver entera.
Se movió por la estancia sorteando muebles raídos, masticando su propia impaciencia, y cada pocos pasos sus ojos volaban hacia la ventana con celosías, hacia la rendija de calle donde el sol ya empezaba a inclinarse sobre los tejados de Djerba.
—¿Dónde demonios se meterá esta basura? Cinco interminables años tirando de ese saco de mierda de Carlo, aguantando sus aires de grandeza, y cuando lo necesitas no está… ¡Carloooo!
Ningún sonido le respondió, solo el zumbido perezoso de una mosca golpeando el cristal una y otra vez, y el lejano lamento de un camello en algún corral cercano.
Pietro se pasó la lengua por los labios agrietados.
El silencio, que en otro momento no habría significado nada, ahora le apretaba la garganta como una soga floja.
«El necio de Carter…» , pensó Pietro con una sonrisa torcida que dejaba al descubierto unos dientes amarillentos, buscando en el desprecio ajeno un refugio contra el propio miedo.
Se sacó un pañuelo de hilo roído del bolsillo y se limpió la comisura de los labios gruesos.
«Buscando baratijas de oro en la arena… No encontraste el libro de los dos caminos, ¿eh?
No encontraste el libro de lo que hay en la Duat, ni encontraste el libro de las puertas…
Aunque no sé para qué los quieres. No dicen una mierda de nada si no tienes los ojos para leerlos. »
Se detuvo ante un tapiz tunecino carcomido por la polilla que colgaba en un rincón, y por un instante sus dedos regordetes se quedaron suspendidos en el aire, como si tocarlo pudiera despertar algo.
Lo apartó al fin con sus manos cortas, cuyas uñas conservaban una luna de suciedad negra, revelando una pequeña caja fuerte empotrada en la pared de adobe.
Giró la rueda de la combinación con una parsimonia codiciosa, sintiendo el clic metálico de los engranajes en la yema de los dedos, un sonido que por un segundo logró acallar el otro ruido, el de fondo, el que llevaba días creciendo en su cabeza: el rumor de que los hombres del norte, los del ejército sombrío del desierto, habían empezado a preguntar por él en los muelles.
De su interior extrajo un objeto que desentonaba por completo con la sordidez del lugar: una pesada caja forrada en terciopelo púrpura, desgastada por los bordes pero aún imponente, como si la propia miseria del almacén no se atreviera a mancharla del todo.
Al abrirla, la luz mortecina de la tarde se filtró por las rendijas de las contraventanas y acarició el cuero cuarteado de la cubierta y los signos trazados en un pigmento rojo denso que parecía absorber la escasa luz de la habitación en vez de reflejarla.
Por un instante fugaz, algo en el pecho de Pietro se encogió sin motivo aparente, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
A Pietro le importaba un bledo la historia milenaria, el peso de la sangre o la ciencia insondable que contuviera aquel manuscrito.
Para un estafador arrastrado como él, aquello no eran letras ni saberes; eran simplemente diez millones de liras.
Diez millones de razones tangibles, pesadas y en metálico para enterrar su miserable pasado en Europa y coronarse como un rey a costa de la desesperación ajena.
Y, sin embargo, cada vez que sus ojos porcinos se posaban sobre la tinta oscura de aquellos signos, sentía la misma incomodidad difusa de quien sostiene un arma cargada sin saber hacia dónde apunta.
—Aunque no sé para qué los quieres, inglés… no valen nada si no sabes a quién vendérselos —susurró, dejando escapar un aliento pesado y denso—. El verdadero Basse se ahogó en su propia porquería, pero yo… yo voy a ser un dios en esta isla.
-¡Carlo… trae el maldito camión! Nos largamos de aquí antes de que los Azawad huelan el rastro.
Cerró la caja de terciopelo con un golpe seco que resonó en la habitación vacía, y por un segundo, en el silencio que siguió, le pareció escuchar, más allá de la puerta, unos pasos que se acercaban a una velocidad que ningún hombre debería poder alcanzar.
Se dijo que era el viento. Ignoraba por completo que la marea de verdades que tanto despreciaba estaba a punto de reventar las puertas del muelle y ahogarlo en su propia codicia.