El libro rojo de Montserrat LVII. La renuncia
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LVII. La renuncia

L levaba toda la mañana con las manos en la tierra, aclarando los surcos donde en unas semanas entrarían las últimas coles del año, y no había pensado en Bernat ni una sola vez hasta que, al levantar la vista para estirar la espalda, lo vio cruzar el huerto con un hatillo pequeño bajo el brazo, de esos que se hacen cuando hay que meter en poco espacio lo poco que uno tiene.

—¿Adónde vais con eso?

Bernat se detuvo, como si no hubiera esperado que nadie le preguntara nada allí, en un rincón de Montserrat que Jaume conocía mejor que ningún otro.

—A ver a Berenguer. Tiene que decirme si hay algún traginer que baje hoy o mañana hacia Manresa.

—¿Para qué?

—Me marcho, Jaume.

Lo dijo así, sin ningún rodeo, y Jaume se quedó con la azada a medio camino entre la tierra y el aire, sin terminar de entender lo que acababa de oír.

—¿Os marcháis? ¿Adónde?

—Todavía no lo sé.

—¿Os ha dicho Vicenç que os vayáis?

—No —negó Bernat con la cabeza, y algo en su gesto le dijo a Jaume que aquella pregunta tenía más trampa de la que parecía—. Me ha pedido que me quede. Que complete el noviciado aquí y que, cuando corresponda, profese definitivamente.

Jaume dejó, por fin, la azada apoyada contra un tonel, y se limpió las manos en el delantal de trabajo.

—Entonces no entiendo nada.

—Ya lo sé.

—Lleváis dos años queriendo quedaros. Desde que llegasteis. Lo habéis dicho más de mil veces.

—Lo sé, Jaume. —Bernat se sentó en el borde del poyo, con el hatillo todavía sobre las rodillas, y por un momento pareció más cansado de lo que un simple paseo por el huerto podía justificar—. Y ahora que me lo ofrecen, no lo quiero.

—¿Por qué no?

Bernat tardó en responder, y Jaume, que llevaba semanas viendo a su amigo elegir las palabras con un cuidado que antes no tenía, esperó sin insistir, arrancando alguna hierba suelta del bancal más cercano solo para tener algo que hacer con las manos.

—No sé explicaros bien por qué. Quiero seguir con la música.

Quiero saber qué se canta en otros sitios, cómo suena en otras casas, qué puedo aprender que aquí ya no tengo forma de aprender.

Y no sé si eso es compatible con quedarme para siempre en el mismo scriptorium, copiando lo mismo que ya sé copiar.

—¿Y adónde vais a ir a aprender eso?

—No lo sé todavía. Bajaré a Manresa. Veré qué encuentro. Quizá nada. Pero prefiero no saberlo a quedarme aquí preguntándome siempre qué habría pasado si me hubiera ido.

Jaume no supo qué responder a eso. Había cosas de Bernat que llevaba tiempo sin comprender del todo.

—Yo sí voy a quedarme —dijo, porque le pareció que era el momento de decirlo—. Voy a profesar cuando llegue el momento. Se lo dije a Vicenç hace unos días.

Bernat sonrió, una sonrisa que a Jaume le pareció completamente sincera, sin ninguna sombra de la distancia que había habido entre ellos las últimas semanas.

—Me alegro. De verdad.

—¿No os sorprende?

—No. Siempre supe que este era vuestro sitio. Desde el primer día.

—¿Vais a contarme ahora qué era todo aquello? —preguntó Jaume, casi sin pensarlo y con una sonrisa por el comentario de Bernat—. Lo de los hombres del camino. Lo que buscaban de verdad.

Bernat lo miró, y Jaume vio que se preparaba, con una especie de resignación cansada, para intentar otra vez la misma explicación a medias que ya le había dado meses atrás.

—Jaume, hay cosas que todavía no puedo...

—No os lo he exigido. Simplemente os he preguntado si me lo ibais a contar.

Bernat se detuvo, sorprendido.

—Antes sí quería saberlo —siguió Jaume, sin darle demasiadas vueltas a la frase, porque la había pensado ya bastante los últimos días—.

Cuando me dijisteis que no me buscaban a mí, que ya os habían amenazado antes y que no dijisteis nada, necesitaba entender por qué.

Lo que fuera que hubiera detrás, ya no me hace falta.

Eso es cosa vuestra, y de Vicenç, y de quien tenga que ocuparse de ello.

Yo ya sé lo único que de verdad me importaba: que no fue por nada que hiciera yo.

Bernat se quedó callado un momento, y Jaume, mirándolo, pensó que aquello, quizá, era lo más parecido a un cierre que iban a tener entre los dos.

—Lo siento, Jaume. Otra vez. Sé que ya os lo dije, pero...

—Cierto. Ya me lo dijisteis.

Fue la manera más clara que Jaume encontró de decirle que no necesitaba oírlo una segunda vez, que la disculpa ya estaba dicha y recibida, y que repetirla no iba a devolverle nada de lo que había perdido aquella tarde en el camino de Monistrol, ni tampoco a quitarle nada de lo que seguía sintiendo por Bernat a pesar de todo.

Bernat asintió, despacio, y por un momento se quedaron los dos en silencio, con el ruido ordinario del huerto llenando el espacio que ninguno de los dos sabía cómo llenar con palabras.

—¿Y el cancionero? —preguntó Jaume, al fin, buscando un terreno más fácil—. ¿Lo habéis terminado?

—Lo que tenía que dejar hecho, sí. Está todo copiado, ordenado, listo para lo que Vicenç quiera hacer con ello. —Bernat dudó un instante—. Aunque me ha dicho que no lo dará por definitivo todavía. Que quizá, más adelante, haga falta revisar algunas piezas otra vez.

Jaume asintió, se agachó a recoger la azada que había dejado apoyada contra el tonel, más por necesidad de moverse que porque quedara mucho trabajo por hacer esa mañana.

Bernat se levantó también, con el hatillo otra vez bajo el brazo, y durante un instante ninguno de los dos supo bien cómo seguir aquella conversación que ya empezaba a sentirse, sin que ninguno lo dijera en voz alta, como una despedida.

—Cuidaos, Bernat. Que Dios os acompañe.

—Vos también. Cuidad el huerto.

—El huerto se cuida solo. Yo solo lo ayudo.

Bernat sonrió otra vez, y se echó el hatillo mejor sobre el hombro, y fue entonces cuando Jaume, sin pensarlo demasiado, se acercó y le ajustó la correa que sujetaba el bulto, que se le había quedado torcida y que, tal como iba, probablemente se le habría soltado antes de llegar a la portería.

—Así no se os cae por el camino.

Bernat se limitó a asentir, con algo parecido a las gracias en la cara, y echó a andar hacia la portería, sin mirar atrás, con el mismo paso decidido con que Jaume lo había visto llegar dos años antes.