XLVII. El aviso
L a campana llamó a tercia con la misma puntualidad de siempre, y Bernat, que llevaba desde el alba trabajando, apenas levantó la cabeza al oírla.
El libro estaba prácticamente terminado: quedaban unas pocas capitales por pintar, alguna corrección de detalle en el pautado de las últimas hojas y después la encuadernación, que ya tenía encargada.
Un mes atrás, terminar aquel cancionero habría sido, para Bernat, motivo de una alegría sencilla y completa.
Ahora lo miraba con otros ojos, y la sensación que le producía tenerlo casi acabado se parecía más a un problema que a un alivio.
No había vuelto a saber nada de Ramon desde que se marchó con aquella frase suya guardada en la memoria.
Habían pasado ya más de dos semanas, tiempo de sobra, calculaba Bernat, para que un traginer completara un viaje de ida y vuelta y aún le sobrara para otros encargos.
Y sin embargo Ramon no había vuelto a subir a Montserrat, ni había llegado ningún recado suyo, ni nada que le permitiera saber si aquellas palabras habían llegado a alguna parte o se habían perdido en algún camino sin dejar rastro.
Cruzó el claustro camino de la iglesia y vio a Jaume un poco más adelante, caminando con el mismo paso de siempre aunque sin la misma ligereza.
Se cruzaron sin más que un gesto breve de la cabeza, la cortesía mínima que la vida en comunidad exigía entre dos novicios que compartían techo, refectorio y oficios, y que hasta hacía unas semanas se habían sentado juntos por costumbre y ahora ya no lo hacían.
Bernat no intentó nada más. Sabía que forzar la reconciliación solo la alejaría más, y se conformó con aquel gesto pequeño, agradecido incluso de que Jaume se lo devolviera.
Después del oficio, mientras volvía hacia el scriptorium, se cruzó con Vicenç, que salía de la sacristía y se detuvo un instante al verlo, con una atención algo más detenida de lo habitual.
—Bernat, ¿el libro?
—Casi terminado, padre prior. Antes de que acabe la semana.
—Bien. Me alegra oírlo.
No añadió nada más y siguió su camino hacia la cámara prioral, dejando a Bernat con la sensación incómoda de que aquella mirada había durado, quizá, un instante de más.
No sabía qué había estado haciendo Vicenç en todos esos días desde que hablaron; no sabía si había encontrado algo, si había hablado con Arnau, si sospechaba de él más de lo que dejaba ver.
Solo sabía que, desde hacía algún tiempo, cuando se cruzaba con el prior, tenía la sensación de estar siendo observado con más cuidado del que un copista corriente merecía.
Bajó a la sacristía a media mañana, con un recado sencillo del cillerero sobre unas medidas de cera para las próximas semanas, y encontró a Arnau ocupado con dos hermanos que traían para revisar un cofre de ornamentos llegado esa misma mañana de un donante.
Decidió no entrar y esperar en el pasillo, sin interrumpir, mientras Arnau terminaba de contar y anotar lo que había en el cofre.
Fue en ese rato de espera cuando vio llegar, por el otro extremo, a un hombre que no reconoció.
Era bajo, con una capa húmeda en los hombros y barro seco hasta media bota.
Se acercó directamente a Arnau y le habló al oído, en voz demasiado baja para que Bernat pudiera oír una sola palabra de lo que decía.
Arnau dejó de anotar. No dijo nada durante un instante, y cuando por fin respondió al hombre, lo hizo con una voz aún más baja de la que había usado el otro.
El desconocido se marchó tan deprisa como había llegado, sin cruzar palabra con nadie más de la sacristía, y Arnau se quedó un momento con la mano apoyada sobre el cofre de ornamentos, sin moverla, como si hubiera olvidado, por un instante, para qué la había puesto allí.
Bernat se acercó entonces a la puerta, dejándose ver, esperando a que le atendieran.
—¿Fra Arnau?
Arnau pareció volver de donde fuera que había estado durante ese instante de silencio, y se giró hacia Bernat con una expresión que, por primera vez desde que Bernat lo conocía, no consiguió del todo recomponer a tiempo: algo tenso alrededor de los ojos, una rigidez en la mandíbula que no estaba allí un momento antes.
—Decidme.
—El cillerero necesita saber cuánta cera tenemos reservada para las próximas semanas.
Arnau respondió a la pregunta con la misma precisión de siempre, dándole las cifras exactas sin necesitar consultar ningún libro, y durante ese breve intercambio su voz volvió a sonar del todo normal.
Tan normal que Bernat, de no haber presenciado la escena de un momento antes, no habría notado nada extraño en absoluto.
Pero la había presenciado, y aquella normalidad recuperada, precisamente por lo deprisa que había vuelto, le pareció más inquietante que la tensión misma.
Se despidió, dio las gracias y ya se disponía a marcharse cuando notó que Arnau, en vez de volver a sus ornamentos, se había quedado mirándolo. Era la mirada de alguien que estaba, en ese preciso instante, reconsiderando algo.
Bernat sostuvo aquella mirada un momento, sin saber qué hacer con ella, y fue Arnau quien la apartó primero, volviendo al cofre de ornamentos con un gesto brusco, como quien se obliga a sí mismo a retomar una tarea que ya no le interesa del mismo modo.
—Eso es todo. Podéis marcharos.
—Gracias, fra Arnau.
Salió de la sacristía sin volver la cabeza, con el recado del cillerero ya resuelto y la sensación de que algo había ocurrido en algún lugar fuera de Montserrat, y de que aquel algo, fuera lo que fuera, acababa de cambiar la manera en que Arnau lo miraba.
No sabía si era una buena señal o una mala. No sabía si tenía algo que ver con Ramon, con Bar, con nada de lo que él mismo había puesto en marcha.
Solo sabía que, por primera vez, empezaba a sospechar que aquellas pocas palabras confiadas a Ramon habían llegado más lejos de lo que él podía ver desde Montserrat. Y que, fuera lo que fuera lo que acababa de saber Arnau, también él parecía haber comprendido que algo había cambiado.