El libro rojo de Montserrat LVI. La voz #2
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LVI. La voz #2

Esa tarde, mientras los demás descansaban, entró solo en la iglesia.

Estaba vacía y olía a cera fría y a piedra, y la lámpara del altar ardía muy pequeña en el fondo, como aquella noche de la vigilia.

Se arrodilló ante la imagen y levantó los ojos hacia el rostro oscurecido y atento, que miraba por encima de su cabeza hacia alguien que venía más atrás.

No tenía nada que pedirle. Había hecho lo que él había entendido que debía hacer desde aquella noche en que era un niño que no sabía nada: había vuelto, y desde entonces no había dejado un solo día de escuchar.

Se preguntó qué se esperaba de él que no hubiera hecho, y repasó sus días con la cabeza gacha, buscando el momento en que había dejado de merecer el lugar: una nota mal cantada, una tarde de pereza, una pregunta de más.

No encontró nada que pudiera señalar. Si la Señora de Montserrat lo había querido allí, pensó, tenía que haber una razón para que ahora lo mandaran fuera, y esa razón debía de estar en algo que él todavía no comprendía.

Eso lo tranquilizó un poco, porque era una manera de que aquello tuviera sentido, y se quedó rezando hasta que lo llamó la campana.

Los días que siguieron cantó con un cuidado que no había tenido nunca.

Conocía de memoria el lugar exacto donde Tomàs tomaba aire, el pequeño carraspeo de un niño de la segunda fila antes de una entrada, el instante en que la iglesia devolvía la última sílaba y había que dejar que se apagara antes de empezar la siguiente, y lo escuchaba todo como si le hubieran dado a elegir lo que podía llevarse como recuerdo.

Una tarde, en las vísperas del sábado, la antífona de la Señora le salió entera.

La primera frase subió sin esfuerzo y la nota alta llegó limpia, y durante el espacio de un respiro Bernat pensó que se habían equivocado, que todo había sido el frío o el cansancio y que todavía podía quedarse.

Después, en la segunda frase, la voz se le quebró por un lado y él se quedó sin aire, y comprendió que lo que acababa de ocurrir no era una promesa.

A su izquierda, un niño nuevo, llegado alrededor de Todos los Santos, movía los labios sin que le saliera nada.

Tenía unos ocho años, los ojos muy abiertos y las manos apretadas contra el cuerpo, y Bernat lo había oído llorar por las noches durante varios días sin atreverse a preguntarle nada.

Se fijó en que iba a entrar tarde en la frase siguiente, porque no sabía dónde estaba, y le dio un codazo suave en el momento exacto.

El niño abrió la boca y entró a tiempo, con una voz muy fina y muy clara que a Bernat le pareció más pequeña de lo que era.

Pensó que dentro de poco aquel niño podría ocupar su sitio en la fila y que nadie, al oírlo, echaría en falta otra voz, y cerró la boca sin ruido para escucharlo mejor.

Después de las vísperas volvió a la sala pequeña, porque el maestro le había dejado a medias un trabajo, una copia de los versos de un responsorio que debía tener en limpio antes de que terminara la semana.

Se sentó ante el pupitre, tomó la pluma y empezó a trazar los signos con la misma calma de siempre, repasando cada frase antes de dejarla.

Con la boca casi cerrada, sin darse cuenta, la fue cantando, y al llegar a la nota alta de la segunda línea la voz se negó.

Salió un hilo agrio que no se parecía a nada, y Bernat dejó la pluma sobre el pergamino con el pulso acelerado, esperando que el maestro levantara la vista.

Pero no la levantó. Bernat se quedó mirando la nota que había copiado y descubrió que no necesitaba cantarla.

Estaba allí, entera, en el sitio exacto donde la había puesto, y la frase que nacía de ella sonaba en su cabeza con la misma claridad con que había sonado en la nave, con la nota alta en su lugar y la voz de antes, sin una sola quiebra.

La garganta ya no obedecía, pero el oído seguía allí, intacto.

Siguió copiando mucho rato, línea tras línea, oyendo sin cantar, hasta que el zumbido grave de la otra mesa se interrumpió.

—¿Qué suena? —preguntó el maestro, sin volverse.

—La frase. Entera.

—Pues cópiala como suena.

Sus padres subieron una semana después de lo previsto, porque el mal tiempo había hecho difícil el camino, y Bernat los encontró en la portería.

Su madre lo vio antes de que él los viera a ellos, y se le iluminó la cara con una alegría tan completa y sin reservas que Bernat tuvo que mirar al suelo.

Lo abrazó, le sostuvo la cara entre las manos y le dijo que había crecido, que le habían salido los huesos de las muñecas, que ya no era un niño.

Después buscó sus ojos y se quedó callada, porque él no sonreía.

—¿No te alegras de ver a tu madre?

—Sí, madre. Claro que sí. ¿Habéis tenido buen camino?

Su padre, que había dejado el hato sobre el banco y se frotaba las manos entumecidas, decidió ahorrar a todos aquella conversación.

—Es lo natural, hijo. A todos les llega. Has aprendido, has aprovechado el tiempo, y ahora toca otra cosa. En Manresa algo habrá. El clérigo de la Seu ya ha dicho que preguntará.

Bernat asintió con la cabeza baja. La víspera, tendido en el jergón, había intentado imaginar la casa de su infancia, el hogar con las brasas, el olor a lana y a ajos de la cocina, las manos de su madre alisándole la manta, y le había costado menos de lo que esperaba, y le había dolido más.

Los echaba de menos. Lo había sabido siempre, en el fondo, aunque en Montserrat no lo hubiera dicho.

Pero cuando pensaba en volver a Manresa no veía una casa a la que regresar, sino una casa de la que se había ido, y comprendió que aquella era la diferencia entre sus dos hogares: uno era el lugar de donde venía, y el otro, el único que había creído suyo, era el lugar al que estaba convencido de que pertenecía.

No llevaba mucho. Una túnica de repuesto, las calzas que su madre le había remendado la última vez que subió, y una hoja que el maestro le había dejado guardar, un recorte de pergamino de los de ejercicio, con unas líneas que Bernat había copiado de su propia mano y que mostraban, en el margen, una corrección del maestro, hecha con tinta más oscura y trazo más seguro.

No era un libro, ni un modelo de la casa, ni nada que pudiera echarse de menos.

Se lo entregó sin otra ceremonia que la de ponérselo en las manos.

—Sigue copiando. Busca música donde la haya, y no te fíes de ninguna copia sin haberla oído.

Y canta lo que copies, aunque sea con la boca cerrada, que en Manresa nadie te dirá nada.

—Se detuvo, y Bernat vio que le cogía la hoja otra vez y buscaba con el dedo una línea—. Esta. La penúltima de la tercera.

Bernat miró. Uno de los signos estaba más alto de lo que correspondía, y no se había dado cuenta.

—Arréglalo cuando llegues. No te la lleves así.

—Sí, maestro.

Quiso preguntarle cuándo volvería a verlo, y se le quedó la pregunta en la garganta, de modo que dijo solo:

—Con Dios, maestro.

—Con Él.

No hubo más. Bernat salió de la sala con la hoja doblada entre las manos, y antes de llegar al final de la galería oyó a su espalda, muy bajo, el zumbido grave que empezaba otra vez, ya sobre otra pieza.

Su madre le arregló el cuello de la túnica en la portería, con la misma lentitud que cuatro años atrás, y esta vez Bernat se dejó.

Bajaron los tres por el sendero entre las encinas, y en la revuelta donde el camino corría pegado a la roca no se detuvo ni ladeó la cabeza.

Sabía lo que devolvería la piedra y prefirió no oírlo.

Habían dejado atrás el segundo recodo cuando desde lo alto, desde algún lugar entre las agujas, llegó el toque de vísperas, y Bernat supo sin esfuerzo qué antífona abría el oficio, en qué lugar de la iglesia se estarían colocando los niños y cuál de ellos podría ocupar el sitio que él había dejado.

Empezó a cantar muy bajo, con la boca casi cerrada, la frase que correspondía a esa hora, la que bajaba despacio y se quedaba un momento en el aire.

En la nota alta la voz se le quebró, y su madre, que caminaba a su lado, fingió mirar el camino.

Bernat siguió. Lo que salía de su garganta se deshacía a trozos, pero dentro de la cabeza la frase continuaba entera, intacta, hasta el final.