El libro rojo de Montserrat LV. La separación
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LV. La separación

E ncontró a Vicenç ya despierto cuando el sol apenas empezaba a colarse por el ventanuco de la cámara prioral.

Bernat había pasado el resto de la noche sin dormir, repasando una y otra vez, mientras se lavaba la cara y se cambiaba el hábito manchado, el orden en que iba a contarlo todo: primero la desobediencia, después el aviso, después Ramon, después lo que Arnau acababa de confesarle.

Llegó con aquel orden ya fijo en la cabeza, decidido a no dejar fuera ni una sola pieza, aunque cada una de ellas lo comprometiera.

—Padre prior.

—Bernat —Vicenç levantó la vista, y algo en su expresión, una fatiga que no era solo la de una mala noche, le dijo a Bernat que aquella conversación no iba a empezar como él la había planeado—. Sentaos.

—Lo que tengo que deciros, padre prior, no va a ser breve —dijo Bernat, tomando asiento.

—Lo sé. Y antes de que empecéis, necesito que sepáis algo.

Bernat esperó, con el corazón todavía acelerado por la falta de sueño y por todo lo que llevaba guardado.

—Arnau ha estado aquí. Antes del amanecer.

—¿Aquí?

—En esta misma cámara. —Vicenç lo miró con atención, midiendo, quizá, cuánto de aquello ya sabía Bernat—. Vino él mismo y me lo contó todo. Las cuentas. Cardona. Guerau. Lo que sabía del maestro. Lo que hizo para que os interceptaran en el camino. Lo de Jaume.

Bernat sintió que el suelo, durante un instante, se movía bajo sus pies. No había esperado aquello, aunque la última frase que le dijo Arnau debería haberla entendido como tal.

—¿Os lo contó todo?

—Creo que sí. Me contó cómo empezó la relación con Cardona, hace años, con Empúries después, antes incluso de que él se ocupara de la sacristía. Me contó cómo Guerau fue pidiendo cada vez más, hasta que Arnau dejó de poder controlarlo.

—¿Y de mí? ¿Os habló de mí?

—Me dijo que os hizo bajar deliberadamente a Monistrol, para que los hombres de Guerau pudieran interceptaros.

Me dijo que no ordenó la paliza a Jaume, y que cuando lo supo comprendió que ya no controlaba nada de lo que había puesto en marcha.

Y me contó lo de esta noche: que envió a Guillem para seguiros, que entrasteis en la misma dependencia donde murió el maestro y que Guillem fue a buscarlo en cuanto comprendió dónde os habíais encerrado.

Bernat cerró los ojos un instante, sorprendido de que Arnau hubiera sido capaz de contar aquello con la misma crudeza con que se lo había contado a él.

—Pero eso no es todo, padre prior.

—Lo sé. —Vicenç lo miró de frente—. Arnau no podía contarme lo que hicisteis vos.

Bernat respiró hondo, y comenzó.

—Vos me ordenasteis que no actuara por mi cuenta mientras comprobabais lo que os había contado. Lo desobedecí esa misma noche.

—Qué sorpresa...

—Ramon, el traginer amigo mío, había oído que Guerau preparaba un nuevo transporte hacia Bar, pronto, en cuestión de días.

Le pedí que hiciera llegar un aviso, verbal, a alguien capaz de valorarlo.

Que existía un transporte hacia Bar y que podía estar relacionado con Foix.

No le dije más, porque no sabía más, y porque no quería comprometerlo más de lo necesario.

Vicenç se quedó en silencio un momento, con las manos entrelazadas sobre la mesa, y cuando habló, lo hizo con una firmeza que a Bernat le recordó, dolorosamente, a la de aquella primera conversación en la que le había prohibido volver a las cuentas.

—Os di una orden clara, Bernat. Y decidisteis, por vuestra cuenta, que sabíais mejor que yo cuándo había que actuar.

—Lo sé, padre prior.

—No os lo digo para castigaros. Os lo digo porque es cierto, y porque después de esta noche no pienso empezar a construir con vos el mismo tipo de silencios que acabo de escuchar de Arnau durante media hora.

Desobedecisteis. Pusisteis en peligro a ese traginer.

Y callasteis una amenaza real que después recayó sobre Jaume, que ni siquiera sabía por qué lo golpeaban.

Todo eso es verdad, y no voy a fingir que no lo es.

—Así debe ser, padre prior.

—Pero también es verdad que, si no hubierais seguido investigando después de que yo os lo prohibiera, probablemente seguiríamos sin saber nada de todo esto.

Que si no hubierais avisado a Ramon, ese transporte habría llegado adonde tenía que llegar sin que nadie levantara un dedo y esta casa habría seguido, aunque yo no lo supiera, ayudando a hombres que combaten contra la Corona.

Y que esta mañana, en vez de venir aquí a callaros lo que hicisteis mal, habéis venido a contármelo todo, incluso lo que más os perjudica, cuando podríais haber dejado que la confesión de Arnau bastara.

Bernat no supo qué responder a eso, y Vicenç, sin esperar respuesta, se levantó de la mesa y caminó por la sala con las manos cruzadas a la espalda.

—Ya he tomado algunas medidas —dijo, sin volverse—.

Arnau queda apartado, con efecto inmediato, de cualquier función relacionada con cuentas, pagos, compras o tratos con proveedores externos.

Seguirá viviendo en la casa, de momento, como cualquier otro hermano, mientras se decide qué corresponde hacer con él.

Pero no volverá a tener en sus manos nada de lo que tuvo hasta ayer.

—¿Y Guillem?

Vicenç tardó un instante en responder.

—También he hablado con él. Guillem no ha negado nada. Reconoce que os advirtió y que después os siguió, por orden de Arnau, esperando que fuerais a buscar aquello que guardabais.

—Eso es verdad.

—Y cuenta a su favor. Pero no borra lo demás.

De momento queda apartado de la sacristía desde hoy.

Durante un tiempo comerá separado de la comunidad y hará únicamente el trabajo que se le asigne, sin ninguna función de confianza.

Después veremos si ha hecho la satisfacción necesaria para recuperar algo de lo que ha perdido.

Bernat pensó en la confesión de Guillem junto a aquella puerta. En el puesto mejor que esperaba obtener algún día, en la confianza de Arnau que había querido ganarse.

—Quería prosperar aquí.

—Como todos.

—Entonces ha perdido precisamente aquello por lo que lo hizo.

Vicenç se volvió hacia él.

—Las decisiones tienen consecuencias, Bernat. También cuando uno se arrepiente después.

—¿Lo expulsaréis?

—No. No mientras haya en él voluntad de enmienda.

La Regla de San Benito no nos obliga a deshacernos de un hermano a la primera caída, sino a corregirlo.

Guillem hizo mal, y lo sabe. También fue a buscar ayuda cuando comprendió lo que había provocado.

Dios juzgará qué había realmente en su corazón.

A mí me corresponde decidir qué puede confiársele a partir de ahora.

Bernat asintió.

—¿Y Guerau?

—Con Guerau cortaremos toda relación, aunque ponga en entredicho el buen nombre de esta casa.

—Se volvió, por fin, para mirarlo—. Guerau sabe demasiado sobre Montserrat.

Si yo me limito a romper el trato con él en silencio, y él decide, dentro de un mes o de dos, hablar de lo que sabe, quedaremos como una comunidad que prefirió ocultar antes que actuar, o, lo que es peor, que se puso del lado de quienes conspiran contra la Corona.

Esta misma mañana he escrito a quien tiene autoridad sobre esta casa, contándole lo esencial: que hemos descubierto irregularidades graves cometidas desde la administración de Montserrat por Arnau, en relación con Guerau Serra y con intereses contrarios a la Corona.

Y he pedido que esa información llegue, por la vía que corresponda, a quien tenga autoridad para juzgarla.

Bernat sintió vértigo ante la magnitud de lo que Vicenç acababa de decir.

—Eso puede perjudicar a Montserrat.

—Puede. Habrá preguntas. Quizá una inspección de nuestras cuentas. Quizá algunos benefactores decidan que ya no confían en nosotros como confiaban ayer. No voy a deciros que esto pasará sin más, porque no lo sé.

—Y aun así lo habéis hecho...

—Porque la alternativa era exactamente lo que Arnau hizo durante años: pensar que callar protegía a esta casa, cuando en realidad la exponía cada día un poco más.

Si Montserrat ha de conservar algo parecido a su buen nombre, no será escondiendo lo que puede deshonrarla, sino mostrando que, cuando lo descubre, actúa.

Y, por encima incluso del buen nombre de esta casa, tendremos que responder ante Dios de lo que hagamos ahora que conocemos la verdad.

Bernat se quedó mirándolo, sin encontrar, durante un momento, ninguna palabra que estuviera a la altura de lo que acababa de oír.

Aquel era el mismo hombre que, meses atrás, le había explicado con toda la paciencia del mundo por qué no podía acusar a nadie sin pruebas suficientes, por qué la prudencia importaba más que la urgencia, por qué un prior no podía permitirse actuar sobre sospechas.

Y ahora, con las pruebas ya en la mano, había elegido el camino más costoso, no el más cómodo.

—Debí prestaros más atención la primera vez que vinisteis a contarme lo que habíais encontrado —dijo Vicenç, con una voz distinta, más baja—.

Quizá, si hubiera investigado con más rapidez, o si hubiera confiado antes en lo que traíais, algunas de estas cosas se habrían evitado.

No voy a cargar sobre vos toda la responsabilidad de lo que ha pasado. Parte de ella es mía.

—No creo que hubierais podido hacer más de lo que hicisteis, padre prior.

—Quizá no. Pero eso no me exime de nada.

Se quedaron los dos en silencio un momento, y Bernat, agotado ya de sostener durante tanto tiempo la tensión de aquella conversación, sintió que por fin se deshacía el nudo que le había acompañado en los últimos meses.

—Gracias, Bernat. Gracias por haber insistido cuando lo más fácil habría sido dejarlo estar, como hice yo mismo durante demasiado tiempo.

Bernat asintió, y Vicenç, tras un momento, añadió algo que Bernat no esperaba.