El libro rojo de Montserrat LIV. La contrición
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LIV. La contrición

B ernat se apartó de la puerta, muy despacio, y se quedó de pie en mitad de la oscuridad completa del cuarto, con los brazos caídos a los costados y una sensación de vacío que no había sentido en ningún otro momento de su vida.

Porque esto era distinto. Esto era la ausencia misma de nada contra lo que luchar.

Por primera vez desde que había comprendido dónde estaba, dejó que la posibilidad de morir allí, de verdad, dejara de ser una idea abstracta y se convirtiera en algo que su cabeza empezaba a aceptar.

No se permitió, sin embargo, ninguna despedida solemne.

No pensó en Jaume, ni en Vicenç, ni en Ramon, más allá de la manera fugaz en que un hombre piensa en las personas que le importan cuando el miedo lo empuja hacia ellas sin que él lo decida.

Su mente, entumecida por el frío y por la espera, no tenía ya fuerzas para construir nada más elaborado que el simple hecho de seguir respirando, de seguir escuchando, de seguir esperando algo que cada minuto que pasaba parecía menos probable.

El silencio se estiró tanto que Bernat empezó a temer que ya no distinguiría, aunque llegara, ningún sonido nuevo entre el zumbido que le quedaba en los oídos de tanto forzar la escucha.

Cerró los ojos, aunque la oscuridad no cambiaba nada al hacerlo, y se concentró en respirar despacio, en no dejar que el pánico volviera a apoderarse de él de la misma manera que lo había hecho tantas veces esa noche, porque comprendía, con una lucidez extraña que le llegaba precisamente en el peor momento, que gritar o llorar no iba a devolverle nada de lo que necesitaba.

Fue entonces, en mitad de aquel silencio que ya empezaba a parecerle definitivo, cuando le llegó algo.

Tan débil que, igual que el último paso de antes, no supo al principio si era real o si su propia desesperación se lo estaba inventando.

Se quedó completamente quieto, sin atreverse ni a respirar con normalidad, esperando que aquel sonido, si de verdad existía, volviera a repetirse.

Y volvió a repetirse. Un poco más claro esta vez, aunque todavía lejano, con la misma cualidad de paso sobre piedra que había estado escuchando toda la noche, solo que ahora, en vez de alejarse, parecía acercarse.

Bernat se incorporó, sin saber muy bien qué hacer con su propio cuerpo, dividido entre el impulso de correr de nuevo hacia la puerta y la prudencia extraña que le decía que aquel regreso no era, necesariamente, una buena noticia.

Escuchó otro paso, y otro, cada uno un poco más claro que el anterior, y comprendió que ahora, sin ninguna duda, alguien estaba volviendo.

Se quedó donde estaba, a un par de pasos de la puerta.

No sabía si quien regresaba era la misma persona que lo había perseguido por medio Montserrat o alguien distinto, ni qué intención podía tener al acercarse a aquella puerta, y mientras los pasos sonaban cada vez más próximos no supo si lo que se aproximaba era su salvación o el final de algo mucho peor que la espera en la oscuridad.

Los pasos llegaron, por fin, hasta el tramo inmediatamente exterior a la puerta, y allí se detuvieron.

No llegó ninguna palabra. Ninguna voz que le dijera quién era, ni qué pretendía, ni por qué había llegado hasta allí.

Solo aquel silencio espeso, y Bernat, con la espalda ya casi tocando el rincón más alejado del cuarto, sin haberse dado cuenta de cuándo había empezado a retroceder, esperó, sin saber ya si esperaba con esperanza o con terror, algo que le indicara qué iba a ocurrir a continuación.

Un roce de hierro, seco y metálico, exactamente en el punto donde Bernat recordaba haber tanteado, minutos antes, la pieza que no había podido alcanzar desde dentro. El sonido se repitió, más claro esta vez, el de un mecanismo que empezaba, lentamente, a moverse en su alojamiento.

El hierro siguió moviéndose, con un raspar seco que a Bernat le pareció, en aquel silencio absoluto, más ruidoso de lo que probablemente era.

Se quedó donde estaba. El mecanismo cedió del todo con un último chasquido, y después, durante un instante que a Bernat se le hizo eterno, no ocurrió nada más.

La puerta no se movió. Nadie la empujó. Solo se quedó, sin el cierre que la había mantenido trabada, esperando a que alguien decidiera qué hacer con ella.

Bernat dio un paso al lado, manteniendo la espalda contra la piedra del rincón, sin saber si aquella quietud repentina era peor que todo lo anterior.

Entonces la puerta se abrió. Se movió despacio, empujada desde fuera con la misma calma con que todo lo demás había sucedido aquella noche, y por el hueco que fue abriéndose entró una luz tan escasa que a los ojos de Bernat, acostumbrados ya a la oscuridad más completa, le pareció casi cegadora.

Cerró los párpados con fuerza, los abrió de nuevo despacio, y lo que vio primero no fue un rostro, sino una forma: alta, quieta en el umbral, recortada contra aquella luz insuficiente, con los contornos todavía demasiado imprecisos para que la mente de Bernat, agotada por el miedo y la oscuridad, no le devolviera, durante el latido de un solo segundo, la misma sombra del maestro que había creído ver perseguirlo por los pasillos de arriba.

No fue más que un instante. Su vista, ajustándose poco a poco a la luz, le devolvió, en el lugar de aquella sombra imposible, una cara que conocía bien: Guillem.

Bernat se quedó mirándolo sin comprender.

Durante un instante no consiguió unir aquella cara con los pasos que lo habían seguido desde el scriptorium, con la figura que había creído reconocer en la oscuridad, con el hombre que había permanecido al otro lado de la puerta mientras él suplicaba que lo dejara salir.

Pero Guillem no sostuvo su mirada. Bajó los ojos, y ese gesto bastó para que Bernat comprendiera antes de que dijera una sola palabra.

—Fuisteis vos.

Guillem tardó un momento en responder.

—Sí.

Bernat sintió que algo distinto del miedo le subía por el pecho.

—Me seguisteis.

—Sí.

—Después de venir a advertirme.

Guillem levantó la vista entonces, y había en su cara una tristeza que Bernat no le había visto días atrás.

—Perdonadme. Todo lo que os he contado era verdad.

También lo de hoy. Arnau me había preguntado por vos, por lo que sabíais y por lo que conservabais del maestro.

No os mentí en eso. He sido con vos todo lo sincero que podía ser.

Pero necesitábamos que os asustarais y dierais un paso en falso, que fuerais a buscar aquello que guardabais y nos mostrarais dónde estaba.

—¿Todo lo sincero que podíais ser?

Guillem se pasó una mano por la cara.

—Tenía que ayudarlo.

—¿Por qué?

—Porque no puedo pasarme toda la vida ayudando en la sacristía, Bernat.

—La voz de Guillem bajó todavía más—. Vos queréis profesar.

Queréis encontrar vuestro lugar aquí, que algún día se os confíe un oficio que sea vuestro y no seguir siendo siempre el muchacho al que otros dicen qué copiar y dónde sentarse.

Yo también quiero algo más. Llevo años haciendo lo que se me manda, llevando cuentas, moviendo cofres, ayudando a hombres que siempre tendrán por encima de mí un puesto que yo nunca tendré si nadie decide confiarme otra cosa.

Arnau puede hacerlo. Pero para eso tiene que confiar en mí.

—¿Y por eso me seguisteis?

—Por eso os seguí. Me pidió que averiguara qué hacíais y qué guardabais. Nada más. No iba a haceros daño.

Bernat miró hacia la oscuridad de la estancia a su espalda.

—Pero me dejasteis aquí.

—No. Cuando oí cerrarse la puerta comprendí dónde habíais entrado. Y sabía también que, mientras siguierais dentro, no podríais marcharos con aquello que llevabais. Fui a buscar a Arnau.

Bernat se quedó mirándolo durante un instante, sin encontrar nada que responder. Después dio un paso hacia el umbral, todavía con el cuaderno apretado contra el pecho, y salió de la estancia.

Y entonces vio a Arnau.

Estaba más atrás, a varios pasos de ellos, junto al punto donde el corredor empezaba a ensancharse antes del recodo, esperando en silencio.

No parecía haberse acercado mientras Guillem hablaba, y Bernat no supo cuánto de aquella conversación había oído.

Tenía la cara más cansada de lo habitual, sin la expresión firme con que tantas veces lo había visto dar órdenes en la sacristía.

Bernat volvió la mirada hacia Guillem.

—Podíais habérmelo dicho.

—No podía.

—Podíais haber elegido no seguirme.

Guillem abrió la boca, pero no encontró enseguida qué responder.

—Lo sé —dijo finalmente—. Y lo siento.

Arnau intervino entonces.

—Guillem.

Los dos se volvieron hacia él.

—Marchaos.

Guillem dudó.

—fra Arnau...

—Id. Yo hablaré con él.

Guillem bajó la cabeza. Antes de marcharse volvió a mirar a Bernat, y aquella vez no intentó decir nada más.

Había tristeza en sus ojos, y quizá vergüenza, pero Bernat no hizo ningún gesto que pudiera confundirse con un perdón que todavía no sentía.

Guillem se dio la vuelta y se alejó por el corredor hasta desaparecer tras el recodo.

Arnau esperó a que los pasos dejaran de oírse.

Bernat pensó durante aquel silencio en el maestro. En si Arnau habría hecho algo parecido hacía meses, enviando a alguien tras él por aquellos mismos corredores. Esta vez sí lo preguntó.

—¿Mandasteis también a alguien detrás del maestro?

—No.

—¿Estáis seguro?

—No envié a nadie tras él aquella noche. No sabía dónde se había metido. Si lo hubiera sabido, habría ido a buscarlo yo mismo.

—Pero murió por vuestra culpa.

—Murió por su miedo —dijo Arnau, despacio, como quien repite algo que se ha dicho a sí mismo tantas veces que las palabras ya han perdido el filo con que empezaron a pronunciarse—.

Un miedo que yo ayudé a provocar. Eso no lo voy a negar.

Pero no envié a nadie tras él. No sabía que se hubiera escondido en ningún sitio.

Cuando desapareció, pensé durante días que habría bajado a Manresa, o más lejos, a esperar a que las cosas se calmaran.

—Sabíais que preguntaba. Sabíais por qué.