El libro rojo de Montserrat LIV. La contrición #2
85%

LIV. La contrición #2

—Guillem me lo contó. Me dijo que el maestro llevaba semanas mirando cuentas que no le correspondían.

Le pregunté qué sabía exactamente, con más insistencia de la que debí usar con un hombre que solo cumplía con avisarme de algo que consideraba su obligación.

Y Guillem, viéndome así, se asustó. Fue a buscar al maestro esa misma noche para prevenirlo, pero no lo encontró.

—¿Y vos qué hicisteis?

—Nada. Esperé. Y cuando pasaron los días y seguía sin aparecer, empecé a decirme que se habría marchado. Necesitaba creerlo. Era más fácil que preguntarme qué había hecho yo para que un hombre tuviera tanto miedo de mí como para desaparecer sin decir nada a nadie.

Bernat sintió que la rabia, contenida durante toda la noche bajo capas de miedo, empezaba a abrirse paso.

—Y cuando lo encontraron...

—Cuando lo encontraron comprendí lo que había pasado —dijo Arnau, bajando la voz casi hasta el susurro—.

Había huido por su propia voluntad, sí, pero no porque quisiera marcharse.

Huyó porque tuvo miedo, como tú hoy. Quizá creyó que Guillem había ido a buscarlo para hacerle algo.

Quizá me vio a mí después y pensó lo mismo.

No lo sé. Lo único que sé es que aquella noche debió de convencerse de que alguien iba detrás de él, y que yo le había dado motivos para creerlo.

Se escondió porque pensó que necesitaba protegerse de nosotros.

Y acabó encerrándose en este mismo lugar.

—¿Por qué no se lo dijisteis a alguien? ¿Cómo pudisteis ser tan cruel?

Arnau tardó en responder. Cuando lo hizo, no miraba a Bernat, sino a algún punto indefinido del suelo.

—Porque decirlo significaba explicar por qué el maestro había estado revisando aquellas cuentas. Y explicar eso significaba explicar de dónde salía el dinero que faltaba, y a quién iba, y desde cuándo. Habría tenido que contarlo todo. Y no me sentí capaz.

—¿Qué es todo?

Arnau se quedó callado un momento más, y Bernat, que empezaba a sentir el frío del corredor calándole el cuerpo agotado, no lo apremió.

Esperó, sabiendo que si presionaba demasiado, aquel hombre podía cerrarse de nuevo, como llevaba haciéndolo, según acababa de admitir, desde hacía mucho más tiempo del que Bernat había imaginado.

—Hace años que esta casa mantiene una relación con Cardona y Empúries —dijo Arnau por fin—, que nunca ha figurado en ningún libro con su verdadero nombre.

Empezó antes que yo, con una deuda antigua, un favor de otra época que alguien decidió que convenía mantener en secreto para no comprometer a Montserrat frente a según quién.

Cuando yo llegué a ocuparme de la sacristía, la encontré ya funcionando, discreta, pequeña, una partida aquí, un pago allá, disfrazado de cera o de luminaria.

Me pareció, entonces, algo que no me correspondía a mí decidir.

Formaba parte de la casa, así que lo sostuve.

—¿Y Guerau?

—No fue Guerau al principio. Había otro hombre antes que él, un procurador que llevaba desde hacía años algunos asuntos de Cardona y de Empúries y que conocía aquella relación desde mucho antes de que yo llegara a la sacristía.

Guerau empezó trabajando con él. Aprendió qué pagos podían hacerse, bajo qué nombres se anotaban y a quién había que recurrir cuando alguna de las dos casas reclamaba lo que consideraba suyo.

Cuando aquel hombre dejó de ocuparse de esos asuntos, Guerau ocupó su lugar. Al principio no cambió nada.

—¿Y después?

—Después empezó a pedir más —Arnau apretó los labios—.

Primero cantidades pequeñas. Siempre con alguna explicación que se parecía lo suficiente a las anteriores como para que yo pudiera aceptarla sin hacer demasiadas preguntas.

Después dejó de parecerse tanto. Un pago se convirtió en dos, una partida en otra mayor, y cuando quise comprender para qué se estaba usando realmente aquella relación, yo llevaba demasiado tiempo sosteniéndola como para fingir que no sabía nada.

Pensé que podía controlarlo, que era yo quien decidía cuánto se movía y hacia dónde.

Con el tiempo comprendí que era exactamente al revés.

—¿Sabíais para qué servía?

—Sabía que servía para algo más grave de lo que había servido al principio.

No conocía los detalles. No sabía de Bar, ni con qué exactitud se relacionaba con Foix, hasta que las cosas empezaron a írseme de las manos.

Sabía que debía detenerme. Y no lo hice.

Cada vez que podía parar, parar significaba admitir todo lo anterior, y siempre me pareció más fácil callar una cosa más.

—Habéis ayudado a hombres que se han levantado contra la Corona. Eso no es esconder unas cuentas.

Arnau sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Lo sé.

—Es traición.

Arnau bajó la vista.

—Cuando comprendí hasta dónde llegaba, ya llevaba demasiado tiempo diciéndome que solo movía dinero, que no era asunto mío lo que Guerau hiciera después con él.

Era una manera cómoda de mentirme. Si aquel dinero ha servido para alimentar a los hombres de Foix, entonces también yo los he ayudado a permanecer allí.

No importa que nunca empuñara una espada por ellos.

—¿Y seguisteis haciéndolo?

—Durante más tiempo del que puedo justificar ante el prior o ante Dios.

Bernat sintió que el pecho se le llenaba de una furia fría.

—Y luego llegué yo —dijo Bernat.

—Luego llegasteis vos. Haciendo las mismas preguntas. Mirando las mismas cuentas. Y yo, en vez de aprender algo de lo que había pasado con el maestro, hice lo único que sabía hacer: intentar conteneros antes de que llegarais demasiado lejos.

—Me enviasteis a Monistrol. Aquella tarde de los broches.

—Sí.

Lo dijo sin dudar, sin buscar ninguna palabra que lo suavizara, y aquella franqueza, que en otro momento podría haber sonado a valentía, a Bernat le resultó, en cambio, casi peor que cualquier excusa que hubiera podido inventar.

—Avisé a Guerau de que había un copista haciendo demasiadas preguntas y que podía sospechar del trato que teníamos.

Y cuando necesité que bajarais aquella tarde exacta, lo organizamos para que fuera así.

Queríamos que os asustaran. Que os dejaran claro que debíais deteneros. No quería que os hicieran daño.

—¿Y a Jaume?

Arnau cerró los ojos.

—Eso no lo ordené. Nunca. Cuando supe lo que le había pasado, comprendí que aquellos hombres ya no obedecían a nadie que yo pudiera controlar.

Que Guerau tenía más recursos de los que yo había querido ver, y que la vigilancia que yo había puesto en marcha se había convertido en algo que se movía solo, sin necesitar mi permiso para hacer daño.

—¿Y aun así seguisteis callando?

—Así es.

—¿Por qué?

—Por la misma razón de siempre —dijo Arnau, y soltó el aire despacio, como si aquella respuesta le costara físicamente—.

Confesar lo de Jaume habría significado confesar lo vuestro.

Y confesar lo vuestro habría significado confesar lo del maestro.

Cada silencio pedía el siguiente para poder sostenerse.

—¿Por qué mandasteis a Guillem seguirme esta noche?

—Porque llevaba días pensando que guardabais algo del maestro.

Algo que yo no había encontrado. Después de hablar con Guillem comprendí que, si sospechabais que os buscábamos, quizá intentaríais moverlo.

Le pedí que os siguiera, nada más. Quería saber adónde ibais y qué intentabais proteger.

Deteneros, si hacía falta. No pretendía que ocurriera esto.

—Entré aquí huyendo de él.

—Lo sé. Vino a buscarme en cuanto oyó cerrarse la puerta.

—¿Y cuando os dijo dónde estaba?

Arnau tardó, esta vez, mucho más en responder. Cuando lo hizo, la voz le salió más pequeña que en todo el resto de la conversación.

—Reconocí el lugar en cuanto me lo describió. Sabía exactamente qué estancia era. Sabía qué había pasado ahí dentro.

—Y vinisteis.

—Sí.

No añadió nada más durante un instante, y Bernat, que ya no tenía fuerzas para seguir empujándolo con preguntas, esperó, dejando que el propio silencio hiciera lo que sus palabras ya no podían.

—Con el maestro pude decirme que no sabía dónde estaba —dijo Arnau, por fin—.

Pude repetirme durante meses que no tuve manera de encontrarlo, que no sabía que se había encerrado aquí, que si lo hubiera sabido habría venido.

Esta noche Guillem apareció delante de mí y me dijo exactamente dónde estabais.

Si no hubiera bajado, ya no habría podido decirme lo mismo nunca más.

Habría sabido, para siempre, que os dejé morir a propósito, sabiendo exactamente dónde estabais y exactamente lo que os esperaba.

Bernat sintió que algo se le rompía por dentro, no de alivio, sino de una tristeza distinta que no supo nombrar del todo.

—Habéis venido por vos. No por mí.