XLII. La custodia
E l castillo de Bellera no era gran cosa como fortaleza: una construcción levantada sobre la roca, un patio pequeño y una guarnición que apenas llegaba a cuarenta hombres cuando estaba completa.
Pero ocupaba una posición útil para quienes vigilaban los pasos del norte, y por allí terminaba pasando buena parte de la correspondencia que iba y venía entre las posiciones de montaña y las villas del llano.
Hug d’Anglesola, que llevaba allí destinado desde el verano, había aprendido a apreciar ese hecho tan poco por lo que tenía de importante como por lo que tenía de agotador.
Era un hombre de poco más de treinta años, delgado, de barba castaña cortada muy cerca del rostro y nariz ancha y aplastada, con el cabello ya algo retirado sobre las sienes y la costumbre de fruncir el ceño incluso cuando no estaba preocupado.
Aquella mañana, antes de que el sol terminara de subir por encima de la sierra, ya llevaba despachados tres asuntos que no tenían nada que ver entre sí: una queja de un molinero sobre el peaje, una petición de forraje que había que trasladar al veedor de vituallas y un mensajero llegado de noche, calado hasta los huesos, que traía noticia de que el paso de más al norte llevaba dos días cerrado por la nieve y que convenía avisar a cualquier partida que pensara subir por allí antes de que se rompiera una pierna un hombre o una mula.
Se sentó a desayunar un pan duro con algo de tocino, todavía con la lista de asuntos pendientes extendida sobre la mesa, cuando Marc, el escribano que llevaba con él desde que llegó al castillo, entró con un fajo de papeles bajo el brazo.
Era unos años más joven que Hug. Caminaba siempre deprisa, como si hasta llevar papeles de una habitación a otra formara parte de alguna urgencia.
—Lo del molino ya está resuelto —dijo Marc, dejando el primero de los papeles a un lado—.
Lo del forraje tendrá que esperar a que baje el veedor, que no vendrá hasta pasado mañana.
Y esto otro... —levantó una hoja pequeña, doblada varias veces, con la letra de alguien que había escrito deprisa— llegó anoche, tarde, con uno de los correos que suben por la ruta de los mercaderes.
—¿De qué trata?
—De un transporte. Hacia Bar.
Hug d’Anglesola dejó el pan a un lado y extendió la mano para que le diera el papel, aunque ya sabía, antes de leerlo, que aquella clase de avisos llegaban con más frecuencia de la que a cualquiera le gustaría admitir.
Desde que los hombres de Foix habían empezado a moverse por aquellos caminos, no pasaba semana sin que algún mercader, algún pastor o algún cura de aldea hiciera correr la noticia de que había visto hombres armados donde no debía haberlos, o de que un carro cargado de grano había tomado un camino que no le correspondía.
La mayoría de aquellas noticias se resolvían en nada: un malentendido, una exageración, un rebaño confundido con una tropa en la distancia, un cargamento de comercio corriente que alguien, con demasiadas ganas de parecer bien informado, convertía en algo más siniestro de lo que era.
Leyó la nota. Decía que se preparaba en Montserrat un nuevo transporte con destino a Bar y que quien había hecho llegar el aviso consideraba que podía guardar relación con los movimientos de gente del conde de Foix por el norte.
—¿De dónde viene esto exactamente?
—El correo dice que se lo entregó un mercader de Bagà, que a su vez lo había recibido de otro hombre. No sabe cuál. Nadie firma.
—Eso no me dice mucho.
—Ya lo sé. Por eso os lo he traído y no lo he dejado en el montón de las quejas del molino.
Hug apoyó la nota sobre la mesa y se quedó mirándola un momento, con la misma incomodidad con que miraba cualquier noticia que llegaba sin firma ni rostro detrás.
Podía ser cierta. Podía ser, con la misma facilidad, la exageración de un mercader nervioso que había oído hablar de un carro con destino al norte y había decidido, sin saberlo con certeza, que aquello olía a algo más que a comercio.
Bar llevaba demasiado tiempo ligado a los Foix y a Castellbò, y aquel año su posición era demasiado delicada para que la sola mención del lugar no bastara para despertar sospechas.
—¿Sabemos algo nuevo de Foix por otras vías?
—Lo de siempre. Que sigue moviendo hombres por los pasos de más al norte. Que parece estar esperando algo o a alguien. Nadie sabe bien qué. El último correo que trajo noticia fiable fue hace ocho días, y hablaba de movimientos por la parte de Cerdanya, no de Bar.
—¿Y de Bar en concreto?
—Nada, hasta ahora.
Hug se levantó y se acercó a la ventana estrecha, desde donde se veía el primer tramo del camino, todavía con restos de la última nevada acumulados en las zonas de sombra.
No era la primera vez que tenía que decidir qué hacer con una noticia a medio camino entre el rumor y el hecho, y sabía, por experiencia, que equivocarse en cualquiera de las dos direcciones tenía un precio.
Si ignoraba un aviso que resultaba verdadero y Foix conseguía reforzar una posición sin que nadie lo estorbara, tendría que explicar después por qué no había hecho nada con la información que tenía.
Y si movía hombres, o comprometía tiempo y recursos, detrás de un rumor que no era más que la imaginación nerviosa de un mercader, malgastaría fuerzas que podían hacer falta en otro sitio y quedaría, además, como un oficial que se asustaba de las sombras.
—¿Por cuántas manos ha pasado esto antes de llegar aquí?
—Al menos dos, por lo que dice el correo.
—Entonces no sabemos ni quién lo vio, ni si lo vio, ni si lo que vio era lo que dice que era.
—No.
—Pero encaja. Bar no es un lugar que nadie mencione por casualidad estos días.
Si Foix necesita abastecer a sus hombres antes de que el invierno cierre todavía más los pasos, tendría sentido que buscara hacerlo desde el sur, donde aún se puede circular.
Y un transporte que parezca comercio corriente sería, precisamente, una manera discreta de hacerlo.
—Pero también podría ser comercio corriente sin más.
—También —dijo Hug, sentándose de nuevo, con la nota todavía entre los dedos—. Esa es la parte que no me gusta. Que las dos explicaciones son razonables y no tengo manera de saber cuál es la verdadera con lo que tengo delante.
Marc se sentó en el banco de enfrente, con la paciencia de quien había pasado por aquella misma clase de decisiones muchas otras veces junto a él.
—¿Qué queréis hacer?
—No voy a mandar hombres a Bar por un papel sin firma que ha pasado por tantas bocas antes de llegar a la mía.
Si me equivoco y era cierto, habré perdido unos días.
Si mando gente armada y resulta que era un cargamento de cebada camino de algún mercado, habré alarmado a media comarca por nada. Y bastante inquieta está ya la gente.
—Entonces, ¿lo dejamos correr?
—No.
Hug dobló la nota.
—Dejarlo correr sin más también tiene su precio si resulta ser verdad. Lo que necesito es a alguien que pueda acercarse a mirar sin que eso parezca un movimiento de hombres. Alguien capaz de moverse por esos caminos sin llamar la atención y de traerme algo mejor de lo que tenemos.
—¿Bertran?
Hug lo pensó un instante.
Bertran de Solà llevaba con la guarnición desde antes que él mismo llegara al castillo, conocía los pasos de aquellas montañas mejor que ningún otro hombre bajo su mando y tenía, además, la clase de cara anónima y la manera de moverse que no llamaba la atención de nadie, ni de un pastor ni de un hombre de armas de Foix, si se cruzaba con alguno por el camino.
—Sí. Bertran. Que se acerque hacia Bar, sin entrar en la villa si puede evitarlo, y que mire si ha habido movimiento de carros, de hombres, de lo que sea, en los últimos días.
Y que averigüe, si puede hacerlo sin preguntar demasiado, si se espera alguna carga nueva.
Que no se deje ver más de lo necesario y que no haga nada más que mirar y volver.
—¿Cuánto tiempo le doy?
—El que necesite para ir, ver y volver sin exponerse. No quiero que se arriesgue por una noticia que todavía no sé si vale nada. Si Dios quiere, volverá con algo más sólido que esto.
Marc anotó la orden en un papel aparte y se levantó para ir a buscar a Bertran antes de que la mañana avanzara más.