XLIV. La certeza
E l cancionero ya no necesitaba más que unas pocas líneas de la última pieza y la revisión final de las iniciales pintadas, y Bernat, sentado ante el atril con la luz sobre el pergamino, trabajaba con la misma disciplina de todos los días.
Copiaba, comparaba, corregía, y entre una línea y otra volvía, sin poder evitarlo del todo, a los rostros que llevaba semanas cargando dentro de la cabeza: Jaume, que apenas le dirigía la palabra desde la conversación en la enfermería; Arnau, con aquella frase suya sobre cosas que, una vez dichas, ya no se pueden deshacer; Vicenç, al que no había vuelto a ver a solas desde que le entregó su versión parcial de todo aquello.
No pensaba en Ramon todos los días, porque pensar en Ramon significaba, sobre todo, no saber nada de él, y aquella ignorancia era la que más le costaba sostener.
Fue Berenguer quien trajo la noticia hasta el scriptorium, no porque tuviera nada que ver con Bernat en particular, sino porque llevaba toda la mañana repitiéndola a quien quisiera oírla, con la excitación nerviosa de quien acaba de enterarse de algo demasiado grande para guardárselo.
—Dicen que Foix ha entrado de verdad —le dijo a uno de los hermanos que trabajaba junto a Bernat, sin bajar la voz—. Que sus hombres ya han entrado por el norte y que el conde de Urgell está reuniendo gente para hacerles frente.
—¿Quién lo dice?
—Los mismos peregrinos que subieron ayer. Vienen de más allá de Vic, y allí ya no se habla de otra cosa. Dicen que hasta han cerrado algunos caminos por si acaso.
Bernat levantó la vista del pergamino, sin soltar el cálamo, escuchando con la misma atención que dedicaba a cualquier otra conversación cercana, sin que nada, todavía, le dijera que aquello fuera a importarle más que al resto de la comunidad.
Foix llevaba semanas siendo un nombre que circulaba por los caminos con más o menos fuerza, y no era la primera vez que alguien lo mencionaba con la urgencia de quien cree estar dando la noticia del año.
—¿Y qué se sabe del conde de Foix, más allá de que anda con gente armada?
—Que dice defender los derechos de su esposa a la Corona, ahora que el rey Joan ha muerto sin dejar varón que lo suceda. Eso ya se sabía. Lo nuevo es que parece que no se conforma con hablar de derechos: ha entrado con hombres y no parece que piense detenerse a discutirlos con nadie.
Bernat volvió al pergamino, aunque ya sin la misma concentración de antes, y fue entonces, mientras Berenguer seguía hablando con el otro hermano de caminos cerrados y de precios de grano que ya empezaban a subir por el miedo, cuando llegó la segunda parte de la noticia, dicha casi de pasada, como se dicen las cosas que a uno mismo no le parecen la más importante de todas.
—Y dicen también que han detenido al conde de Empúries.
Que lo tienen preso, acusado de entenderse con Foix.
El cálamo se detuvo sobre el pergamino sin que Bernat lo decidiera del todo.
—¿Empúries?
—Eso dicen. Que sospechan que ha estado ayudando a Foix desde dentro, facilitándole cosas que no debería haber facilitado a un hombre que viene a hacerle la guerra a la Corona.
Berenguer siguió hablando, ya con otro hermano, de lo terrible que sería que un noble ayudara a quienes habían entrado armados en la Corona, y de lo que aquello podía significar para la comarca si la guerra se acercaba más de lo que ya estaba, pero Bernat dejó de oírlo, o lo oyó como se oye algo desde muy lejos, porque toda su atención se había quedado enganchada en aquel único nombre, repetido ahora en boca de un servidor de hospedería que hablaba de política sin la menor idea de lo que aquel nombre significaba para el hombre que tenía sentado a dos pasos.
Empúries. La casa que Berenguer mismo le había mencionado meses atrás, sin darle ninguna importancia, al recordar que hombres de esa casa y de Cardona habían sido recibidos en la hospedería y que Guerau había intervenido en aquellas visitas.
La casa hacia la que lo había conducido Sant Pere, escondido por el maestro dentro de Mariam, matrem con el mismo cuidado con que había escondido Sant Vicenç dentro de Inperayritz .
La casa cuyo nombre Bernat llevaba semanas guardando en secreto aparecía ahora, de pronto, en una noticia llegada desde fuera de Montserrat.
Y no por una cuestión cualquiera. Por Foix.
Aquel nombre, el mismo que él llevaba semanas cargando en silencio, salía de la boca de Berenguer como una noticia pública, traída por peregrinos que no tenían la menor idea de que un copista de Montserrat había llegado hasta él por un camino completamente distinto.
Bar.
El transporte que Guerau había organizado, el que Ramon había llevado con sus propios carros y que había terminado en una plaza ligada a Foix. No había necesitado esperar a aquella noticia para saber que Bar importaba.
Lo que la noticia le daba ahora era otra cosa.
Empúries ya no era solamente un nombre que el maestro había señalado y que después había aparecido relacionado con Guerau en los recuerdos de Berenguer.
Fuera de Montserrat, sin que Bernat hubiera intervenido en nada, otros hombres habían llegado a sospechar de aquella misma casa y de su relación con Foix.
Eso no demostraba qué había hecho Guerau. No demostraba que Cardona estuviera implicada en nada. Ni siquiera demostraba que las acusaciones contra el conde de Empúries fueran ciertas. Pero hacía mucho más difícil seguir creyendo que el maestro hubiera escogido aquellos nombres por casualidad.
Sant Vicenç. Cardona. Sant Pere. Empúries. Guerau apareciendo, de una forma u otra, cerca de ambas. Y Bar al final de un transporte hacia el norte, justo cuando Foix acababa de convertir en guerra abierta lo que hasta entonces habían sido amenazas, rumores y movimientos de hombres.
Bernat sintió que algo se ordenaba dentro de su cabeza con una claridad que casi le dio miedo.
No era una prueba. Vicenç se lo habría dicho inmediatamente si estuviera allí: ninguna de aquellas cosas, juntas o separadas, permitía acusar a nadie.
No sintió, al comprenderlo, nada parecido al alivio de quien por fin tiene razón.
Sintió, más bien, el peso de lo que aquella coincidencia entre las pistas del maestro y los acontecimientos de fuera podía significar: que el maestro quizá había llegado a tocar algo real, algo bastante grave para explicar el miedo de Guillem, las preguntas de Arnau y los hombres que lo habían esperado en el camino.
Quizá incluso algo relacionado con su muerte.
Pero Bernat se obligó a detenerse ahí. No sabía cómo había muerto el maestro. No sabía quién lo había encerrado, si es que alguien lo había hecho. Y no iba a convertir una sospecha en certeza solo porque otras piezas empezaran, por fin, a encajar.
Jaume había pagado, con su cuerpo, por algo que era al menos tan serio como para que dos hombres estuvieran dispuestos a amenazar y golpear con tal de mantenerlo oculto. Y esa gravedad no borraba ni un solo golpe recibido, ni devolvía nada de lo que aquel silencio suyo había costado.
Y Ramon, en algún camino que Bernat no podía ver desde el scriptorium, llevaba consigo, o había entregado ya, o había perdido por el camino, unas pocas palabras que ahora, con aquella noticia delante, pesaban mucho más de lo que Bernat se había atrevido a calcular la noche en que se las confió.
Berenguer y el otro hermano seguían hablando ya de otra cosa, sin que ninguno de los dos advirtiera que, a dos pasos de ellos, un joven copista se había quedado completamente blanco, con el cálamo suspendido sobre una línea a medio trazar, mirando un punto de la pared que no tenía nada de particular.
Bajó, por fin, la vista hacia el cancionero que tenía delante. Allí estaban Mariam, matrem e Inperayritz , copiadas semanas atrás tal como Bernat había creído que debían sonar, limpias de aquellas anomalías que entonces había tomado por errores del maestro.