LXI. La herencia
S e quedó un rato largo sin tocar nada, con las dos piezas abiertas delante de él y las manos quietas sobre la mesa, dejando que la memoria hiciera antes que la pluma el trabajo que le correspondía.
A un lado tenía la copia que había dejado años atrás; al otro, el cuaderno del maestro, todavía con aquellas alteraciones que solo él sabía ya lo que habían significado.
No quería empezar a corregir sin haber vuelto a oír, de verdad, cómo sonaba cada una.
Cantó, muy bajo, la línea de Inperayritz tal como la había copiado años atrás, siguiendo la forma en que la recordaba de antes de la muerte del maestro.
Después acercó el cuaderno del maestro y buscó el punto exacto donde las dos versiones dejaban de coincidir.
Allí seguía aquel giro que tanto lo había desconcertado la primera vez.
Su propia copia había conservado casi, la música anterior a aquella intervención.
Lo que tenía que decidir ahora no era cómo corregirla, sino cuál de las dos formas debía quedar cuando el repertorio se fijara definitivamente.
No sintió, al decidirse por aquella forma, que estuviera traicionando nada.
Volvió a cantar primero la línea del cuaderno del maestro y después la que él mismo había copiado años atrás, siguiendo el recuerdo que conservaba desde sus tiempos de escolà.
La diferencia seguía allí, nítida. La señal de Sant Vicenç podía desaparecer sin llevarse con ella la pieza que había existido antes.
Pero tampoco quiso limitarse a escoger una de las dos versiones y copiarla sin más.
Habían pasado años desde aquella primera comparación, años de escuchar otras voces, de trabajar junto a músicos que le habían enseñado cuánto podía cambiar una frase con una decisión mínima.
Cantó de nuevo su versión, más despacio, y encontró pequeños lugares que ahora oía de otra manera: una entrada que podía respirar mejor, un movimiento que pedía sostenerse un poco más, una unión entre voces que admitía una solución más limpia.
No tocó aquello que daba a Inperayritz su dificultad ni quiso hacerla más sencilla.
Solo dejó de tratarla como una pieza que debía recuperar intacta y empezó a trabajar sobre ella como algo que debía quedar bien.
Cuando terminó, la señal del maestro había desaparecido de la nueva versión.
También había desaparecido, en cierto modo, la forma que Bernat recordaba exactamente de niño.
Lo que quedaba conservaba aquella música anterior a la conspiración, pero había pasado por sus manos.
Bernat la cantó una vez más y comprendió que ya no estaba restaurando el pasado.
Estaba decidiendo qué parte de él merecía continuar.
Dejó Inperayritz a un lado. Con ella, la decisión estaba tomada.
Mariam, matrem le costó más desde el primer momento.
Empezó igual que con la otra: cantó la línea completa siguiendo el cuaderno del maestro, con la señal de Sant Pere todavía dentro, y la reconoció con la misma facilidad con que había reconocido la de Inperayritz .
La copió primero tal como estaba y después, en su propia hoja, raspó aquella alteración y la sustituyó por lo que recordaba de la forma anterior.
Cantó de nuevo la pieza entera, esperando sentir la misma satisfacción limpia que acababa de sentir con la otra.
No llegó.
La cantó una segunda vez, más despacio, intentando entender qué le fallaba, y no encontró ningún error propiamente dicho: la línea era correcta, la forma anterior estaba bien restaurada, y sin embargo algo en el conjunto le sonaba desnudo, casi pobre, como si aquella melodía, liberada ya de la señal que el maestro le había puesto encima, hubiera perdido, junto con el código, algo más que Bernat no conseguía nombrar todavía.
Se quedó un rato con la pluma suspendida sobre el pergamino, sin decidirse a escribir nada más, dejando que aquella insatisfacción se asentara antes de intentar resolverla a la fuerza.
No era la primera vez, en los últimos años, que sentía algo parecido trabajando con música ajena: la sensación de que una pieza, técnicamente resuelta, todavía necesitaba algo que ningún manual ni ninguna comparación con una versión anterior podía darle, y que solo el propio oído, ejercitado lo suficiente, sabía reconocer cuando por fin llegaba.
Volvió a cantar el pasaje, esta vez deteniéndose en el punto exacto donde la voz descendía hacia el final de la primera frase, y probó, sin pensarlo demasiado, a sostener aquella caída un instante más de lo que la forma antigua permitía, dejando que la línea se abriera un poco antes de volver a cerrarse.
Sonó mejor. No del todo resuelto, pero mejor, y aquella pequeña mejora le dio, por primera vez desde que había empezado a trabajar en Mariam , la certeza de que no estaba buscando en vano.
Trabajó así durante un buen rato, probando una posibilidad, cantándola, descartándola o conservándola, volviendo atrás cuando algo no le convencía, sin ninguna prisa por terminar.
No pensaba en devolver la pieza a como había sido antes del maestro.
Pensaba, cada vez con más claridad, en algo distinto: en que aquella melodía, precisamente porque había llevado dentro, durante años, algo tan grave como lo que había llevado, merecía ahora algo más que una simple restauración.
Merecía, si podía dárselo, la misma exigencia que llevaba Inperayritz , la misma dificultad hermosa que obligaba a un cantor a prestarle toda su atención.
No buscaba esconder nada dentro. Eso lo tuvo claro desde el principio, con la misma firmeza con que había tenido claro, un rato antes, que la señal de Inperayritz debía desaparecer.
No iba a dejar un nuevo Sant Vicenç, ni un nuevo Sant Pere, ni ningún nombre escondido para que alguien, dentro de cien años, lo encontrara y tirara de él hacia ninguna parte.
Lo que buscaba era otra cosa: una riqueza que naciera solo de la música misma, sin necesidad de decir nada más que lo que cualquier canto decía.
Reescribió el segundo giro de la pieza casi entero, alargando una línea que antes se resolvía demasiado pronto, y al cantarla de principio a fin, con aquella modificación ya incorporada, sintió que la pieza empezaba, por fin, a sostenerse por sí misma con una dignidad que antes no tenía.
No era todavía Inperayritz . No necesitaba serlo.
Pero ya no era, tampoco, la melodía sencilla que habría sido si Bernat se hubiera limitado a devolverla a su forma más antigua.
Siguió así, ajustando, probando, cantando cada vez la pieza entera para comprobar que los cambios se sostenían unos a otros y no quedaban como añadidos sueltos, hasta que llegó a un punto, cerca del final, donde una sola nota le pareció, de pronto, insoportablemente fuera de lugar.
No era un error técnico. La nota funcionaba, encajaba con lo que venía antes y con lo que venía después, pero a Bernat, al cantarla, le sonó torcida, como una palabra bien escrita en el lugar equivocado de una frase, y se descubrió, para su propia sorpresa, incapaz de seguir adelante sin corregirla, aunque nadie más que él mismo fuera a notar jamás la diferencia.
Probó otra nota en su lugar. Sonó mejor, pero todavía no del todo. Probó una tercera, y esa sí, esa encajó de una manera que le costó explicar incluso a sí mismo, como si la frase entera hubiera estado esperando, todo ese tiempo, exactamente aquella nota y ninguna otra.
Se quedó con la pluma en la mano, mirando el pequeño cambio que acababa de hacer, y fue entonces, sin buscarla, cuando le volvió la voz de Mateu Roig, en aquella conversación de hacía años, hablando del maestro con el cariño rugoso de quien lo había conocido de joven: que había heredado de su propio maestro la manía de no dejar nunca una nota fuera de sitio, ni una sola, por pequeña que pareciera, aunque nadie más fuera a darse cuenta.
Terminó bien entrada la tarde, con la luz que tan bien conocía en las ventanas del scriptorium, y recorrió Mariam, matrem de principio a fin una última vez, con los ojos siguiendo cada línea que acababa de fijar en el pergamino, comprobando que el conjunto se sostenía sin fisuras, que cada cambio encajaba con el siguiente, que la pieza entera había crecido hasta tener algo de su misma exigencia, algo de su misma altura, dos piezas hermanas dentro de un repertorio en el que muchas de las otras melodías eran más sencillas y podían ser cantadas con mayor facilidad por los peregrinos.
No pensó en quién cantaría aquello, ni en quién se preguntaría, mucho después de que él mismo hubiera muerto, por qué dos piezas de aquel cancionero resultaban tan extrañamente complejas junto al resto del conjunto que las acompañaba.
No tenía manera de pensar en eso, ni le habría importado si hubiera podido.
Pensaba, simplemente, en si aquello sonaba bien, en si merecía quedarse tal como estaba, en si el maestro, de haberlo oído, habría reconocido algo suyo sin sentir que Bernat le había robado nada.
Cogió aire, y cantó, muy bajo, para no llenar el scriptorium vacío con una voz que no necesitaba alzarse para comprobar lo que necesitaba comprobar, la nueva versión de Mariam, matrem de principio a fin, escuchándose a sí mismo con la misma atención con que, años atrás, había advertido que algo en aquella música no sonaba como debía.
Veintiún días después, Bernat terminó la última hoja de la copia, con las diez canciones listas para incorporarse al volumen que se estaba preparando.
La dejó secar sobre la mesa y permaneció unos instantes contemplándola sin sentir la necesidad de volver atrás.
Durante aquellas tres semanas había revisado líneas, corregido descuidos, comprobado voces y dejado preparado el material que debía incorporarse a la versión definitiva.
Ya no quedaba nada que dependiera de él.
El hermano encargado de las iniciales apareció aquella tarde con los pequeños recipientes de pigmento y fue recorriendo las hojas mientras Bernat le indicaba dónde había dejado los espacios. Al llegar al comienzo de una de las secciones, apoyó un dedo junto al hueco reservado para la letra.
—¿Azul o rojo?
Bernat miró ambos colores. Estuvo a punto de preguntarse cuál convenía más, como si también aquello necesitara una razón.
—Rojo.
—¿Por algún motivo?
Bernat negó con la cabeza.
—Me ayuda a encontrar lo importante más rápido.
El hermano encogió los hombros y tomó el pigmento rojo.
Bernat sintió que aquello bastaba. Por una vez, no había nada que descifrar.
Antes de abandonar el monasterio pasó por la iglesia.
Se quedó un momento ante la Señora de Montserrat, en el mismo lugar donde tantos años atrás había creído entender que debía volver y quedarse allí para cantar bajo su mirada.
Ahora sabía que quizá había entendido bien solo una parte.
Había vuelto, sí, y había encontrado la música que debía acompañarlo toda la vida; simplemente no estaba destinado a encerrarla entre aquellas paredes.
Montserrat había sido el principio, no el término del camino.
Bernat inclinó la cabeza ante la Virgen y, cuando volvió a levantarla, sonrió.
FIN.