XLVIII. La diligencia
M aría de Luna llevaba desde antes de prima despachando cartas, y la mesa, cubierta de pliegos ordenados en montones que solo ella y su protonotario sabían distinguir, no daba señales de vaciarse antes de mediodía.
La estancia que ocupaba en el Palau Reial Menor de Barcelona no tenía nada de la grandeza de una sala de ceremonias.
Era una cámara de gobierno, de muros gruesos y suelo de piedra, calentada por un brasero.
Un tapiz protegía una de las paredes de la humedad y, junto a las ventanas, la luz entraba todavía débil sobre los montones de correspondencia.
Más allá de la puerta aguardaban escribanos, mensajeros, oficiales y hombres de armas llegados de distintos lugares de la Corona.
Aquel palacio era la residencia de la reina en Barcelona, pero desde la muerte de Joan I se había convertido también, en buena medida, en uno de los lugares desde donde se sostenía un reino cuyo rey seguía al otro lado del mar.
María de Luna rondaba los cuarenta años y no necesitaba vestir con todo el aparato de una ceremonia para que nadie olvidara quién era.
Aquella mañana llevaba el cabello recogido y cubierto según correspondía a una mujer de su rango, y un vestido de buen paño cuya calidad se advertía más en el corte y en la hechura que en ningún exceso de adornos.
Había algo contenido en su manera de estar sentada, de escuchar y de escoger las palabras, una autoridad que no dependía de levantar la voz.
Era reina de Aragón, condesa de Luna y esposa del hombre reconocido como sucesor de Joan I; pero, mientras su marido Martí permaneciera en Sicilia, los títulos eran solo una parte de su poder.
En aquellos meses no ocupaba simplemente el lugar de su marido: sostenía, con el consejo de quienes la rodeaban y bajo la responsabilidad que Dios había puesto sobre ella, el gobierno de la Corona hasta que el rey pudiera regresar.
Fuera, en la sala contigua, esperaban ya dos hombres llegados de la frontera occidental del reino de Aragón con una queja sobre el reparto de hombres de armas que el oficial de aquellas tierras consideraba insuficiente, y antes de recibirlos había querido terminar con la correspondencia más urgente, la que no podía esperar ni una hora más de lo que ya había esperado.
—Esta primero —dijo, señalando un pliego con el sello ya roto, mientras Guillem Ponç aguardaba con la pluma lista.
El protonotario, un hombre ya entrado en la madurez, de cuerpo menudo, llevaba tantos años entre cartas y documentos de la casa de Martí que rara vez necesitaba preguntar dos veces qué tono esperaba de él.
—El obispo de Girona pide de nuevo que se le confirme la exención de aquel pontazgo. Decidle que no, que mientras dure lo de Foix no habrá exenciones nuevas, por más razón canónica que invoque. Y decídselo con cortesía, que no necesito otro enemigo dentro de la propia Iglesia.
—Así se hará, señora.
—Esta otra. —Cogió una segunda carta—. Desde Puigcerdà vuelven a decir que faltan hombres.
Responded que los que puedo enviar ya están de camino, y que si necesitan más, quiero saber exactamente cuántos y para qué, porque no puedo seguir mandando gente a ciegas cada vez que alguien se asusta un poco.
Aquella mañana, como tantas otras desde que Martí seguía en Sicilia y a ella le había correspondido sostener el gobierno en su ausencia, María medía cada petición con la misma vara: cuánto costaba, cuánto urgía y cuánto de lo que pedían nacía de un peligro real y cuánto del miedo que corría, tan deprisa como los propios hombres de Foix, por todos los caminos del norte desde que las noticias de su entrada en tierras de la Corona se habían confirmado.
No podía atender todas las peticiones. No podía, tampoco, ignorarlas todas sin correr el riesgo de que una, entre tantas, resultara ser la que de verdad importaba.
—¿Algo más urgente antes de recibir a los hombres de la frontera?
—Un informe llegado esta misma noche, señora. De los oficiales que operan cerca de las posiciones del norte.
—Leedlo.
Guillem Ponç desdobló el pliego y leyó: movimientos observados en dos lugares distintos, uno sin mayor importancia, resuelto ya por los propios hombres de la zona; otro, más al este, donde se había interceptado, tras varios días de vigilancia, una partida de abastecimiento que se dirigía, según todos los indicios, hacia posiciones ocupadas por hombres de Foix cerca de Bar.
La carga —grano, principalmente, y algo de vino— había quedado en poder de quienes la interceptaron. Hubo resistencia breve por parte de la escolta; dos hombres resultaron heridos, ninguno de muerte según la última noticia; el resto de quienes acompañaban la carga había sido capturado o dispersado.
—¿Se sabe si algo llegó a su destino?
—El informe dice que no, señora. Que la carga quedó completamente detenida antes de alcanzar las posiciones.
—¿Y el camino? ¿Sigue vigilado o han cerrado el paso sin más?
—No lo especifica con precisión. Dice que mantendrán hombres observando la ruta durante los próximos días.
María asintió, sin apartar del todo la atención del resto de pliegos que todavía tenía por delante.
No era la primera noticia de aquel tipo que recibía desde que la defensa del norte se había organizado en serio, ni sería la última: pequeñas acciones, partidas interceptadas, posiciones reforzadas o abandonadas, hombres que llegaban o que faltaban, un mosaico de detalles menores que, sumados unos a otros, iban dibujando, muy despacio, si la resistencia estaba funcionando o si se les escapaba de las manos.
Un solo abastecimiento detenido no decidía una guerra.
Pero María sabía también que una tropa no avanzaba solo con hombres y armas.
Necesitaba comer. Necesitaba vino, animales descansados, forraje, lugares donde dormir y caminos por los que todo aquello pudiera seguir llegando.
Cada saco de grano que no alcanzaba una posición obligaba a consumir antes lo que ya había allí; cada carga que faltaba hacía más difícil permanecer en la montaña y todavía más difícil seguir avanzando.
Las guerras, había aprendido hacía tiempo, también se perdían por cosas pequeñas.
—¿Quién dio la orden de detenerlo?
—El oficial al mando de esa zona, Hug d’Anglesola, señora. El aviso inicial le llegó por vías comerciales, según dice el informe.
—¿Y actuó solo por ese aviso?
—No. Envió primero a un hombre a comprobarlo. Después mantuvo vigilado el camino. La carga fue detenida cuando vieron que tomaba la misma ruta hacia los hombres de Foix.
María levantó ligeramente la vista.
—Entonces hizo bien.
—Eso parece.
—¿Se sabe de dónde había salido?
Guillem volvió al pliego.
—De Cardona, señora.
María permaneció en silencio un instante.
Cardona era una de las casas más poderosas de aquellas tierras, y de sus dominios salían mercancías en todas direcciones.
Grano que hubiera partido de allí podía haber pasado por media docena de manos antes de terminar cargado sobre unas mulas camino de Bar.
—¿Dice quién lo había encargado?
—No.
—¿Quién lo había pagado?
—Tampoco.
—Entonces no saquemos de Cardona más de lo que dice el papel. Que la carga saliera de allí no significa que la casa la mandara.
—No, señora.
María volvió a mirar los otros pliegos.
Aquello sí le importaba. No por Cardona, todavía, sino porque significaba que alguien estaba haciendo llegar víveres desde el interior de la Corona hasta los hombres que sostenían las pretensiones de Foix.
Podía ser un noble. Un procurador. Un mercader que hubiera encontrado un negocio provechoso donde otros solo veían guerra.
Podía incluso haber una explicación que todavía no conocían.
Pero el abastecimiento existía. Eso bastaba para vigilarlo.
—¿De dónde salió la primera noticia?
—No consta. Solo dice que llegó a través de mercaderes.
—¿Nada más?
—Nada más.
María no preguntó de nuevo. No necesitaba saber, por ahora, quién había pronunciado primero aquellas palabras.
Le bastaba con que un oficial competente hubiera recibido una noticia incierta, la hubiera comprobado antes de actuar y hubiera actuado únicamente cuando tuvo delante algo más firme que un rumor.
—Que se haga saber a Hug d’Anglesola que ha obrado con prudencia. Tanto al comprobar como al actuar.
—Así se hará.
—¿Y los heridos?
—Uno recibió un golpe fuerte en la cabeza. La última noticia dice que se recuperará.
—Demos gracias a Dios por eso. Y que no se exponga a más hombres de los necesarios por perseguir cargas si puede cortarlas sin combate.
Guillem inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo haré constar.
—Apartad ese informe. Quiero recibir a esos hombres.
Guillem Ponç dejó el pliego sobre el montón de los asuntos ya atendidos.
No era la única buena noticia que María había recibido aquella semana, ni la primera vez que un informe le confirmaba que la defensa del norte, con todo lo que todavía le faltaba por consolidar, empezaba a contener algunos de los movimientos de Foix.
No sabía si aquello bastaría, al final, para obligarlo a retirarse.
No sabía cuánto tiempo más tendría que gobernar de aquel modo, con Martí todavía en Sicilia, midiendo hombres, dinero, provisiones y noticias que llegaban siempre tarde y nunca completas.
Y tampoco podía saber que aquel pliego que acababa de apartar, perdido ya entre tantos otros asuntos de gobierno, había empezado semanas atrás con un copista de Montserrat diciéndole unas pocas palabras a un traginer junto a una mula.
Para María de Luna era un informe más. Para Bernat, sin saberlo, era la primera consecuencia de su decisión que había llegado hasta el gobierno de la Corona.