XLIII. El escrutinio
H acía casi dos semanas de la conversación con Bernat, y en todo ese tiempo Vicenç apenas había avanzado más allá de algunas comprobaciones dispersas y de la promesa que se había hecho de reservarle al asunto un espacio en cuanto la casa le dejara respirar un poco.
La casa, sin embargo, no dejaba respirar a nadie con facilidad: entre la agresión a Jaume, que había puesto en vilo a media comunidad durante días, y las cuentas ordinarias, Vicenç había ido postergando, jornada tras jornada, el momento de sentarse a mirar con calma todo lo que Bernat le había traído.
No lo había olvidado. Lo llevaba consigo, en algún rincón de la cabeza donde guardaba los asuntos que no podía resolver de un plumazo, y cada vez que pasaba por delante del archivo de sacristía sentía que aquella promesa seguía cumplida solo a medias.
Aquella mañana decidió que no tenía ya ninguna excusa razonable para seguir aplazándolo.
No pensaba revisar la casa entera. Sería absurdo, y además revelaría, a cualquiera que se fijara, que algo grave preocupaba al prior, cosa que Vicenç quería evitar a toda costa mientras no supiera con certeza qué había realmente detrás de las palabras de Bernat.
Se limitó, en cambio, a pedir que le llevaran a la cámara prioral los libros del año en curso relacionados con las luminarias y con los pagos de sacristía, con la excusa perfectamente normal de que quería revisar personalmente el estado de las cuentas antes de la fiesta, cosa que ningún prior necesitaba justificar ante nadie.
Buscó primero la luminaria de Sant Vicenç.
Bernat le había hablado de ella con precisión: constaba atendida en una fecha en que, según el propio muchacho, él mismo había ayudado a preparar aquella capilla y sabía con certeza que no había cirios nuevos.
Vicenç encontró el asiento exactamente donde tenía que estar, con la fórmula habitual, sin ninguna tachadura ni corrección visible.
No podía comprobar, desde su mesa, si aquella fecha coincidía o no con lo que Bernat recordaba de la capilla; eso era un dato que solo Bernat podía darle, y Bernat ya se lo había dado.
Lo que sí podía comprobar era que el asiento existía, que no era una invención, y que el pago correspondiente aparecía también, entre las ápocas de sacristía, a nombre de Guerau Serra.
Guerau cobraba por su trabajo en muchas de las gestiones de la comarca, y no era extraño que su nombre apareciera en cualquier asiento que tuviera que ver con cera, ornamentos o transporte.
Buscó después las partidas de «socorro religioso» hacia comunidades del norte que Bernat había mencionado.
Encontró tres, repartidas en dos años, con la misma fórmula genérica que el propio Bernat le había descrito: cera, ornamentos, alguna vez vino, siempre hacia el norte, sin más precisión de destino que esa vaguedad piadosa que una casa como Montserrat podía emplear para dejar constancia de la caridad hacia comunidades más pobres.
Tampoco aquí encontró nada que, por sí solo, pudiera señalarse como irregular.
Montserrat ayudaba a otras comunidades religiosas con cierta frecuencia, y no habría sido razonable esperar que cada una de esas ayudas viniera acompañada de una explicación detallada de a quién iba destinada exactamente.
Y sin embargo, cuando puso las tres partidas una junto a otra sobre la mesa, Vicenç no pudo evitar sentir algo que no era exactamente sospecha, pero que tampoco era ya la tranquilidad con que habría mirado cualquiera de esos asientos por separado.
Cada pieza que Bernat le había señalado estaba allí, escrita, real, con su fecha y su fórmula, exactamente como él la había descrito.
Eso no demostraba, en absoluto, que existiera ninguna trama, ni que Cardona o Empúries tuvieran nada que ver con los movimientos de Foix, ni que Guerau Serra fuera otra cosa que un procurador eficiente.
Pero demostraba algo más pequeño y, en cierto modo, más incómodo: que Bernat no había estado persiguiendo fantasmas.
Decidió que necesitaba una explicación de quien mejor podía dársela, y mandó llamar a Arnau.
El sacristán mayor llegó poco después, con el mismo aire ordenado de siempre, y Vicenç lo recibió sin ninguna solemnidad especial, con los libros ya abiertos sobre la mesa.
—Sentaos, fra Arnau. Quiero repasar con vos algunas cuentas antes de la fiesta.
—Como gustéis, padre prior.
—La luminaria de Sant Vicenç —dijo, señalando el asiento con el dedo, sin darle a la señal más peso del que le daría a cualquier otra revisión de rutina—. Consta atendida en esta fecha, pero quiero entender bien el gasto. ¿Recordáis las circunstancias?
Arnau se inclinó a mirar el libro, con la misma naturalidad de quien repasa algo que conoce de memoria.
—Se pagó la cera de costumbre para su fiesta, padre prior. Nada fuera de lo ordinario, que yo recuerde.
—El pago fue a Guerau Serra.
—Él nos trae buena parte de la cera desde hace años. Cobra por eso y por gestionar la compra, no solo por traerla él mismo.
—¿Y las partidas de socorro religioso hacia el norte? Aquí, aquí y aquí —dijo Vicenç, señalando una tras otra, con calma—. Tres en dos años. ¿A qué comunidades concretas fueron destinadas?
—A las que en cada momento lo necesitaban más, padre prior.
No siempre se anota el nombre exacto de la casa, porque muchas veces la ayuda se coordina a través del mismo Guerau, que conoce mejor que nosotros qué comunidades del norte pasan más necesidad en según qué año.
Es más práctico así que dejar constancia por separado de cada gestión.
Era una explicación razonable, y Vicenç no encontró en ella nada que pudiera objetar sin sonar a alguien que buscaba problemas donde no los había.
—Entonces, si lo entiendo bien —dijo Vicenç, casi terminando ya, con el tono de quien cierra una revisión de rutina—, Guerau interviene en la mayoría de estos movimientos hacia el norte.
—En la mayoría, sí. Es quien mejor conoce esos caminos y esas comunidades.
—Curioso que sea siempre el mismo hombre.
—No tan curioso, padre prior, si consideráis que es también uno de los hombres de confianza a los que recurrimos para ese tipo de gestiones. No hay tantos entre los que elegir.
Vicenç asintió, sin llevar la conversación más allá, y fue en ese instante, mientras cerraba el segundo libro, cuando notó algo que no había esperado notar: Arnau, al responder sobre la tercera partida, la más antigua de las tres, había sabido de inmediato a qué asiento exacto se refería, sin necesitar mirar la fecha ni el concepto con la misma atención que había dedicado a las otras dos.
Podía ser, simplemente, que la recordara por alguna circunstancia particular, o que llevara aquellas cuentas con tanto cuidado que cualquier asiento le viniera igual de rápido a la cabeza.
Podía ser también, cualquier otra cosa.
Vicenç no lo sabía, y no tenía manera de convertir aquella rapidez, por sí sola, en nada parecido a una prueba.
—¿Puedo preguntar, padre prior, por qué revisáis esto ahora? —dijo Arnau, con la misma cortesía de siempre—. No es tiempo de revisar estas cuentas.
—Porque son cuentas de esta casa y me corresponde entenderlas —respondió Vicenç con más brusquedad de la que pretendía—. No busco nada en particular. Quiero conocer bien lo que se mueve bajo mi propio techo.
Y responder por ello, pensó, aunque no lo dijo. Ante la comunidad y ante Dios.
—Como gustéis. Estoy a vuestra disposición para lo que necesitéis aclarar.
—Lo sé.
Se despidieron y Arnau salió de la cámara con el mismo paso firme con que había entrado, dejando a Vicenç solo con los libros todavía abiertos sobre la mesa y una sensación que no sabía nombrar con precisión, pero que ya no era la misma tranquilidad con que había mandado buscar aquellos documentos esa misma mañana.
Cada pago tenía su explicación, cada nombre su función, cada partida su destino piadoso y verosímil. Si alguien le preguntara esa misma tarde qué había encontrado, tendría que responder, con toda honestidad, que nada.
Y sin embargo, mirando aquellos tres asientos alineados sobre la mesa, con el mismo nombre repitiéndose en el mismo lugar una y otra vez, no conseguía sentir del todo la tranquilidad que aquella ausencia de pruebas debería haberle devuelto.
Arnau tenía respuesta para todo.
Eso, en sí mismo, no probaba nada en su contra: un hombre que llevaba años administrando bien una sacristía debía tener, precisamente, respuesta para todo lo que en ella ocurría.
Pero Vicenç, que había concedido a Arnau, durante todo el tiempo que llevaba siendo prior, la misma autonomía con que se concede confianza a quien nunca ha dado motivo para retirarla, comprendió, mientras devolvía los libros a su sitio, que aquella autonomía, hasta ese mismo día, nunca había necesitado ser comprobada.
No pensaba acusar a nadie. No tenía con qué.
Pero decidió, allí mismo, que a partir de entonces prestaría a aquellas cuentas una atención que hasta entonces les había ahorrado, y que Arnau, sin necesidad de que se lo dijera con ninguna palabra más, tendría que acostumbrarse a que su prior revisara de vez en cuando aquello que hasta entonces había dejado enteramente en sus manos.
Solo al guardar el último libro, cuando el resto de las obligaciones de aquella tarde empezaba ya a reclamarle la atención, le vino a la cabeza la imagen de Bernat.
Y se preguntó, sin darle demasiada importancia todavía, si el muchacho habría tenido de verdad la paciencia de esperar, como le había prometido, a que él mismo terminara de comprobar todo aquello.