El libro rojo de Montserrat LX. La restitución
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LX. La restitución

L a capilla de Santa Maria del Palau Reial Major olía, a aquella hora de la tarde, a cera fundida y a la humedad de la piedra vieja.

Era una nave estrecha y alta, dividida por grandes arcos apuntados que sostenían, muy por encima de las cabezas de los cantores, la techumbre de madera, donde todavía podían verse las barras de la casa real.

Al fondo, la cabecera poligonal recibía por las vidrieras una luz ya escasa a aquella hora, suficiente para encender durante unos momentos los escudos reales labrados en la piedra antes de perderse sobre los muros.

No era una iglesia grande, pero su altura y la forma cerrada de la nave hacían que las voces permanecieran allí dentro más tiempo del que Bernat esperaba cada vez que empezaban a cantar.

Bernat ocupaba su lugar entre los cantores mientras el maestro de canto hacía repetir por tercera vez el final de un motete.

Ya no necesitaba buscar con los ojos a quien tenía al lado antes de cada entrada ni seguir la voz de otro para asegurarse del camino.

Cuando llegó la suya, tomó aire y cantó.

La línea ascendía primero con suavidad, se estrechaba después entre las otras voces y volvía a abrirse antes de la cadencia.

Bernat la sostuvo sin esfuerzo aparente, atento no solo a su propia parte, sino al lugar exacto que debía ocupar dentro del conjunto.

Al terminar, el maestro de canto levantó una mano para detenerlos.

Durante un instante no dijo nada. Miró hacia Bernat y dejó escapar una sonrisa breve, apenas visible bajo la barba, antes de indicar que volvieran a empezar desde unas frases más atrás.

Uno de los cantores que tenía al lado le dio un leve golpe con el hombro al recolocarse, como si aquella aprobación no necesitara comentario.

Bernat tampoco lo hizo. Meses atrás habría pasado el resto del ensayo preguntándose qué había hecho bien; ahora simplemente volvió la vista al frente, esperó la señal y cantó de nuevo.

Había aprendido que buena parte del oficio consistía precisamente en eso: escuchar mientras cantaba, saber cuándo debía sostener una voz y cuándo dejar que desapareciera entre las demás, reconocer el momento en que una frase necesitaba fuerza y aquel en que convenía no imponerse sobre nadie.

Ya no era el muchacho que medía cada sonido pensando en si otro lo aprobaría después.

Allí tenía una parte que cumplir, y los hombres que cantaban junto a él contaban con que la cumpliría.

La carta le llegó ese mismo día. Reconoció la letra antes de romper el sello, aquella caligrafía apretada y sin adornos que Bernat había visto firmar tantas órdenes, tantas cuentas, tantas decisiones durante los años en que había vivido bajo su autoridad.

Vicenç no perdía el tiempo en preámbulos.

Decía, en pocas líneas, que había llegado el momento de dar por fijado el repertorio del cancionero que Bernat había dejado trabajado años atrás, que ciertas piezas necesitaban una revisión que ningún otro copista de la casa podría hacer con el mismo criterio, y que le pedía que volviera, por el tiempo que hiciera falta, para dejarlas resueltas de manera definitiva.

Bernat leyó la carta sentado en el mismo banco de la capilla cuando le dejaron algún rato libre, y sintió que la noticia le producía algo mucho más complicado que la simple alegría de un encargo.

Podía negarse. Esa fue la primera cosa que pensó, con una claridad que tiempo atrás no habría tenido.

Nadie en Montserrat tenía ya autoridad sobre él para obligarlo a volver.

Vicenç no era su prior. Montserrat no era, desde hacía tiempo, el lugar del que dependía su futuro.

Podía escribir una disculpa, alegar las obligaciones de su servicio, y quedarse donde estaba, sin que nadie pudiera reprocharle nada.

No lo hizo. Sabía, mientras doblaba de nuevo la carta, que aquellas dos piezas — Inperayritz , Mariam, matrem — llevaban dos años esperándolo exactamente donde las había dejado, sin que él hubiera vuelto a tocarlas ni a pensar del todo en lo que debía hacer con ellas, y que ninguna otra persona podría decidir, con el mismo conocimiento que él tenía, qué parte de aquella música merecía sobrevivir y cuál debía quedar, por fin, cerrada. Así que aceptó.

No pensó en Montserrat como en el lugar al que había querido pertenecer.

Pensó en él como en el lugar donde había aprendido a cantar de la manera en que ahora cantaba, y a escuchar de la manera en que ahora escuchaba, y en aquellas piezas como en un trabajo que había dejado a medias, no como en una vida que tuviera que retomar.

Al llegar al monasterio, dejó la mula en la hospedería y entró por la misma portería de siempre, donde un hermano portero al que no conocía le preguntó su nombre y su asunto antes de dejarlo pasar.

Nadie lo reconoció de inmediato. Cruzó el claustro, reconociendo cada arco, cada losa del suelo, con la misma memoria que le había servido tiempo atrás, para huir por aquellos mismos pasillos en plena noche, y notó, sin necesitar preguntarlo, que la vida de la casa seguía exactamente el mismo curso de siempre: hermanos que cruzaban con tareas cotidianas, campanas marcando las horas, el mismo olor de siempre.

Pasó junto a la sacristía y vio, a través de la puerta abierta, a un hermano joven que no conocía revisando un libro de cuentas, en el mismo lugar donde Arnau había pasado tantas horas.

No preguntó por él. No necesitaba hacerlo.

Sabía, por las pocas noticias que le habían llegado a la corte sobre el asunto, lo suficiente para no necesitar ver con sus propios ojos dónde había acabado, y aquel hermano nuevo, ocupado en su trabajo sin ninguna conciencia de lo que había ocurrido allí antes de que él llegara, le bastó como respuesta.

Encontró a Vicenç en la cámara prioral, con el mismo aire de siempre, aunque algo más encanecido de lo que Bernat recordaba.

—Bernat.

—Padre prior.

—Habéis crecido.

No era exactamente una broma, aunque Bernat sonrió al oírla. Vicenç lo miró un momento más, con la misma atención de siempre, y Bernat, sosteniendo aquella mirada, comprendió que no era ya al mismo muchacho al que Vicenç estaba mirando, y que ambos lo sabían sin necesidad de decirlo.

—Gracias por venir.

—Me pedisteis que fijara el repertorio. No iba a negarme.

—Podríais haberlo hecho. Ya no estáis obligado a obedecerme en nada.

Se sentaron, y Vicenç le explicó, con la misma sobriedad de siempre, lo que necesitaba: que el cancionero llevaba mucho esperando una revisión final, que había piezas que requerían una decisión que ningún otro copista de la casa podía tomar con el mismo conocimiento, y que confiaba en que él supiera qué debía quedar y qué no.

—¿Qué queréis que haga exactamente con Inperayritz y con Mariam ?

—Eso —dijo Vicenç— tendréis que decidirlo vos. Yo no sé de música lo que vos sabéis. Sé que esas dos piezas han pasado por vuestras manos y por las del maestro de un modo que solo vos podéis desenredar, y confío en que hagáis con ellas lo que consideréis correcto.

Bernat subió hacia el scriptorium por el mismo camino de siempre, cruzando el mismo pasillo, empujando la misma puerta que había cerrado con el cuaderno apretado contra el pecho y el miedo subiéndole por la garganta.

La sala estaba vacía a esa hora, con la misma luz de siempre cayendo sobre las mesas largas, y Bernat, de pie en el umbral un instante, sintió que el espacio entero le devolvía, sin necesitar ningún esfuerzo de memoria, cada detalle de los años que había pasado allí: el olor de la tinta, el crujido de la madera, el lugar exacto donde se sentaba cuando todavía era un novicio que copiaba buscando, en cada línea bien trazada, la aprobación de alguien más.

Encontró en el arcón el cancionero y el cuaderno del maestro. Los llevó hasta su antigua mesa, los abrió, y se sentó frente a ellos con una calma que no había sentido, respecto a aquellas piezas, en todo el tiempo que había estado fuera.