El libro rojo de Montserrat LIII. La espera
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LIII. La espera

U n sonido, por fin.

Fue tan leve que Bernat no habría sabido jurar, un instante antes de oírlo, que existiera de verdad: algo arrastrado contra la piedra en algún punto muy cercano a la puerta, seguido de un silencio tan inmediato que casi parecía que quien lo había producido se hubiera dado cuenta de su propio descuido.

Había alguien. Seguía allí.

—¿Quién sois? —preguntó Bernat.

Lo hizo en voz baja, casi sin querer oírse a sí mismo, y esperó, con todo el cuerpo tenso contra la puerta, alguna respuesta.

Ni una palabra o sonido que pudiera interpretarse como respuesta a su pregunta, solo el mismo silencio de antes, aunque ahora Bernat sabía que aquel silencio no era el de un corredor vacío.

Recordó, sin poder evitarlo, el instante en que había visto por primera vez aquella figura en la penumbra del corredor de arriba, indudablemente humana pero sin rostro que la escasa luz le permitiera mostrar, y recordó también, con una punzada que le costó nombrar, la sensación absurda que le había cruzado el pecho durante la persecución, cuando el miedo y el cansancio le habían jugado, por un instante, la mala pasada de hacerle pensar en el propio maestro, en la manera en que se movía, en la paciencia con que hacía las cosas, como si algo de aquella forma persiguiéndolo en la oscuridad tuviera que ver con él.

Había sido una idea nacida del terror. Del terror y nada más, se repetía.

Fuera quien fuera, aquel hombre que permanecía inmóvil al otro lado de la puerta no tenía ninguna intención, por lo visto, de hacer algo.

—No puedo abrir desde aquí —dijo Bernat, con la voz un poco más firme que antes, aunque no mucho más—. La puerta no cede. Necesito que la abráis vos. Os lo suplico, por favor.

Se quedó esperando, con la mano apoyada sobre la madera, sintiendo bajo la palma la misma textura fría de siempre, sin que nada al otro lado le indicara que su petición hubiera sido oída, o comprendida, o siquiera considerada.

Podía ser, pensó, que quien estuviera fuera no tuviera intención alguna de hacer nada con lo que él le pidiera.

Podía ser que estuviera, simplemente, esperando algo distinto, algo que Bernat no alcanzaba a imaginar.

No podía verlo. No podía ni distinguir el más mínimo indicio que le permitiera saber si se trataba de un hombre alto o bajo, joven o viejo, alguien a quien conociera de toda la vida en Montserrat o uno de los desconocidos que se movían por los caminos y que ya habían demostrado saber demasiado sobre sus preguntas.

Solo sabía que estaba allí, inmóvil, tan cerca de él como la propia madera que los separaba, y que esa cercanía, que unas horas antes le habría parecido la peor de las amenazas, era ahora su única esperanza.

El tiempo pasó de una manera que Bernat no conseguía medir.

No tenía luz para comprobar nada, ni campana que le marcara las horas desde aquel rincón tan apartado del edificio, y se sorprendió a sí mismo intentando contar respiraciones, perdiendo la cuenta al poco de empezar, volviendo a empezar sin ningún propósito real más que el de ocupar la mente en algo que no fuera el propio miedo.

Las piernas le empezaron a doler de estar tanto rato en la misma postura, apoyado contra la puerta, y en algún momento se dejó caer despacio hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda todavía pegada a la madera, sin dejar de escuchar ni un instante.

Volvió a pensar en el maestro. No pudo evitarlo.

En cuánto tiempo habría tardado él, sentado quizá en ese mismo lugar, en comprender que nadie iba a llegar.

Si había llamado, como Bernat acababa de llamar.

Si había esperado, como Bernat esperaba ahora, algún sonido que le devolviera la esperanza.

Si había llegado a un punto, en algún momento de aquellas semanas que pasó allí dentro, en que dejó de escuchar del todo, porque ya no le quedaban fuerzas ni ganas de seguir esperando algo que ya sabía que no iba a llegar.

Se obligó a volver la atención hacia el presente, hacia la puerta, hacia el silencio concreto que tenía delante, que al menos, a diferencia del que probablemente había acompañado al maestro en sus últimos días, todavía contenía a alguien al otro lado.

Un nuevo roce, más claro que los anteriores, le hizo incorporarse de golpe, con el corazón desbocado otra vez.

—¿Seguís ahí? Por favor.

Un paso, claro esta vez.

Bernat golpeó la puerta con una esperanza tan repentina que le dolió en el pecho casi tanto como el miedo de antes, convencido durante una fracción de segundo de que aquel paso significaba que el desconocido se acercaba al fin al cierre, que la puerta estaba a punto de moverse, que aquella espera absurda había terminado.

Llegó otro paso, un poco más allá del anterior, y después otro, cada uno un poco más distante que el que lo precedía, con una regularidad que Bernat, con el corazón todavía acelerado por la falsa esperanza de un instante antes, tardó en comprender del todo.

Se estaba alejando.