El libro rojo de Montserrat XLVI. La evidencia
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XLVI. La evidencia

H abían salido de Bellera dos jornadas antes, doce hombres en total, con Bertran a la cabeza marcando un camino que solo él conocía bien.

Hug d’Anglesola los había escogido uno por uno la tarde anterior a la partida, no por su fama de valientes, sino por su capacidad de moverse deprisa y callados: Ot, que llevaba diez años en la guarnición y nunca había perdido la cabeza en ningún aprieto; Pere Guiu, con buena mano para el arco; y otros hombres de la guarnición, ninguno de ellos conocido fuera de aquellos valles, todos con el mismo encargo simple: llegar al cruce, vigilar el camino y, si volvía a aparecer otra carga como la que Bertran había visto, cortarle el paso.

La última noche la pasaron al abrigo de una ladera, bastante lejos todavía del lugar para que nadie pudiera relacionarlos con el camino de Bar.

Antes del alba volvieron a ponerse en marcha, dejando las monturas atrás con dos hombres cuando el terreno empezó a estrecharse, y recorrieron a pie el último tramo.

El camino, tal como Bertran lo había descrito, subía entre pinos ralos antes de encajonarse en un paso donde la roca cerraba por ambos lados, y era allí, algo más adelante, donde el sendero se dividía: por un lado, hacia Bar; por el otro, subiendo entre matorral espeso, hacia las laderas donde Bertran había visto dirigirse a los hombres y suministros de Foix.

Llegaron al lugar con la luz todavía gris de la madrugada, y Hug, mirando el terreno con los mismos ojos con que Bertran se lo había descrito días antes, comprendió enseguida por qué su hombre había elegido bien: el estrechamiento no dejaba espacio para que una recua grande se volviera con facilidad, y la ladera, cubierta de matorral, ofrecía a un puñado de hombres escondidos la posibilidad de vigilar sin ser vistos.

Repartió a los suyos en dos grupos, uno a cada lado del camino, ocultos entre las rocas y el matorral, con orden expresa de no moverse hasta su señal, y él mismo se quedó con Ot en el punto más cercano al cruce, desde donde podía ver el tramo recto que venía de más abajo.

El frío de la mañana se les fue metiendo en las piernas, entumecidas después de dos jornadas de camino, y Hug, con la vista fija en el recodo, sintió que el tiempo se estiraba de una manera distinta a como se estiraba en cualquier otra espera de su vida.

No sabía si pasaría una recua aquel mismo día. Cabía incluso la posibilidad de que no ocurriera nada, y que tuvieran que permanecer allí otra jornada o regresar a Bellera con las manos vacías después de haber sacado a aquellos hombres de sus obligaciones ordinarias.

Fue Ot quien lo vio primero, poco después de que el sol asomara del todo por encima de la sierra: movimiento más abajo, en el tramo recto, y después el ruido apagado de cascos, arreos y cargas que llegaba, débil todavía, a través del aire frío de la mañana.

—Ahí vienen.

Hug contó las bestias según fueron apareciendo en el recodo.

Diecisiete mulas de bast. Seis hombres a pie y dos montados abriendo la marcha.

No parecía una escolta militar. Ni siquiera llevaba más protección de la que podía llevar cualquier carga de cierto valor en caminos poco seguros, y aquella apariencia ordinaria, en vez de tranquilizarlo, le hizo dudar un instante.

¿Era aquello lo que buscaban o una recua cualquiera que llegaba en mal momento?

Los animales llevaban sacos sujetos a ambos lados del lomo, algunos cubiertos con paños bastos, y varias de las últimas mulas cargaban pequeños toneles como los que Bertran había descrito. Aun así, Hug no hizo ninguna señal. Esperó.

Los dos jinetes de vanguardia llegaron al punto donde el camino se dividía.

No dudaron. Dejaron a un lado la dirección de Bar y tomaron el ramal que subía hacia las laderas. La recua empezó a seguirlos, mula tras mula. Era la carga que esperaban.

Hug d’Anglesola alzó la mano, la señal acordada, y aguardó el instante justo, aquel en que las primeras bestias ya habían entrado en el tramo estrecho pero las últimas seguían todavía en el camino de abajo, de manera que hacer girar toda la recua deprisa resultara casi imposible.

Fue entonces cuando la complicación llegó, no del camino, sino de más arriba.

Un tercer jinete, que no habían contado, apareció por el ramal de la ladera, bajando a medio galope, como si viniera a encontrarse con la carga antes de que esta llegara del todo a destino.

Hug lo vio un instante antes de que el propio jinete los viera a ellos, y comprendió, con la rapidez que la situación exigía, que si esperaba un poco más, como tenía previsto, aquel hombre tendría tiempo de dar la voz de alarma y quizá de escapar con noticia de lo ocurrido antes de que pudieran impedírselo.

No había tiempo para pensarlo con más calma.

Cerrar el paso entonces, con parte de la recua todavía fuera del estrechamiento, significaba arriesgarse a que algunos hombres pudieran huir con varias bestias.

Esperar significaba casi con seguridad perder al jinete y avisar a quienes aguardaban más arriba.

—Ahora —dijo Hug bajando la mano.

Sus hombres salieron de entre la roca y el matorral por ambos lados a la vez, con gritos que buscaban más confundir que amenazar, y el efecto fue inmediato: las primeras mulas se revolvieron, asustadas por el ruido y el movimiento repentino; una tiró de la carga hasta hacer chocar uno de los sacos contra la roca y las de detrás se apretaron unas contra otras, cerrando todavía más el camino.

Uno de los jinetes de vanguardia, en vez de plantar cara, tiró de las riendas y trató de volver hacia el cruce.

El tercer jinete, el inesperado, dio un grito de alarma y espoleó su montura ladera arriba.

—¡Pere, el jinete! ¡Que no llegue arriba!

Pere Guiu ya tenía el arco tensado.

La flecha no alcanzó al hombre, pero pasó lo bastante cerca de la montura para que el animal se desviara bruscamente y perdiera el paso.

Dos de los hombres de Hug, que habían salido ladera arriba desde el otro lado, consiguieron llegar hasta él antes de que recuperara velocidad y lo derribaron entre los dos.

El resto ocurrió más deprisa de lo que Hug pudo seguir con claridad.

Vio a Ot enfrentarse a uno de los hombres de la escolta, un choque breve de aceros del que no pudo distinguir más que el ruido; vio a otro de los suyos caer de rodillas junto a una de las mulas, sin saber en ese instante si era herida o solo tropiezo; oyó, más que vio, cómo dos de los traginers, al comprender que estaban rodeados y en clara inferioridad, soltaron las cuerdas de las bestias y levantaron las manos, gritando que no eran soldados, que solo llevaban lo que les habían encargado llevar.

Un tercer hombre, más joven que los demás, intentó plantar cara junto a la última parte de la recua, y fue Ot, ya liberado del primero, quien lo desarmó de un golpe seco contra la muñeca que le hizo soltar la espada con un aullido de dolor más que de herida grave.

Cuando el ruido empezó a bajar, Hug d’Anglesola comprendió que el enfrentamiento, del principio al final, no había durado mucho más de lo que se tarda en rezar un padrenuestro.

Dos de los hombres que acompañaban la carga habían conseguido huir a pie ladera arriba, más deprisa de lo que nadie pudo perseguirlos entre el matorral.

Los demás, escolta y traginers, estaban ya desarmados o rendidos, con las manos sobre la cabeza, mirando con el miedo de quien no sabe si lo que viene después va a ser peor que lo ya sucedido.

—¡A ver los nuestros!

Ot estaba de pie, con un corte superficial en el antebrazo que se ataba él mismo con un trozo de tela sin darle mayor importancia.

El hombre que había caído de rodillas resultó ser Pere Guiu, no herido por espada sino por una piedra que uno de los escoltas, ya desesperado, le había arrojado antes de rendirse. Le había alcanzado en la sien y sangraba con la abundancia aparatosa de las heridas de cabeza.

Hug se arrodilló a su lado y comprobó con alivio que respondía cuando le hablaba, aunque con la voz espesa y los ojos todavía desenfocados.

—Quedaos quieto. Dejad que os miren eso.

—Estoy bien —dijo Pere Guiu, sin sonar del todo convincente ni para sí mismo.

—Pues dad gracias a Dios de estarlo y no os mováis.

Hug se levantó y recorrió con la mirada lo que quedaba de la recua. Diecisiete mulas detenidas y en manos de sus hombres.

Abrieron varios sacos. Grano. Comprobaron después los toneles. Vino. Nada más.

Ninguna espada escondida entre las cargas.

Ninguna carta comprometedora. Ningún sello que explicara quién había ordenado aquello.

Solo comida y bebida. Pero aquello bastaba.

Hombres bien abastecidos podían permanecer en aquellas montañas durante semanas, y también seguir avanzando cuando otros, con los graneros vacíos y las bestias exhaustas, se vieran obligados a detenerse.

Aquellos sacos de grano y aquellos toneles de vino no eran solo sustento.

Eran lo que permitía a una fuerza armada continuar moviéndose en busca de su objetivo.

—Esto no llegará arriba hoy —dijo uno de los hombres.

—No —respondió Hug d’Anglesola mirando hacia la ladera por donde habían escapado los dos fugitivos—. Y quienquiera que lo espere tendrá que arreglárselas sin ello.

Sabía que la noticia llegaría pronto. Quizá antes incluso de que ellos hubieran recorrido media jornada de regreso.

—Recogedlo todo. Nos vamos antes de que baje alguien a averiguar qué ha sido tanto ruido.

Acomodaron a Pere Guiu sobre uno de los caballos capturados, sujeto por uno de sus compañeros mientras recuperaba del todo el sentido. Reunieron las mulas, ataron las armas de los prisioneros sobre una de las cargas y organizaron a los hombres para el regreso.

Sería un camino más lento que la ida, con un herido, prisioneros y una recua entera que conducir, pero Hug, mirando una última vez el estrechamiento ya vacío salvo por las huellas removidas de la refriega y una mancha oscura de sangre sobre una piedra que la siguiente lluvia o nevada terminaría borrando, supo que aquella mañana habían conseguido lo que habían ido a buscar.

Habían cortado una carga que iba hacia los hombres de Foix. Nada más. Todavía no sabía quién la había pagado, quién la había organizado ni de qué lugar había salido.

Se volvió hacia uno de los traginers, un hombre que aguardaba sentado junto al talud, vigilado por dos de los suyos.

—Decidme una cosa. ¿De dónde habéis salido con la carga?

El hombre tardó un instante en responder.

—De Cardona, señor.