LV. La separación #2
—He pensado mucho estas últimas semanas sobre qué lugar ocupáis ya en esta casa.
Y después de esta noche, lo tengo más claro que nunca.
Quiero que completéis vuestro noviciado aquí y, cuando llegue el momento, profeséis como uno de los nuestros.
Y estoy dispuesto a respaldarlo ante quien haga falta.
Bernat se quedó callado. Era, palabra por palabra, casi exactamente lo que había soñado desde el primer día que puso los pies en aquel monasterio: pertenecer, quedarse, dejar de ser el muchacho que llegaba de fuera y convertirse, por fin, en parte de aquella comunidad que tanto había admirado.
Había imaginado ese momento en las noches más difíciles, como el único premio capaz de compensar todo lo que estaba arriesgando.
Y ahora que lo tenía delante, dicho con toda la sinceridad de que Vicenç era capaz, no sentía nada de lo que había imaginado sentir.
—¿No es eso lo que queríais? —preguntó Vicenç, al ver que Bernat no respondía.
—Lo era.
Lo dijo sin pensarlo, y en cuanto lo oyó salir de su propia boca comprendió que aquella respuesta, tan corta, decía mucho más de lo que él mismo habría sabido explicar con más palabras.
Había pasado meses queriendo que alguien, cualquiera con autoridad suficiente, le dijera que merecía un lugar allí.
Y ahora que el hombre que gobernaba aquella casa se lo decía, Bernat descubría que la pregunta que le importaba ya no era si Montserrat lo quería a él, sino si él seguía queriendo, después de todo lo que había visto, ser parte de aquella casa.
No era que hubiera dejado de creer en Montserrat.
Vicenç mismo, con la decisión que acababa de tomar, con el coste que estaba dispuesto a asumir por no repetir el silencio de Arnau, era la prueba de que aquella comunidad todavía podía corregirse, todavía podía elegir la verdad cuando le costaba más que la mentira.
Pero Bernat había visto también cómo un hombre bueno, o que un día debió de serlo, había ido cediendo, año tras año, decisión tras decisión, hasta convertirse en cómplice de algo que ya no podía detener.
Había visto que dentro de aquellos muros, tan seguros en apariencia, cabían el miedo y el poder y el error tanto como la fe.
Y había descubierto, sin buscarlo, que ya no era el mismo muchacho que solo pedía que le dejaran quedarse.
—No hace falta que respondáis ahora —dijo Vicenç, con una calma que no ocultaba del todo su sorpresa ante el silencio de Bernat—. Tomaos el tiempo que necesitéis.
Bernat asintió, pero no se levantó.
—Padre prior... Creo que durante mucho tiempo pensé que lo que quería era quedarme aquí. —Bernat tardó unos instantes en continuar—. Que si conseguía un lugar en Montserrat, si podía seguir trabajando en el scriptorium y algún día profesar, ya sabría qué debía hacer con mi vida.
—¿Y ahora no?
—Ahora no estoy seguro de que fuera eso lo que buscaba.
Vicenç no pareció ofenderse.
—¿Qué ha cambiado?
Bernat pensó en el maestro, en las piezas que había copiado una y otra vez, en aquella primera nota que no sonaba como debía y en todo lo que había nacido de algo tan pequeño.
—Quizá el cancionero.
Vicenç frunció apenas el ceño.
—¿El cancionero?
—Creía que mi trabajo consistía en dejar las cosas como otros habían decidido que debían quedar.
Copiarlas bien. No añadir nada. No perder nada.
—Bernat bajó un momento la vista hacia sus manos—.
Pero estos meses he pasado más tiempo preguntándome por qué estaba escrita una nota que copiándola.
Y no sé si, después de eso, puedo volver a pensar en la música del mismo modo.
Vicenç permaneció callado sin dejar de mirarlo con curiosidad.
—Tal vez haya descubierto que quiero seguir haciendo esto —continuó Bernat—. No sé dónde. Ni para quién. Pero no sé si quiero que el último lugar al que llegue mi trabajo sea esta montaña.
Bernat había esperado algún reproche, quizá incluso que Vicenç retirara lo que acababa de ofrecerle. El prior, sin embargo, se limitó a estudiarlo durante unos segundos más.
—Entonces será mejor que tampoco deis por terminado todavía el cancionero.
Bernat levantó la cabeza.
—Está prácticamente acabado.
—Prácticamente no es acabado.
—Quedan muy pocas cosas que revisar.
—Precisamente por eso pueden esperar.
Vicenç se levantó y caminó hasta la mesa donde guardaba los papeles que había estado leyendo antes de que Bernat entrara.
—Estas piezas no se han reunido para permanecer encima de una mesa —dijo—.
Se han reunido para los peregrinos. Para las vigilias, para cuando quieran cantar en la iglesia o fuera de ella sin convertir el santuario en una taberna.
Antes de decidir que no necesitan nada más, quiero oírlas allí donde tendrán que servir.
Bernat lo comprendió.
—¿Queréis esperar a las próximas vigilias?
—Quiero que algunas vuelvan a cantarse. Que escuchéis qué funciona, qué cuesta demasiado, qué termina cantando la gente y qué solo cantamos nosotros. Después podréis revisar lo que falte. No hay ninguna necesidad de cerrar ahora lo que todavía podemos mejorar.
—Puede que yo ya no esté aquí.
—Pues os lo pediré como un favor de amigo.
—¿Y si necesito cambiar algo?
—Para eso os pido que estéis presente. Que las estudiéis.
Hubo algo extraño en aquellas palabras. Durante meses Bernat había trabajado para terminar el libro, como si alcanzar la última línea pudiera poner también un final a todo lo que había ocurrido alrededor de él. Ahora Vicenç acababa de devolverle tiempo.
—Terminad lo que tengáis que terminar —añadió el prior—. Pero no lo cerréis todavía. Será una primera versión.
Bernat asintió.
—Gracias, padre prior.
Esta vez, cuando se levantó, comprendió que no sabía si aquellas gracias eran por la propuesta de quedarse, por permitirle no responder todavía o por haber dejado abierta una obra que, unas horas antes, había creído a punto de terminar.
—Id a descansar. Habéis pasado una noche que ningún hombre debería tener que pasar.
Bernat se despidió y salió de la cámara prioral con el mismo cuaderno todavía bajo el brazo, sin haber dicho lo único que en ese momento no habría sabido cómo decir: que la puerta que Vicenç acababa de abrirle era, quizá, la que llevaba toda su vida esperando cruzar, y que ahora, por primera vez, era él quien no sabía si quería hacerlo.