L. El resguardo
C uando lo encontró en la portería, a Bernat le pareció haber visto a la Virgen, aunque intentó disimular frente a los hermanos de la hospedería.
—¡Ramon! ¿Cómo ha ido?
—Bernat. Justo pensaba subir a buscaros antes de irme —dijo Ramon, bajando la voz y mirando alrededor—. Seré rápido, amigo mío.
—Contadme, por favor —dijo Bernat, con las pulsaciones tan rápidas que se le marcaban en el cuello.
—Se habla de que algo salió mal cerca de Bar.
Mal para los suyos. Una carga que no llegó.
Dicen que la pararon, que hubo pelea, que desde entonces por esa ruta ya no sale trabajo.
No sé más que eso, y tampoco sabría deciros si tiene algo que ver con lo que fuera que vos me hicisteis llevar aquella vez.
Bernat sintió que el pecho se le aligeraba de golpe, con una fuerza que le costó disimular delante de Ramon.
—¿Estáis seguro de eso? ¿De que no llegó?
—Es lo que se dice. Cada uno lo cuenta un poco distinto, ya sabéis cómo son estas cosas, pero en eso coinciden todos: la carga no llegó adonde tenía que llegar.
—¿Y los hombres que la llevaban?
—Unos escaparon, a otros los apresaron. No sé más, de verdad.
Ramon lo miró un momento, con la misma atención contenida de otras veces, y no le dio a esa curiosidad más salida que un breve silencio antes de volver a lo suyo.
—Bueno. Ya os lo he dicho. Yo tengo que seguir hasta Monistrol antes de que se me eche la tarde encima.
—Ramon... Habéis hecho mucho más de lo que os pedí. Y quizá nadie llegue nunca a saberlo. Gracias de corazón.
—No necesito que lo sepa nadie. Me basta con que lo sepáis vos, amigo mío —dijo, acercándose a Bernat y dándole una palmada en el hombro—. Cuidaos. Sea lo que sea que lleváis entre manos.
Bernat se quedó en la portería un rato más, con aquella noticia todavía asentándose dentro de él, sin saber qué hacer con la mezcla extraña de alivio y de algo similar a la alegría.
No tenía ninguna certeza de que aquel transporte perdido fuera el mismo del que había avisado.
No sabía quién lo había interceptado, ni por qué, ni si su propia palabra había tenido algo que ver con ello.
Pero, por primera vez desde que había visto alejarse a Ramon con la Grisa, podía pensar que quizá aquellas palabras no se habían perdido por el camino.
No le duró mucho aquel alivio. Guillem lo encontró poco después, cuando Bernat subía ya de vuelta hacia el scriptorium, y lo hizo con una prisa que no era la suya, tirándole de la manga hacia el hueco de un vano, lejos del paso de los demás.
—Necesito hablaros. Ahora.
—¿Qué pasa?
—Arnau —dijo Guillem, casi susurrando, mirando por encima del hombro de Bernat hacia el corredor vacío—. Me ha estado preguntando por vos.
—¿Qué os ha preguntado?
—Qué sabéis. Qué habéis encontrado. Qué os dijo el maestro antes de morir, si es que os dijo algo.
Si conserváis todavía algo suyo. —Guillem se pasó una mano por la cara, con un gesto de agotamiento que a Bernat le recordó, con un escalofrío, al de aquella tarde en el cuarto de la cera—.
Ya lo había insinuado alguna vez, pero hoy es la primera vez que lo pregunta directamente.
Hoy ha sido distinto, Bernat. Nunca lo había visto tan...
insistente. Tan seguro de que yo sé más de lo que digo.
—¿Y qué le habéis contado?
—Nada. Lo que ya sabía él: que habéis hecho preguntas, que habéis estado revisando cuentas.
Nada que no supiera ya. —La voz se le quebró un poco al añadir—: Pero no me creyó, Bernat.
Se quedó mirándome como si esperara que dijera algo más, y cuando no lo dije, no se fue satisfecho.
Se fue con una cara que no le había visto nunca.
Bernat sintió que las piezas, sin que él las buscara, empezaban a encajarse solas de un modo que no le gustaba nada.
Arnau, después de aquella tarde en la sacristía en que un desconocido le había susurrado algo al oído y había cambiado, de golpe, la manera de mirarlo.
Arnau, preguntando ahora, con una insistencia nueva, exactamente lo que Bernat sabía y lo que conservaba.
No podía probar que una cosa llevara a la otra. Pero tampoco podía seguir fingiendo que estaba completamente a salvo.
—Guillem, ¿por qué me contáis esto?
—Porque la última vez que callé algo así, un hombre murió. No quiero que sea otra vez por mi culpa.
No hizo falta que dijera más. Bernat le puso una mano en el hombro, sin saber qué otra cosa ofrecerle, y Guillem se apartó enseguida, mirando de nuevo hacia el corredor.
—Tened cuidado con lo que sea que guardéis —dijo, marchándose a paso apresurado.
Bernat se quedó solo, con la espalda contra la piedra fría del vano, intentando ordenar lo que en apenas un cuarto de hora acababa de recibir de dos personas distintas: por un lado, la primera esperanza real de que su desobediencia hubiera servido para algo; por otro, la certeza de que Arnau había empezado a preguntar directamente por lo que él sabía y por lo que conservaba.
No podía afirmar que Arnau supiera que había mandado aviso alguno. Pero tampoco podía ignorar, después de lo que Guillem acababa de contarle, que alguien empezaba a interesarse por aquello que el maestro pudiera haber dejado atrás.
Pensó en el cuaderno del maestro. En Mariam, matrem e Inperayritz tal como él las había recibido, todavía con aquellas alteraciones deliberadas que ya no existían en su copia limpia.
En las hojas sueltas donde había anotado, semanas atrás, el lugar exacto de cada una y las correspondencias que había ido descubriendo, guardadas todavía entre las páginas de su propio cuaderno de trabajo.
Si Arnau, o quienquiera que estuviera buscando aquello, llegaba a poner las manos sobre el cuaderno del maestro y sobre esas notas antes de que Bernat decidiera qué hacer con ellos, desaparecería la única huella material de la forma en que el maestro había escondido Sant Vicenç y Sant Pere dentro de aquellas dos piezas.
No podía retirarlos a la vista de todos. Cualquier movimiento suyo, en pleno día, con Arnau ya preguntando tan directamente, podría delatar exactamente lo que quería proteger. Tenía que esperar al momento adecuado.
La comunidad fue apagándose poco a poco con la caída de la tarde, como cada día: vísperas, la cena en el refectorio, completas y después el silencio progresivo de los corredores mientras cada uno se retiraba al dormitorio.
Bernat esperó, tendido en su jergón con el hábito puesto, hasta que el ronquido conocido del otro lado del tabique le confirmó que, al menos allí, el mundo dormía.
No rezó para que Dios aprobara lo que estaba a punto de hacer.
Después de todo lo ocurrido, ya había aprendido a desconfiar de esa manera de pedir.
Pidió únicamente llegar al scriptorium, poner a salvo lo que quedaba del maestro y regresar sin que nadie tuviera que pagar otra vez por una decisión suya.
Salió sin luz, guiándose por la memoria de un camino que conocía de sobra, y subió hasta el scriptorium con el mismo cuidado con que había subido tantas otras noches, aunque nunca con ese miedo tan concreto pegado al pecho.
La puerta cedió sin ruido. Dentro, la oscuridad era completa, y Bernat avanzó a tientas hasta su propio atril, palpando la mesa hasta dar con el cuaderno de trabajo donde guardaba las hojas sueltas, decidido a llevárselas consigo esa misma noche y a recoger después el cuaderno del maestro, para esconder ambos en algún lugar donde nadie pensara en buscarlos.
Fue al cerrar los dedos sobre el cuaderno cuando oyó un roce. Apenas nada. Tela contra piedra en algún punto de la sala.
Se quedó completamente quieto, con el cuaderno todavía entre las manos y el corazón latiéndole de golpe en los oídos, esperando que el silencio que siguió le confirmara que había imaginado aquel sonido.
Llegó, en su lugar, otro roce. Más claro esta vez. El de un pie que se apoyaba con cuidado sobre una tabla que Bernat conocía bien, la misma que crujía siempre junto a la puerta cuando alguien intentaba cruzarla sin hacer ruido.
No estaba solo.