LI. La visión
N o estaba solo, y durante el instante que siguió a esa certeza, Bernat no se movió en absoluto.
Se quedó con el cuaderno de trabajo apretado contra el pecho, la espalda pegada al borde del atril, buscando en el silencio que volvía a cerrarse sobre la sala alguna señal que le dijera si lo que acababa de oír tenía una explicación ordinaria: un gato que hubiera entrado por algún resquicio, una viga que trabajaba por la noche, cualquiera de las docenas de ruidos que un monasterio hacía cuando nadie lo escuchaba.
Y durante dos respiraciones enteras, contenidas, casi consiguió creerlo.
Después llegó un tercer sonido, y ese ya no admitía ninguna explicación tan sencilla: el roce inconfundible de una tela contra el marco de una de las mesas largas, en algún punto entre él y la puerta, demasiado deliberado para ser un animal, demasiado bajo para ser accidental.
Bernat no sabía quién era. No tenía ninguna manera de saberlo, allí, en la oscuridad casi completa de un scriptorium sin más luz que la que se colaba, débil y gris, por el ventanuco más alejado, y no pensaba quedarse a comprobarlo.
Guardó el cuaderno bajo el brazo, despacio, sin permitirse ningún movimiento brusco, y empezó a desplazarse hacia el lado contrario de la sala, tanteando con los dedos el borde de la mesa que conocía de memoria, buscando la salida secundaria que daba al pasillo de los archivos en vez de la puerta principal, por donde acababa de oír moverse a quien fuera que compartía con él aquella oscuridad.
Un cuarto sonido, exactamente cuando él terminaba de moverse, lo detuvo en seco.
No había sido un eco de su propio paso. Había llegado desde un lugar distinto, un poco más allá de donde él calculaba que estaba la mesa larga, y había llegado en el mismo instante, casi como una respuesta a que Bernat se hubiera movido.
Se quedó completamente quieto otra vez, con el corazón golpeándole ya con fuerza contra las costillas, y esperó, sin atreverse a repetir el experimento, a que algún indicio le confirmara o le desmintiera lo que acababa de sospechar.
Y entonces, cuando ya empezaba a convencerse de que quizá había imaginado la coincidencia, otro sonido —más un desplazamiento de peso que un paso completo— llegó otra vez desde la misma dirección, aunque ligeramente más cerca de donde él estaba ahora.
Lo seguía.
El cuerpo decidió antes que la cabeza, y Bernat, abandonando cualquier intento de sigilo perfecto, se movió hacia la puerta secundaria con más prisa de la que había empleado hasta entonces, sin correr todavía, pero sin fingir tampoco la calma de antes.
Encontró el pestillo al tacto, lo levantó con la torpeza de unos dedos que temblaban y salió al pasillo estrecho que llevaba hacia el archivo y, por otro tramo más alejado, hacia el claustro y las dependencias habitadas.
Pensó, durante un instante brevísimo, en dirigirse hacia allí. Hacia los hermanos dormidos que podrían despertar con un grito, hacia la seguridad simple de estar rodeado de gente.
Pero el camino más directo hacia el claustro pasaba, precisamente, por el tramo del pasillo que quedaba más cerca de la puerta principal del scriptorium, la misma por la que parecía haberse movido el desconocido, y Bernat, al asomarse apenas un instante hacia esa dirección, creyó distinguir, o creyó temer distinguir, un movimiento de sombra recortándose contra la claridad más lejana de aquella parte del edificio.
No podía estar seguro. Pero tampoco estaba dispuesto a comprobarlo cruzando exactamente por donde su perseguidor podía estar esperando que cruzara.
Torció hacia el otro lado, hacia el archivo, sabiendo que aquel pasillo terminaba en una escalera que bajaba hacia las dependencias de almacenaje, un camino que conocía de sus meses de trabajo pero que, a esas horas, sin nadie más despierto, se le antojaba mucho más largo y mucho más oscuro de lo que era en pleno día.
Bajó los primeros peldaños casi a tientas, con una mano apoyada en la pared fría para no perder el equilibrio, y se detuvo al llegar abajo, escuchando.
Nada.
Ningún sonido llegaba ya desde arriba, ni pasos, ni roce de tela, ni nada que le confirmara si seguía siendo perseguido o si, por algún milagro, había conseguido despistar a quien fuera que lo buscaba con solo torcer por un pasillo distinto.
Se permitió, durante unos segundos, la esperanza tonta de haberlo perdido.
Duró poco.
Un ruido apagado, arriba, en lo alto de la escalera que él mismo acababa de bajar, le devolvió de golpe toda la tensión que había empezado a soltar.
Seguía allí. Había bajado tras él.
Bernat se apartó de la escalera, internándose en la oscuridad del corredor de las dependencias de almacenaje, un lugar que apenas frecuentaba nadie salvo cuando había que sacar o guardar algo pesado y que, a esas horas, estaba completamente a oscuras, sin siquiera la claridad residual que llegaba a otros puntos del edificio desde algún ventanuco alto.
Avanzó con las manos por delante, palpando el muro, contando mentalmente las puertas que había en aquel tramo, intentando decidir, con el poco tiempo que le quedaba antes de que su perseguidor terminara de bajar la escalera, hacia dónde seguir.
Oyó, detrás de él, un paso más claro que los anteriores, ya sin ningún intento de disimulo, como si quien lo seguía hubiera decidido que ya no valía la pena esconderse tanto.
Bernat apretó el paso, con el cuaderno todavía contra el pecho, dejando atrás una puerta cerrada, y otra, y girando en un recodo que llevaba hacia el tramo más bajo de todo el edificio.
Sabía que aquello lo alejaba todavía más de cualquier posibilidad de encontrar a alguien despierto que pudiera ayudarlo.
Pero cada vez que consideraba, por un instante, volver sobre sus pasos hacia zonas más habitadas, el sonido de aquellos pasos a su espalda parecía estar exactamente en la dirección que él tendría que cruzar para hacerlo y Bernat, sin tiempo para pensarlo con más calma, seguía avanzando hacia delante, hacia lo desconocido.
Se detuvo, por fin, en un recodo donde el corredor se estrechaba antes de abrirse a un espacio más amplio e intentó escuchar otra vez.
Contó, en silencio, hasta diez, esperando el siguiente sonido, y no llegó ninguno.
Se permitió, esta vez con más cautela que antes, pensar que quizá había conseguido, en la confusión de recodos y puertas, ganar la distancia suficiente.
Se apoyó un instante contra la pared, dejando que el corazón le fuera bajando de aquel golpeteo desbocado, y miró hacia atrás, hacia la oscuridad del corredor por el que acababa de venir, buscando cualquier indicio de movimiento.
Fue entonces cuando vio algo. No podía verle el rostro.
Apenas los hombros, la cabeza ligeramente inclinada y una parte del cuerpo que la oscuridad componía y deshacía a cada instante.
La figura dio un paso y Bernat dejó de respirar. Conocía aquel modo de andar.
Otro paso. Lento. Sin prisa.
El cuerpo un poco vencido hacia delante, como si incluso al caminar estuviera inclinado sobre un libro. La cabeza baja. Los brazos cerca del cuerpo.
Bernat recordaba haber visto aquella silueta cientos de veces alejándose entre las mesas del scriptorium, entrando en la iglesia después de completas, doblando una esquina del claustro con un códice apretado contra el pecho.
No podía ser. Habían encontrado su cuerpo.
Él mismo había pasado semanas preguntando cómo había muerto. Guillem le había contado aquella última noche. Había rezado por él. Todo aquello pertenecía a los vivos precisamente porque el maestro ya no estaba entre ellos.
Pero la figura volvió a avanzar. Y en aquella oscuridad, con el miedo deshaciendo cualquier distancia entre lo que sabía y lo que veía, Bernat dejó de estar seguro de que tuviera delante a un hombre desconocido.
Creyó reconocer al maestro. Y el maestro muerto caminaba hacia él.