XLV. La resolución
H abían pasado varios días desde que Bertran se marchó.
El castillo de Bellera no se detenía para esperar a nadie, y Hug d’Anglesola, entre una cosa y otra, había llegado a preguntarse, sin darle demasiada importancia, si Bertran habría encontrado algo o si simplemente el rumor de Bar resultaría, como tantos otros, en nada.
Fue al quinto día, ya avanzada la tarde, cuando Marc entró en la sala baja del castillo con una expresión que Hug reconoció enseguida como la de quien trae algo que merece interrumpir cualquier otra cosa.
—Ha vuelto Bertran.
—¿Y bien?
—Está abajo, con las botas todavía mojadas. Quiere hablar con vos antes de comer nada.
Bertran subió poco después, con el barro del camino pegado a la ropa y el cansancio visible en los hombros.
Era un hombre que rondaba ya los cuarenta.
Se sentó, sin que nadie se lo pidiera, en el primer banco que encontró, y Hug, que lo conocía desde hacía años, esperó a que recuperara el aire antes de preguntarle nada.
—Contadme lo que visteis. Despacio, y solo lo que visteis, no lo que os parece que significa.
—Llegué cerca de Bar hace dos días, por el camino del sur, sin entrar en la villa. Me quedé en las alturas, desde donde se ve bien el último tramo del camino, y esperé.
—¿Qué esperabais ver?
—Nada en concreto. Solo mirar. El primer día no pasó nada que no fuera lo de siempre: algún pastor, mercaderes, gente de camino. El segundo día, hacia media tarde, vi llegar una recua larga por el mismo camino que había recorrido yo. Dieciséis o dieciocho mulas, quizá alguna más.
—¿Cuántos hombres las acompañaban?
—Media docena, contando a los traginers. Nada que pareciera una escolta militar. Iban vestidos como cualquier hombre de camino.
—¿Qué llevaban?
—No pude ver todas las cargas, pero sí algunas. Sacos, por el tamaño y la forma, probablemente de grano. Y varios toneles pequeños, bien sujetos a las bestias.
Hug d’Anglesola se inclinó un poco hacia delante, sin interrumpir todavía.
—¿Y entraron en Bar?
—No.
Bertran hizo una pausa breve, como quien llega a la parte que de verdad importa.
—Se detuvieron antes, donde el camino se separa hacia la villa por un lado y continúa hacia las laderas por el otro. Tomaron el segundo.
—¿Estáis seguro de eso?
—Los seguí hasta donde pude sin que me vieran. No fueron a Bar. Siguieron hacia donde están los hombres de Foix desde hace unas semanas, según las noticias que ya teníamos.
Hug se quedó un momento en silencio, ordenando aquello con la misma disciplina de siempre.
Una cosa era un transporte hacia Bar, que podía explicarse de mil maneras distintas, casi todas inocentes. Otra muy distinta era una recua que, llegado el momento de elegir, evitaba la villa y tomaba el camino que llevaba hacia donde estaban los hombres de Mateu de Foix.
—¿Los recibió alguien?
—Vi, desde lejos, que salían hombres a su encuentro cuando llegaron más arriba. No pude acercarme sin arriesgarme a que me vieran. Pero no era gente que se hubiera encontrado por casualidad en el camino. Los estaban esperando.
—¿Reconocisteis a alguno?
—No. Pero nadie recibe así a unos traginers que llegan por error.
Hug se recostó, pensando en lo poco y lo suficiente que aquello era a la vez. No tenía el nombre del procurador que había organizado el envío, ni sabía nada de las cuentas que lo sostenían. Pero no le hacía falta.
Tenía algo mucho más simple y mucho más útil: un movimiento real, observado con los propios ojos de un hombre de confianza, que se dirigía exactamente hacia donde el aviso original había advertido que podía dirigirse.
—¿Averiguasteis algo más?
—Poco. La noche anterior pregunté en una venta al sur de Bar, sin mencionar Foix ni decir por qué me interesaba.
Un hombre que trabaja con animales de carga me dijo que no era la primera recua grande que veía subir por allí en las últimas semanas.
No supo decirme quién las pagaba ni adónde iban después.
Solo que había habido otra parecida antes.
Hug se levantó y caminó el corto trecho de la sala, con las manos cruzadas a la espalda.
—Con esto ya no estamos hablando solo de un rumor de mercader nervioso.
—Eso mismo pensé yo al verlo.
Marc, que había escuchado todo el relato sin interrumpir, se atrevió entonces a plantear la duda que quedaba pendiente.
—¿No podría ser, de todos modos, un envío particular de algún señor de la zona que tenga tratos con Foix por razones que no conocemos? No necesariamente algo organizado más arriba.
—Podría —admitió Hug—. Pero para lo que a mí me corresponde decidir, eso no cambia demasiado.
Si esas mulas llevan grano y vino hasta hombres armados de Foix, da igual, por ahora, si detrás hay toda una casa noble o el negocio particular de un solo hombre.
El resultado es el mismo: esos hombres comen mejor de lo que comerían sin esa ayuda.
Nadie discutió aquello. Era, exactamente, la clase de razonamiento práctico que Hug d’Anglesola había aprendido a aplicar durante años manejando noticias: no necesitaba resolver quién era culpable de qué para decidir que una vía de abastecimiento hacia los hombres de Foix merecía, como mínimo, ser vigilada.
—¿Podéis decirme cuándo podría pasar otra recua?
—No con certeza. Solo sé que esta no parece haber sido la primera. Si existe una continuidad entre ellas, podrían volver a intentarlo. Dentro de dos días o dentro de diez. No tengo manera de saberlo.
—Entonces no tenemos un próximo envío. Tenemos un camino que ya han usado más de una vez.
—Eso sí.
Hug se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia el camino que bajaba desde el castillo, con la misma vista que tantas otras veces le había servido para pensar mejor que sentado en una mesa.
Ya no se trataba de comprobar si el aviso merecía atención. La merecía. Se trataba ahora de decidir cuánto podía hacer con aquella información sin comprometer hombres innecesariamente.
—Marc, necesito saber con cuántos hombres puedo contar sin vaciar la guarnición de sus otras obligaciones. No hace falta mandar una tropa numerosa. Hace falta gente que pueda moverse deprisa y sin llamar la atención hasta el punto donde el camino se divide.
—¿El mismo cruce que ha visto Bertran?
—El mismo. Pondremos ojos allí primero. Si vuelve a pasar otra recua y vemos que toma el mismo camino, entonces la detendremos antes de que llegue a quienes la esperan. No pienso mandar hombres a ciegas detrás de algo que todavía no sé si volverá a ocurrir.
—¿Cuándo queréis salir?
—En cuanto tengamos los hombres necesarios y Bertran haya descansado lo justo para guiarlos.
Hug se volvió hacia él. Bertran ya empezaba a incorporarse pese al cansancio evidente.
—Necesitaré que volváis a enseñarnos ese camino. Nadie lo conoce como vos ahora mismo.
—Contad conmigo.
—Descansad esta noche. Mañana, si Dios quiere, empezamos a organizarlo.
Bertran asintió y salió de la sala con el mismo paso cansado con que había entrado, dejando a Hug y a Marc solos con la tarea que tenían por delante: escoger a los hombres, decidir cuántos podían faltar de sus puestos sin debilitar otras posiciones, calcular cuánto tiempo llevaría llegar hasta aquel cruce sin llamar la atención y preparar todo lo necesario para que, si aquella vía de abastecimiento volvía a utilizarse, la siguiente carga no llegara a su destino.
Hug se sentó por fin y extendió sobre la mesa un pergamino en el que empezó a señalar, según las indicaciones de Bertran, el camino, el desvío y las alturas desde las que podía vigilarse sin ser visto.
Ya no era una noticia que había que sopesar. Era una vigilancia que había que preparar. Y, si por aquel camino volvía a aparecer otra recua, tendría que decidir hasta dónde estaba dispuesto a llegar para detenerla.