LVI. La voz
E l responsorio de vísperas que preparaban aquella semana tenía un verso largo, de los que se cantaban entre pocos mientras el resto de los niños esperaba con la boca cerrada y el aire guardado.
El maestro Francesc había escogido para él a tres: Tomàs, que tenía la voz más fuerte de toda la escolanía y lo sabía; Joan, un niño distraído que cantaba bien siempre que otro lo sostuviera; y Bernat, que a sus trece años era, después de más de cuatro en Montserrat, uno de los más antiguos de los que quedaban.
No tenía la voz más potente. En el coro, cuando cantaban todos juntos, nadie habría podido señalarla entre las demás, y durante mucho tiempo lo había tomado por un defecto.
Con los años había comprendido que su fuerza estaba en otra parte.
Era una voz clara y sin adornos, que no subía a las notas empujada por el pecho sino porque había encontrado antes el sitio donde la nota estaba, y que hacía de ella algo parecido a una viga: cuando los niños de la fila de atrás perdían el hilo, les bastaba oír a Bernat para volver a encontrar el suyo.
Aquella tarde, en la iglesia vacía, con la luz grisácea de octubre cayendo sobre las gradas del coro, los tres cantaron el verso y salió como casi siempre.
Tomàs se adelantó un poco, empujado por su propia voz, y Joan, que lo seguía a ciegas, se fue tras él hasta que la segunda frase se le deshizo en una nota sin dueño.
Bernat no se movió de su línea. Había oído a los dos con la mitad del oído y con la otra mitad había seguido la suya, de modo que cuando Joan se perdió y Tomàs se dio cuenta, ya estaba esperándolos en el punto exacto donde debían reunirse.
El maestro levantó la mano y los tres callaron.
—Desde la segunda frase. Tomàs, no corras, que no te persigue nadie. Joan, escucha a quien tienes al lado, no a quien tienes delante. —Se volvió hacia Bernat y lo miró un momento con los ojos entornados—. Tú sueltas tarde la última sílaba. Los de abajo no pueden respirar mientras la sostienes.
—Sí, maestro.
Cantar era para Bernat, desde hacía tiempo, la razón por la que dormía en aquel jergón, la que le había permitido seguir allí año tras año y no regresar a Manresa como había regresado Jaume la primavera anterior, cuando la voz se le volvió tosca de golpe y los monjes buscaron un traginer que lo bajara.
Bernat lo había visto marchar con el hato bajo el brazo y había sentido, junto a la lástima, un alivio del que después se avergonzó: a él aquello no podía pasarle, porque él escuchaba.
La primera vez fue una semana después de la fiesta de san Miguel, en la nota más alta de la antífona de la Señora, la que cerraba las vísperas del sábado y que Bernat había alcanzado sin pensar durante años, igual que se pone el pie en un peldaño que uno conoce.
Esa tarde la nota salió con un borde áspero, como un pergamino mal raspado, y Bernat, atribuyéndolo al frío de la nave y a que había dormido mal, bebió agua en el refectorio y volvió a probar en voz baja mientras se lavaba las manos.
Salió igual. Al día siguiente salió peor, y a la tercera tarde, en mitad de una frase que había cantado tantas veces que podía hacerla dormido, la voz le bajó de pronto en vez de subir, ronca y ajena, como si otro hubiera cantado la nota por él desde algún lugar más hondo.
Joan soltó una risa corta por la nariz y la cortó enseguida, y nadie dijo nada, pero Bernat sintió que le ardían las orejas durante todo lo que quedaba de oficio.
Pensó que estaba tomando mal el aire, como le había advertido el maestro otras veces, y se corrigió: respiró más despacio, sostuvo el aire como le habían enseñado, repitió la frase en el lavadero a la hora de la siesta, cuando no había nadie, y por la noche, bajo la manta, con la boca casi cerrada, probó cada nota de la antífona una detrás de otra, buscando la que se le resistía.
Dejó de entrar en los pasajes altos con toda la voz, los cantaba más bajo, de modo que el fallo no se oyera, y cuando el verso pedía una entrada difícil se ponía un paso detrás de Tomàs para que su voz quedara tapada.
Era lo que había aprendido a hacer con todos los miedos de aquel lugar: estar donde nadie pudiera reprocharle nada.
Y sin embargo, en tres semanas, aquel arreglo se le fue deshaciendo en las manos, porque cada vez le costaba más encontrar la nota que había de tapar.
—Quédate —dijo el maestro al terminar el ensayo, sin mirarlo, mientras los demás recogían las hojas y salían en fila hacia la galería.
Fueron a la sala pequeña, la de la ventana a poniente, donde el sol bajaba ya sobre el pupitre.
El maestro cerró la puerta, se sentó en su mesa y le pidió que repitiera la frase de la antífona, la de la nota alta, sin la hoja.
Bernat la cantó y la voz se le rompió a la mitad.
La cantó otra vez y se rompió en un sitio distinto, y entonces el maestro dejó de mirar el pergamino que tenía delante y lo miró a él, no a la boca ni a la hoja sino a él entero, como se mira a un cantor cuya voz se oye por primera vez.
—Haz lo que te digo, sin pensar en ninguna pieza. Da la nota más baja que puedas y ve subiendo poco a poco.
Bernat empezó abajo y fue subiendo. La voz respondió durante un trecho, ronca al principio y luego más clara, hasta que, a cierta altura, dio un salto que no era suyo y se le fue hacia arriba. Tuvo que parar y volver a empezar desde allí, con la garganta apretada.
—¿Cuánto hace? —preguntó el maestro.
—¿Qué?
—Cuánto hace que no sale. Hace tres semanas que tomas más aire antes de la frase larga y que dejas la nota alta a Tomàs. Creías que no lo notaba.
Bernat tragó saliva. No encontraba por dónde empezar a negarlo, así que dijo lo que tenía más a mano.
—¿Lo estoy haciendo mal? Me corregiré. Es que he dormido poco, y hace frío en la nave, y yo…—No lo haces mal. Tu voz está mudando. A todos los muchachos les llega, a unos antes y a otros después, y no puedes mandarle que siga siendo la de antes. No es culpa tuya, ni del frío.
La frase quedó suspendida en la sala, y Bernat tardó unos instantes en comprenderla.
Después le llegó entera, como llega un golpe, y lo primero que pensó no fue en la música, ni en cuánto tiempo tardaría aquella voz en asentarse, sino en el jergón bajo la segunda ventana y en el de al lado, que había estado vacío después de que se marchara su antiguo ocupante.
—¿Me tengo que ir?
—Eso no lo decido yo.
—Puedo cantar otra voz cuando termine de cambiar.
Los hombres también cantan. O puedo quedarme y copiar.
Sé copiar, vos me habéis enseñado, y conozco todos los responsorios, y puedo ayudaros con las hojas, y limpiar el pupitre, y no doy trabajo, no lo he dado nunca.
—Calló un instante para tomar aire, y se oyó a sí mismo hablar demasiado deprisa—. Haré lo que haga falta.
El maestro lo dejó terminar. Cuando Bernat se calló, tardó en responder, y su voz salió seca y pausada, la de siempre, la que no sabía dulcificar nada.
—Los niños no permanecen en la escolanía porque quieran. Cuando termina su servicio entre los cantores, vuelven con los suyos, salvo que los superiores dispongan otra cosa. Eso no depende de mí.
Bernat sintió que el estómago se le cerraba y que las manos se le quedaban frías.
—Pero —prosiguió el maestro, mirando la hoja que tenía delante—, tu garganta hará lo que tenga que hacer. Los oídos son asunto tuyo. Si solo fueras esa voz, no te habría tenido copiando conmigo.
Bernat guardó aquella frase como se guarda una brasa, y no supo si lo que sentía era consuelo o algo peor, porque el maestro no había dicho que pudiera quedarse.
Había dicho que no era solo una voz. La diferencia, que Bernat no alcanzaba todavía a comprender, en aquel momento le parecía muy pequeña.
El maestro volvió al pergamino, y al poco rato empezó a sonar el zumbido grave de siempre, como si en la sala no hubiera ocurrido nada y fuera una tarde igual a las demás.
Se lo dijeron al día siguiente, en la galería, fra Dalmau y otro monje más viejo que Bernat apenas conocía.
No hubo nada solemne. Fra Dalmau le puso la mano en el hombro y le explicó que avisarían a sus padres por medio de un traginer de Monistrol, que pasarían algunos días hasta que pudieran subir a buscarlo, y que mientras tanto seguiría con sus tareas y cantaría con los demás mientras la voz se lo permitiera.
Lo dijo con la misma amabilidad con que habría hablado de cualquier cambio dentro de la casa, y no había nada cruel en su tono, porque para él aquello era algo que había visto mil veces antes.
Mientras lo escuchaba, Bernat vio al fondo de la galería al maestro hablando con otro hermano en voz muy baja, con la cabeza inclinada y el gesto de quien insiste en algo, y no pudo oír una sola palabra de lo que decían.
Nunca supo si aquella conversación había tenido algo que ver con él.