El libro rojo de Montserrat XLIX. El eco
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XLIX. El eco

L levaba desde el amanecer con un encargo de sal para un molinero de la Conca.

La Grisa tiraba bien, más descansada de lo que había estado en semanas, y Ramon, con el ánimo tranquilo de quien tiene el trabajo asegurado hasta pasado el invierno, no pensaba en nada que no fuera el propio camino y el precio que le habían prometido por la sal.

Paró a mediodía en una venta donde solía cruzarse con otros hombres de su oficio que iban y venían por rutas parecidas, y encontró allí a dos traginers de Berga con los que había compartido fuego otras veces, discutiendo, con el mismo desánimo con que se discuten los malos negocios, sobre lo poco que estaba saliendo de trabajo hacia el norte aquella temporada.

—Yo llevo tres semanas sin que nadie me pregunte por esa ruta —decía uno de ellos, mientras mojaba pan en un caldo aguado—. Antes había siempre alguien buscando quién completara una partida hacia Bar o esos lugares. Ahora, nada.

—Con lo que pasó, no me extraña —dijo el otro—. Dicen que el último envío ni llegó.

Ramon, que hasta ese momento había estado más atento a su propio plato que a la conversación de los demás, levantó la vista sin demasiado interés todavía, con la curiosidad práctica de quien oye hablar de una ruta que él mismo conocía.

—¿Qué envío?

—Uno que iba hacia Bar. Grano y qué sé yo qué más. Se lo quedaron por el camino, dicen. Y desde entonces nadie contrata para esa parte. Como si se hubiera acabado el trabajo de golpe.

Ramon asintió. Él mismo había llevado carga hacia Bar hacía meses, para el mismo procurador del que ahora hablaban aquellos hombres sin nombrarlo, y recordó, de pasada, que Guerau había mencionado, la última vez que se vieron, que buscaría hombres para otra partida parecida más adelante.

Se preguntó, sin darle mucha vuelta tampoco a eso, si aquel segundo encargo habría sido precisamente el que ahora nadie quería mencionar más que como una desgracia ajena, y si él mismo, de haber estado libre esos días, podría haber acabado formando parte de aquella recua. No le gustó del todo pensarlo.

Siguió comiendo, y la conversación de los otros dos derivó pronto hacia otras quejas más corrientes. Ramon terminó su plato sin volver a mencionar el asunto, aunque se lo llevó consigo, guardado en algún rincón de la cabeza, cuando retomó el camino esa misma tarde.

Pasaron casi dos semanas más antes de que volviera a oír algo parecido, esta vez de boca de un pequeño mercader de Manresa que compraba y vendía grano según le fuera bien el año.

—¿Seguís yendo hacia el norte? —le preguntó el hombre, mientras pesaban entre los dos un saco de sal que Ramon todavía tenía que entregar—. Porque yo, desde lo de Bar, no me fío ni de mandar una carta por ahí.

—¿Qué pasó exactamente?

—Que una recua que iba hacia allá, hacia donde tienen sus hombres los de Foix, no llegó.

La pararon por el camino, dicen, gente del rey, o de Urgell, no sé bien de quién.

Hubo pelea, y de los que iban con la carga, unos escaparon y a otros los cogieron.

La cosa es que desde entonces por allí ya no se mueve nada como antes.

Ramon dejó el saco en el suelo con más cuidado del necesario, dándose el tiempo de ordenar lo que acababa de oír.

Volvió a oír versiones parecidas, aunque cada vez con algún detalle distinto: unos decían que habían apresado a todos los hombres y se habían quedado con todas las mulas; otros, que solo habían tomado parte de la carga; alguno incluso aseguraba que había habido muertos en ambos lados, cosa que Ramon no se creía del todo, porque las malas noticias, cuando corrían de boca en boca, siempre acababan creciendo más de lo que probablemente habían sido en realidad.

Pero por debajo de todas aquellas versiones distintas había algo que se repetía con la misma insistencia con que él mismo comprobaba el peso de una carga antes de responder por ella: Bar. Un transporte. Foix.

Y, desde entonces, silencio de trabajo en aquella parte del camino.

Fue entonces, con el saco de sal todavía a medio pesar y la conversación esperando a que él dijera algo, cuando le vino a la cabeza de golpe la cara de Bernat en la portería de Montserrat, aquella tarde en que le había pedido, con una seriedad que Ramon no le había visto nunca antes, que hiciera llegar unas palabras sobre un nuevo transporte hacia Bar y su posible relación con Foix.

Y recordó también la cara que había puesto el mercader al oír esas mismas dos palabras juntas, Bar y Foix; la manera en que había dejado de tratar aquello como el favor sin importancia que Ramon creía estar pidiéndole y había dicho que aquello tenía que llegar a alguien que supiera valorarlo mejor que ninguno de los dos.

No sabía si aquel envío detenido era el mismo del que Bernat le había hablado, ni si las palabras que él mismo había llevado durante días habían tenido algo que ver con que aquellos hombres del rey, o de Urgell, o de quien fueran, hubieran sabido dónde esperar aquella carga.

Pero la coincidencia, puesta así, una junto a la otra, le pesaba de un modo que ya no podía achacar solo a la casualidad de los caminos.

—¿Os encontráis bien? —le preguntó el mercader, viéndolo tan quieto.

—Sí, sí. Cosas mías. Oíd, ¿y a esos hombres, los que llevaban la carga, se sabe qué les pasó?

—A unos los soltaron, según dicen, y a otros los tienen presos por allá arriba. No sé más.

Ramon asintió y siguió con su trabajo el resto de la tarde con la misma diligencia de siempre, aunque no consiguió del todo apartar de la cabeza aquel pensamiento incómodo que le había asaltado junto al saco de sal: si Guerau hubiera vuelto a buscarlo a él, y no a otros, para aquella segunda partida hacia Bar, podría haber sido él mismo, y no unos desconocidos, quien acabara en medio de aquella pelea en algún camino del norte.

Y, aunque no era hombre dado a buscar la mano de Dios detrás de cada rueda que se rompía o de cada encargo que se perdía, dio gracias en silencio por no haber estado allí.

Tampoco le gustaba pensar en qué demonios sabía o sospechaba Bernat para haberle pedido con tanta urgencia que aquellas palabras llegaran lejos, y para haber tenido razón, si es que la había tenido, en algo tan grave.

No pensaba acercarse a Guerau para saber más de lo que ya sabía, ni indagar quién había apresado a esos hombres ni por orden de quién. Aquello no era asunto suyo, y cuanto menos se metiera en ello, mejor dormiría.

Pero Bernat sí era asunto suyo, en la medida en que un amigo lo era, y decidió, mientras terminaba de cargar la Grisa para el último tramo del día, que cuando pudiera subiría a Montserrat y le explicaría lo que había oído, del mismo modo sencillo y sin darle más vueltas con que le había comentado, meses atrás, los rumores que entonces corrían sobre los movimientos de Foix por el norte.