LIV. La contrición #3
—Puede ser. No sé si serviría de algo que os dijera lo contrario. He venido, he abierto, y eso es lo único que puedo ofreceros esta noche que sea verdad sin adornos.
Se quedaron los dos en silencio un momento, y Bernat, mirando a aquel hombre que acababa de deshacer con unas pocas frases meses enteros de sospechas y de miedo, no encontró en sí mismo ni perdón ni tampoco el consuelo de una respuesta completa.
Arnau se quedó mirándolo un momento, y algo en su expresión cambió, como si una pregunta que llevaba mucho tiempo esperando su turno hubiera decidido, por fin, no esperar más.
—Después de que lo encontráramos buscamos entre sus cosas.
Yo mismo revisé su estancia, sus papeles, todo lo que tenía.
No encontré nada. Ni una carta, ni una sola línea que explicara qué había estado mirando ni por qué.
Solo algunas notas sueltas, dos hojas que había dejado apartadas del resto y unas marcas en los márgenes que me llevé pero no supe interpretar.
Durante mucho tiempo creí que lo que él sabía había muerto con él.
Y semanas más tarde, vos empezasteis a hacer las mismas preguntas.
—Sí.
—¿Qué dejó él que yo no encontré y vos sí?
Bernat podía decir que no lo sabía, que simplemente había tenido suerte, y Arnau, agotado como estaba, quizá ni siquiera habría insistido.
Pero llevaba toda la noche viendo cómo un hombre se deshacía, silencio a silencio, y le pareció que responder con otra evasiva habría sido, en ese momento, una traición pequeña pero real a todo lo que acababa de escuchar.
—No dejó ningún papel.
—Entonces, ¿qué?
—Música.
Arnau frunció el ceño, sin comprender todavía, y Bernat, buscando las palabras más sencillas que pudo encontrar, continuó.
—Cambió algunas piezas del cuaderno del que yo estaba copiando.
No mucho. Un pequeño giro, unas notas. Cualquiera que no conociera aquella música tal como él la cantaba habría pasado por alto el cambio sin pensarlo dos veces.
Yo mismo, al copiarlas, corregí aquellas diferencias sin entender lo que estaba haciendo.
Solo después, cuando volví al cuaderno del maestro y comparé una cosa con la otra, comprendí que no eran errores.
—¿Y eso os llevó a...?
—A Sant Vicenç, primero. Después a Sant Pere. Cruzando esos dos nombres con las cuentas de sacristía apareció Cardona. Y después Empúries. Y al final, Guerau.
Arnau se quedó callado, reordenando, con aquella información nueva, meses enteros de una búsqueda que había dado por cerrada demasiado pronto.
—Y yo buscando papeles. A qué otro loco se le ocurriría algo así... —dijo Arnau, con media sonrisa.
—Al mejor músico que ha pasado por aquí.
—Nunca pensé en la música —dijo Arnau, casi para sí mismo—. Ni una sola vez. Busqué cartas, busqué nombres escritos, busqué cualquier cosa que se pudiera leer con los ojos. Y él lo escondió en un lugar donde yo no sabría mirar aunque lo tuviera delante.
—No podíais saberlo. No era vuestro oficio.
—Pero era el suyo. Escondió la verdad en lo único que sabía hacer mejor que nadie, sabiendo que solo alguien capaz de oír lo que él oía podría encontrarla. Y vos sabíais dónde mirar...
—No. Yo lo conocía. No es lo mismo.
Arnau bajó la vista un instante hacia el cuaderno que Bernat todavía llevaba apretado contra el pecho, y Bernat, viendo aquel gesto, se preparó, sin quererlo, para la pregunta que temía.
No llegó. Arnau volvió a mirarlo a la cara, sin ningún intento de pedirle que se lo entregara, sin preguntar qué contenían aquellas hojas ni si guardaban algo más de lo que Bernat acababa de contarle.
—Entonces todo este tiempo la respuesta estuvo delante de mí. En el cuaderno que yo mismo acepté, ante Vicenç, que usarais para la copia.
Arnau se quedó un momento más en silencio, con el peso de aquella última pieza asentándose sobre todo lo demás que ya había confesado.
—¿Qué esperáis que haga con todo esto? —preguntó Bernat.
—No sé lo que haréis vos. Pero lo que yo haré ya lo tengo decidido.
Se apartó entonces, un paso, y después otro, y Bernat no intentó detenerlo.
No había ya nada más que preguntar que Arnau no le hubiera respondido, y nada que decir que fuera a cambiar lo que acababa de oír.
Vio cómo se alejaba por el corredor, más despacio que antes, con los hombros algo más caídos de lo que Bernat le había visto nunca, hasta que dobló el recodo y desapareció.
Se quedó solo, con la puerta abierta a su espalda y el cuaderno todavía apretado contra el pecho, y comprendió que lo que acababa de oír no podía quedarse encerrado en aquel corredor junto con él.
Arnau había pasado meses, quizá años, decidiendo solo qué contar y qué callar, y esa cadena de silencios había terminado, esa misma noche, a un paso de matarlo a él también.
No pensaba continuarla. En cuanto amaneciera, o antes, si encontraba a Vicenç despierto, le contaría todo: la desobediencia, el aviso enviado con Ramon, y ahora, también, lo que Arnau acababa de confesarle sobre el maestro, sobre sí mismo.
Echó a andar, despacio, hacia las dependencias habitadas de Montserrat, dejando atrás el cuarto donde había estado a punto de morir.