El libro rojo de Montserrat XLI. La palabra
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XLI. La palabra

A media mañana, la rueda delantera del carro se hundió hasta el cubo en un lodo que, cuando había pasado por allí con la carga de Bar, ni siquiera existía.

Ramon bajó, comprobó con el pie hasta dónde llegaba el barro y decidió, sin mucho debate interior, que sacarla de allí sin descargar iba a costarle más tiempo del que ya había perdido.

Descargó lo poco que llevaba y entre él y la Grisa, con más paciencia que fuerza, consiguieron sacar la rueda del lodo después de una hora larga.

Siguió adelante con la ropa empapada y el ánimo del que sabe que el día ya no va a salir como lo había planeado, calculando de nuevo, ahora con menos optimismo, si llegaría a Manresa antes de que el mercader cerrara trato con otro.

La lluvia no amainó. Al contrario, se hizo más espesa a media tarde, y el camino, en el último tramo antes de llegar a una venta que Ramon conocía de otros viajes, se convirtió en algo que ni la Grisa, con toda su experiencia, quería atravesar sin protestar.

Se quedó allí esa noche. No era una decisión que le costara tomar: había dormido en aquella misma venta otras veces, conocía al ventero y sabía que forzar el último tramo con la luz ya casi perdida y el camino convertido en aquel barro era la clase de imprudencia que un traginer con veinte años de oficio no cometía por ahorrarse unas horas.

Cenó un plato de legumbres con más agua que otra cosa, dejó a la Grisa bajo cubierto y se tendió sobre un jergón de paja pensando, antes de dormirse, que aquel retraso significaba también un día más antes de poder cumplir lo que le había prometido a Bernat.

No le dio más vueltas de las que le daba a cualquier otro contratiempo del camino. Un día de retraso, en un viaje de traginer, no era ninguna catástrofe. Lo raro habría sido no tenerlo nunca.

Llegó a Manresa al día siguiente, ya bien entrada la mañana, con el sol por fin asomando entre las nubes y el camino, más abajo, secándose poco a poco.

Fue primero a la casa del mercader de las legumbres, porque tenía que cerrar con él, antes que ninguna otra cosa, el asunto de la partida hacia Berga que llevaba días pendiente de confirmación, y lo encontró en el patio trasero de su almacén, supervisando a dos mozos que descargaban fardos de paño recién llegados de un carro distinto del suyo.

—Ramon. Con este barro pensé que no llegaríais hasta pasado mañana.

—Casi. Se me atascó una rueda a media legua de aquí.

—A todos se nos atasca algo con esta lluvia. ¿Y bien? ¿Tomáis la partida hacia Berga o busco a otro?

—La tomo. ¿Cuándo hay que salir?

—Antes de que acabe la semana, si Dios quiere y el tiempo lo permite. Decídselo a Pere Sala si lo veis. Con vosotros dos y quizá uno más, basta.

Cerraron el trato con la misma sencillez con que se cerraban siempre entre ellos, sin más papel que la palabra dada y un apretón de manos, y Ramon, satisfecho con esa parte del día ya resuelta, se quedó todavía un rato ayudando a los mozos a acomodar los últimos fardos porque no le costaba nada.

Fue solo cuando el trabajo terminó, y el mercader se disponía a entrar en el almacén para revisar unas cuentas, cuando Ramon, recordando lo que llevaba guardado desde hacía días de más, lo detuvo con un gesto.

—Esperad. Antes de que entréis. Tengo que deciros algo, y no sé bien cómo empezar.

El mercader se detuvo, con media sonrisa, del tipo que se pone cuando uno espera que le vengan con una queja sobre el precio de algo.

—¿Ahora vais a decirme que la partida sale más cara?

—No es eso. Es otra cosa. Un favor que le hice a un amigo, y que él me pidió que os hiciera llegar porque le dije que conocíais a más gente de la que conozco yo, y que sabríais mejor qué hacer con ello.

El mercader ladeó un poco la cabeza, con la curiosidad moderada de quien no espera nada especialmente grave, pero tampoco descarta que pueda serlo.

—Adelante.

—Dice que puede salir pronto de Montserrat hacia Bar un nuevo transporte de Guerau Serra. Y que quien reciba el aviso debería saber que puede tener relación con los movimientos del conde de Foix, allá por el norte.

—¿Foix?

—Eso me dijo.

—¿Y quién es vuestro amigo, para saber eso?

—Un copista de Montserrat. No sé más de lo que os acabo de decir.

—¿Sabe vuestro amigo adónde va exactamente? ¿Más allá de Bar?

—No. Solo eso que os he dicho.

—¿Y por qué cree que tiene que ver con Foix?

—No me lo explicó. Y yo tampoco le pregunté mucho, para seros sincero. No es asunto en el que quiera meterme más de lo necesario.

El mercader asintió, despacio, sin que aquella respuesta pareciera decepcionarlo, como si ya hubiera esperado que Ramon no supiera más.

—¿Sabe alguien más esto, además de vuestro amigo y de vos?

—No sabría deciros. Creo que no.

—¿Y por qué a vos?

—Porque conozco caminos y gente, y él no —dijo Ramon, moviéndose incómodo con la vuelta que estaba tomando la conversación—. Mirad, yo solo le hice el favor de decíroslo a vos, porque le dije que sabríais a quién puede interesarle.

—¿Cuándo saldría ese transporte?

—Pronto.

El mercader se quedó callado un momento, mirando hacia el patio, hacia los mozos que ya habían terminado con los fardos, y Ramon, que lo conocía desde hacía años y sabía distinguir cuándo estaba de verdad pensando algo de cuándo solo fingía cortesía, comprendió que aquella pausa no era la de un hombre que iba a olvidar lo que le acababan de decir.

—Bien. Habéis hecho bien en decírmelo. Yo sabré a quién puede interesarle esto mejor de lo que podéis saberlo vos.

—¿Es grave?

—No lo sé. Y por eso mismo no pienso decidirlo yo solo. Hay gente mejor situada que yo para juzgar si esto merece más atención o menos. Yo me limito a hacer que les llegue.

—¿Y qué hago yo?

—Vos ya habéis hecho lo que teníais que hacer —dijo el mercader poniéndole una mano en el hombro—. Id a preparar la partida, que de eso sí que entendéis, y dejadme a mí lo demás.

Ramon asintió, sin estar del todo tranquilo, pero también sin saber qué otra cosa podía añadir que no fuera repetir lo mismo que ya había dicho.

No sabía a quién le contaría el mercader aquello, ni cuándo, ni qué harían con ello, ni si Bernat, con sus cuentas y sus sospechas, tenía razón en algo o se equivocaba en todo.

Lo único que sabía era que las pocas palabras que había llevado desde Montserrat, guardadas con tanto cuidado durante días de camino, acababan de dejar de pertenecerle a él, del mismo modo en que días antes habían dejado de pertenecerle a Bernat.