LII. La clausura
L a figura se movió, y Bernat buscó con la mano libre el muro a su espalda, y encontró, apenas dos pasos más allá de donde estaba, el marco de una puerta baja que le pareció, sin necesitar pensarlo mucho, el acceso a algún almacén.
Una puerta cerrada, sólida, gruesa como todas las de aquel tramo inferior del monasterio.
Exactamente lo que necesitaba entre él y aquello que le perseguía.
Empujó la puerta, que cedió sin resistencia, entró de espaldas, sin dejar de mirar hacia el corredor por donde aquella figura imposible seguía avanzando, y cerró tras de sí con las dos manos, apoyando todo su peso contra la madera hasta oír el golpe seco del cierre encajando en su sitio.
Se quedó así un instante, con la espalda pegada a la puerta y el cuaderno todavía apretado contra el pecho, respirando con una fuerza que no había podido permitirse en todo el rato que llevaba huyendo.
La oscuridad del cuarto era completa, más densa incluso que la del corredor, y Bernat, por primera vez desde que había oído aquel primer roce de tela en el scriptorium, sintió que algo parecido al alivio le llegaba al cuerpo.
Solo entonces, protegido por la madera y con la figura fuera de su vista, empezó a abrirse paso en él una certeza mucho más sencilla que todo lo que acababa de sentir: el maestro estaba muerto.
Ni desaparecido, ni oculto en algún rincón de Montserrat, sino muerto.
Habían encontrado su cuerpo, lo habían enterrado, y él había estado presente en el velatorio.
Debía de haber sido el miedo, la oscuridad, aquella manera de inclinar la cabeza, de llevar los hombros y avanzar con un paso que su memoria conocía demasiado bien.
Algún hombre vivo al que la penumbra y todo lo que Bernat llevaba semanas pensando en el maestro habían dado durante unos instantes un rostro que en realidad no tenía.
La explicación era evidente ahora que una puerta lo separaba de aquello, aunque no consiguió que la imagen de la figura avanzando hacia él desapareciera del todo.
Una puerta cerrada. Un espacio pequeño y protegido. Al otro lado ya no había un muerto que hubiera regresado para buscarlo, sino alguien de carne y hueso que lo había seguido hasta allí. No era una victoria, pero era, por fin, un instante para respirar.
Escuchó con la oreja junto a la puerta.
Los pasos llegaron poco después, más claros de lo que habían sonado en ningún otro momento de la persecución, como si quien los daba ya no tuviera ningún motivo para disimularlos.
Se acercaron por el corredor, despacio, y se detuvieron, con una precisión que a Bernat le pareció casi peor que cualquier otra cosa, justo al otro lado de la puerta que él acababa de cerrar.
No dijo nada. No hizo ningún ruido más allá de intentar, sin conseguirlo del todo, que su propia respiración sonara menos entrecortada de lo que era.
El silencio que siguió se estiró tanto que Bernat empezó a preguntarse, con esperanza, si aquella pausa significaba que quien fuera que estuviera al otro lado había decidido marcharse, convencido de que Bernat había desaparecido por algún otro camino.
Sin embargo, no podía quedarse allí, confiando ciegamente en un silencio que no sabía interpretar.
Si la persecución se había detenido, quizá fuera mejor aprovechar ese momento para salir y buscar otro camino, alguno que lo alejara del todo de aquel tramo del edificio antes de que quien lo seguía decidiera comprobar, puerta por puerta, dónde se había metido.
Se apartó de la madera y buscó a tientas el borde de la hoja, esperando encontrar por dentro algún asidero, una anilla, cualquier cosa que le permitiera abrirla de nuevo.
Pero no encontró nada.
Bernat frunció el ceño y pasó las manos por la madera con más cuidado.
Tanteó primero a la altura en que habría esperado encontrar un tirador y después junto al marco, convencido todavía de que la oscuridad le estaba haciendo pasar por alto algo evidente.
Nada. Solo madera lisa y, entre la hoja y la piedra, una juntura tan estrecha que apenas podía introducir las yemas de los dedos.
Trató entonces de tirar de la puerta agarrándose a aquel borde. No se movió. Volvió a intentarlo con las dos manos, encajando los dedos cuanto pudo en la rendija y echando el cuerpo hacia atrás. La hoja ni siquiera cedió en su marco.
Y entonces recordó el golpe seco que había oído al cerrarla.
Volvió a recorrer con los dedos el borde de la puerta, esta vez más despacio, buscando el lugar del que había procedido aquel sonido.
Encontró hierro cerca de la parte superior del marco, pero no un mecanismo que pudiera accionar: apenas el extremo inaccesible de una pieza situada al otro lado de la hoja.
Estiró los dedos cuanto pudo, intentó alcanzarla desde la juntura y comprendió que era inútil.
El cierre estaba fuera.
Al cerrar la puerta, él mismo había hecho caer el pestillo exterior en su alojamiento. Desde el corredor bastaría levantarlo. Desde dentro, donde estaba Bernat, no había nada que levantar.
Se quedó quieto un momento, con la mano todavía extendida hacia aquella pieza de hierro que no podía alcanzar, y en ese instante, sin buscarlo, la extrañeza que sentía empezó a transformarse en algo distinto.
Una dependencia baja. Apartada. Con un cierre que no podía liberarse desde dentro.
Aquella noche en el cuarto de la cera, la voz rota de Guillem le había dicho que había buscado al maestro en su estancia, en el scriptorium y en la pequeña capilla, y que, al ver que faltaba su capa, había pensado que se había marchado de Montserrat.
Después habían preguntado por él incluso en Manresa.
Pero a Guillem nunca se le había ocurrido buscarlo tan cerca, dentro de los mismos muros de los que creía que había huido.
Y lo habían encontrado, semanas después, en la dependencia baja, la de las cosas viejas, la que casi nadie usaba desde que se cambió el almacén de arriba.
Bernat dejó de respirar.
No era una dependencia baja cualquiera. Era esta.
Tenía que ser esta, o una tan parecida que ya no importaba la diferencia: la misma clase de olvido, la misma clase de cierre pensado para servir desde fuera y no desde dentro, el mismo tipo de refugio que un hombre aterrado elegiría sin pararse a comprobar si podría volver a salir de él.
El maestro había huido, exactamente como Bernat acababa de huir.
Había buscado un lugar donde esconderse, exactamente como Bernat acababa de buscarlo.
Había cerrado la puerta con sus propias manos, convencido de que aquello lo protegía, exactamente como Bernat acababa de cerrarla con las suyas.
Y nadie había necesitado empujarlo dentro, ni encerrarlo, ni tocarlo siquiera.
Le había bastado con su propio miedo, y con una puerta que no perdonaba el error de cerrarla desde el lado equivocado.
Hasta aquel momento había imaginado al maestro huyendo después de que Guillem intentara advertirlo, espantado por algo que sabía o por lo que temía que pudieran hacerle.
Pero ¿y si no había huido solo del miedo?
¿Y si aquella noche también había oído pasos detrás de él?
¿Y si había recorrido esos mismos corredores buscando dónde esconderse porque alguien lo seguía?
Bernat volvió la cabeza hacia la puerta, aunque en la oscuridad apenas podía distinguirla.
La idea llegó entera, absurda y terrible: que el hombre que acababa de perseguirlo hasta allí fuera el mismo que había seguido al maestro meses atrás.
Que aquella puerta no hubiera recibido por casualidad a dos hombres aterrados, sino que alguien los hubiera conducido hasta ella del mismo modo, sin necesidad de tocarlos.
No tenía ninguna prueba. Guillem nunca había dicho que el maestro fuese perseguido. Ni siquiera sabía si alguien había salido tras él aquella noche. Pero ahora, encerrado en el mismo lugar y con alguien que había detenido sus pasos al otro lado, la posibilidad era demasiado precisa para apartarla.
Bernat se apartó de golpe de la pared, como si el contacto con la piedra le quemara, y durante un instante se quedó en mitad de la oscuridad sin saber qué hacer con lo que acababa de comprender, con el pecho tan apretado que le costaba llenar los pulmones del todo.
No era ya el miedo de que alguien lo persiguiera.
Era la comprensión de estar, en ese mismo momento, dentro del lugar exacto donde un hombre al que había querido había muerto solo, semanas enteras, sin que nadie lo encontrara a tiempo.
No se permitió quedarse con aquel horror más de lo que pudo evitar.
Volvió a la puerta, con más urgencia que antes, y tanteó de nuevo el marco entero, buscando cualquier otra pieza, cualquier resquicio, cualquier cosa que la primera búsqueda hubiera pasado por alto.
Empujó con el hombro, con todo el peso que pudo reunir, sin resultado alguno más que un dolor sordo que le subió desde la articulación.
Golpeó la madera con el puño, una vez, dos veces, y llamó, en voz baja al principio y después algo más alta, aunque una parte de él sabía, incluso mientras lo hacía, que nadie en las dependencias habitadas, tan lejos de aquel rincón olvidado del edificio, podría oírlo jamás.
Se apartó, respirando con dificultad, y recorrió con las manos el resto del cuarto, palpando toneles vacíos, un montón de aperos oxidados apilados contra un rincón, ningún otro hueco, ninguna otra abertura, ni ventana ni respiradero por donde pudiera intentar nada distinto de la puerta que acababa de negarse a abrirse.
Volvió a ella una vez más, con la desesperación creciente de quien empieza a admitir que ha agotado ya todas las opciones razonables, y golpeó de nuevo, más fuerte, llamando esta vez sin ningún cuidado por el volumen de su propia voz.
Nadie respondió. Ni desde dentro de Montserrat, demasiado lejos para oírlo, ni desde el otro lado de aquella misma puerta, donde alguien, minutos antes, se había detenido con una precisión que no dejaba lugar a la casualidad.
Bernat dejó de golpear. Apoyó la frente contra la madera fría, y se obligó a escuchar, buscando en el silencio cualquier indicio de que quien lo había seguido hasta allí seguía todavía al otro lado esperando, o de que se había marchado ya, convencido de haberlo dejado exactamente donde quería dejarlo.