LIX. El camino
M anresa no le había dado, en los casi dos años que llevaba viviendo allí, nada parecido a un futuro, pero sí le había dado lo suficiente para no pasar hambre: el canónigo encargado del canto en la canónica de Santa Maria le había encargado copiar antifonarios viejos que necesitaban renovación, un trabajo tan modesto como el que había hecho siempre en Montserrat, solo que ahora nadie le prometía, al terminarlo, ningún lugar donde quedarse.
Bernat dormía en un cuartucho sobre el taller de un encuadernador que le cobraba poco a cambio de que le echara una mano de vez en cuando, cantaba en las vísperas de la Seu cuando faltaba algún cantor, y con eso, entre una cosa y otra, había ido tirando desde que dejó Montserrat sin que nadie le hubiera hecho ninguna promesa de nada mejor.
No se arrepentía. Eso era lo único que tenía claro, en medio de todo lo demás que seguía sin saber: que había hecho bien en marcharse, aunque marcharse no le hubiera traído, todavía, más que encargos sueltos.
Pensaba en Jaume y en el huerto, y en Montserrat en general con un cariño que no había disminuido nada, pero que ya no se parecía en nada a la necesidad que había sentido de niño de pertenecer a aquel lugar para siempre.
Fue en uno de esos días ordinarios, copiando en el taller del encuadernador, cuando oyó, desde la calle, una voz que llevaba meses sin oír.
—¡Bernat!
Ramon estaba en la puerta, con la misma cara de siempre, un poco más curtida por el tiempo, y con la sonrisa de quien encuentra a un amigo por pura casualidad de caminos.
—Ramon. ¿Qué hacéis por aquí?
—Lo mismo de siempre. Trabajo. —Entró, mirando alrededor con la curiosidad práctica de quien evalúa algo nuevo—. Y de paso venir a veros. Tenía que preguntaros algo.
—Decidme.
—¿Os acordáis de aquel aviso a mi amigo el mercader? Lo de Bar.
—Como para no acordarme, Ramon...
—Pues hace unas semanas, en Berga, un hombre estuvo preguntando por quién había avisado de aquello. No con mala intención, que quede claro. Quería saber, decía, de dónde había salido la noticia que permitió interceptar aquella carga y vigilar después el camino.
—¿Un hombre de quién?
—No lo sé bien. Alguien relacionado con gente del conde de Urgell, por lo que entendí.
Mi contacto de entonces le dijo lo que sabía: que un traginer le había traído el aviso, y que ese traginer era yo.
Y a mí me encontró preguntando, un par de días después.
—Ramon se sentó en el único taburete libre del taller, sin que nadie se lo ofreciera, con la naturalidad de siempre—.
Le dije lo que sabía yo, que no era mucho: que un copista de Montserrat me había pedido que hiciera llegar aquella noticia, y que era todo lo que sabía de vos por entonces.
—Copista. Al menos os acordáis de eso. ¿Y qué os dijo él?
—Que aquel aviso había servido más de lo que nosotros pensábamos. Que después de eso, pudieron cortar algunas rutas de paso y dejar sin provisiones a los hombres de Foix.
Bernat se quedó quieto, con el cálamo todavía en la mano, incrédulo.
—Nunca supe con certeza si aquello había servido para algo...
—Pues ahora ya lo sabéis. Y no sé más detalles, ni falta que me hace. Pero pensé que a vos sí os haría falta saberlo.
Bernat no había salvado ningún reino, ni había decidido ninguna guerra. Pero aquellas palabras que había entregado a Ramon en la portería de Montserrat habían llegado a alguien, y alguien había actuado por ellas. Habían servido para algo al fin y al cabo.
—Gracias por decírmelo, Ramon.
—No hay de qué. —Ramon se levantó, con la misma prisa de siempre que le impedía quedarse quieto mucho rato—. Ese hombre, el de Urgell, preguntó también vuestro nombre. Se lo di. Espero que no os importe.
—No. No me importa.
No supo, en ese momento, qué más podía significar aquello.
No se le ocurrió, ni por un instante, que el hecho de que su nombre hubiera empezado a circular por manos que él nunca conocería pudiera abrirle ninguna puerta distinta de la que ya había cruzado al marcharse de Montserrat.
Se despidió de Ramon con el mismo afecto de siempre, y volvió a su trabajo, con la cabeza más ligera de lo que la había tenido en meses, sin sospechar que aquella tarde, con aquella visita, algo más se había puesto en marcha.
La carta de Vicenç le llegó una semana después, entregada por un mensajero de la canónica.
No era larga. Vicenç, en pocas líneas, le contaba a Bernat que había sabido, por vías que no explicaba del todo, que su nombre había llegado hasta cierto entorno cercano a la corte de rey Martí, ya regresado de Sicilia, en relación con aquel aviso de tiempo atrás.
Y que, aprovechando ese conocimiento, había escrito él mismo a un hombre de la Capella Reial al que conocía, para hablarle de un cantor que se había formado en Montserrat, escolà en su día, copista de música durante años, con oído y disciplina más que suficientes para que alguien capacitado lo escuchara y juzgara por sí mismo.
Vicenç no prometía nada. La carta lo decía con la misma sobriedad con que Vicenç decía todo: que había abierto una puerta, que lo demás dependería enteramente de lo que Bernat hiciera cuando se presentara ante quien tuviera que escucharlo, y que no debía esperar ni recompensa ni trato especial por lo que había hecho.
Aquello, decía, no tenía nada que ver con esto.
Una cosa era el aviso; otra, muy distinta, si su voz y su oficio bastaban para ganarse un lugar entre los músicos de la Corona.
Bernat leyó la carta dos veces, sentado en el mismo taburete donde Ramon se había sentado días atrás, y sintió que algo se le movía por dentro que no era exactamente esperanza, ni tampoco miedo, sino una mezcla de ambas cosas que no había sentido desde que decidió entrar en Montserrat sin saber qué le iba a deparar aquello.
No era lo que había soñado de niño. Nunca había soñado con la corte, ni con la Capella Reial, ni con nada que no fuera aquella misma montaña que acababa de dejar atrás.
Pero desde que se marchó, sin proponérselo del todo, había empezado a descubrir que lo que de verdad quería no era un lugar fijo donde quedarse para siempre, sino la posibilidad de seguir aprendiendo lo que la música todavía tenía que enseñarle, y aquella carta, con toda su sobriedad, le ofrecía exactamente eso: la ocasión de intentarlo.
Podía fallar. Podía presentarse ante aquellos hombres, cantar lo mejor que supiera, y no bastar.
Podía descubrir que su formación de monasterio, tan sólida para Montserrat, resultaba insuficiente para lo que se esperaba de un cantor al servicio del rey.
Nadie le garantizaba nada. Vicenç mismo se lo había dejado escrito, sin ninguna intención de suavizarlo: había abierto una puerta, no un camino.
Tardó una semana en organizar lo poco que tenía que organizar: terminar el trabajo pendiente en el taller del encuadernador, despedirse del canónigo que le había dado trabajo en la Seu, reunir el poco dinero ahorrado que necesitaría para el viaje.
Y una mañana de finales de aquel mismo mes, con un hatillo no muy distinto del que había llevado al salir de Montserrat, se puso en camino hacia la corte, siguiendo las indicaciones que la carta de Vicenç le había dado, sin saber todavía si aquel viaje terminaría en algo más que una prueba ante unos músicos que quizá decidieran que no era lo bastante bueno.
El primer tramo del camino lo hizo por rutas que ya conocía, y fue solo al llegar a un alto, ya lejos de Manresa, cuando se volvió, sin buscarlo del todo, hacia la silueta de la montaña que llevaba más de un año sin ver de cerca.
Montserrat se recortaba contra el cielo con la misma forma que Bernat conocía de memoria, dentada, imposible de confundir con ninguna otra montaña de la comarca, y la miró un rato largo, sin que le subiera a la garganta ni la nostalgia limpia que quizá había esperado sentir ni el alivio de quien deja atrás algo que ya no le importa.
Era, simplemente, su pasado. El lugar donde había aprendido a cantar, a copiar, a leer una anomalía dentro de una melodía, a distinguir una explicación inocente de una que no lo era. El lugar donde había estado a punto de morir, y donde más vivo se había sentido.
Se quedó mirando la montaña un momento más, dejando que aquella imagen se le quedara grabada con la misma nitidez con que se le habían quedado tantas otras cosas de los últimos años, y después, sin ninguna palabra de despedida que pronunciar ante nadie, se dio la vuelta y siguió camino hacia la corte.