XL. La pertenencia
L a noticia de la agresión a Jaume había corrido por Montserrat con la misma rapidez con que corría cualquier desgracia dentro de una casa pequeña, y a los dos días ya no había hermano que no supiera que dos desconocidos lo habían golpeado en el camino de Monistrol sin motivo aparente.
Bernat cruzaba el claustro con la cabeza gacha y el ánimo todavía deshecho por la última conversación con Jaume cuando Arnau lo detuvo con un gesto breve con la mano, sin necesidad de llamarlo por su nombre.
—Bernat. ¿Cómo está Jaume?
—Mejor, fra Arnau.
—Me alegro —dijo Arnau con la misma cordialidad de siempre, y Bernat, que había aprendido en las últimas semanas a desconfiar precisamente de esa cordialidad, no supo, en un primer momento, si aquella pregunta nacía de una preocupación real o de la simple curiosidad que cualquier miembro de la comunidad habría mostrado por otro—.
Una desgracia terrible. Dos hombres en el camino, dicen.
—Sí.
—¿Se sabe qué querían?
—¿No lo sabéis vos?
Lo dijo sin pensarlo del todo, con más dureza de la que había pretendido, y vio, en la breve pausa que siguió, que Arnau había recibido la pregunta como algo distinto de lo que esperaba.
—¿Por qué habría de saberlo yo?
—No sé. Pensé que quizá alguien os lo habría contado.
—Me han contado lo mismo que a todos. Que lo encontraron golpeado en el camino y que no supo explicar bien por qué. ¿Vos sí lo sabéis?
Bernat se quedó un momento callado. No tenía ninguna prueba de que Arnau supiera nada de aquellos hombres más allá de lo que cualquiera podía haber oído, y sin embargo la sospecha que llevaba días alimentando —que había sido precisamente Arnau quien lo mandó bajar a Monistrol aquella tarde, con el encargo de los broches, justo cuando aquellos dos hombres esperaban en el mismo camino— no se le había ido de la cabeza en ningún momento.
—Eran los mismos hombres que me pararon a mí, hace unos días. En ese mismo camino.
Arnau no dijo nada durante un instante que a Bernat le pareció, incluso antes de que terminara, demasiado largo para lo que la frase merecía.
—¿Los mismos?
—Los mismos. Confundieron a Jaume conmigo.
—¿Estáis seguro de eso?
—Sí. Jaume los describió exactamente igual.
Arnau apartó la vista un instante, hacia el fondo del claustro, donde dos hermanos cruzaban.
—¿Y no dijisteis a nadie que os habían parado?
—No.
—¿Ni siquiera después?
—Ahora sí. A vos.
—¿Qué os dijeron cuando os pararon?
—Que dejara de hacer preguntas. Que dejara de mover recados.
—¿Y a Jaume?
—Lo mismo. Solo que a él lo golpearon porque creían que ya me habían avisado antes y que había vuelto a desobedecer.
Arnau apretó los labios, un gesto pequeño, casi nada, y llevó la mano hasta el manojo de llaves que le colgaba del cinto, tocándolo sin necesidad, con el mismo gesto distraído con que un hombre busca algo con lo que ocupar las manos cuando las palabras no le llegan.
—Eso no debería haber pasado.
—¿Por qué?
—Porque un muchacho que no tiene nada que ver con nada ha terminado herido por un error.
Bernat lo observó con atención, buscando en aquella frase algo que le permitiera decidir de una vez si Arnau hablaba como quien lamenta una desgracia ajena o como quien lamenta algo que nunca quiso que llegara tan lejos.
—¿Vos sabíais que había hombres vigilando el camino?
—¿Por qué me lo preguntáis a mí?
—Porque el día que me pararon fui a Monistrol por un encargo que salió de vuestra sacristía. Unos broches, para el platero. Podría haber ido cualquier otro hermano.
—Necesitaba que fueran esos broches concretos y que volvieran esa misma tarde.
—Eso no responde a lo que os he preguntado.
—Hay preguntas, Bernat, que es mejor no hacer en voz alta, porque una vez dichas ya no se pueden deshacer, igual que no se puede deshacer lo que le ha pasado a Jaume.
—¿Es una amenaza?
—No.
La negativa le salió con una rapidez que a Bernat le sorprendió.
—No es una amenaza. Pero tenéis un futuro por delante y sería una pena que lo echarais a perder.
Bernat tuvo la sensación extraña de estar viendo a un Arnau que no controlaba del todo la conversación en la que él mismo había entrado con la seguridad de siempre.
No sabía nombrar con precisión lo que estaba viendo.
Sabía, eso sí, que aquel hombre parecía saber algo más de aquellos dos desconocidos de lo que estaba dispuesto a reconocer, y que, al mismo tiempo, lo que le había ocurrido a Jaume parecía haberle llegado como una noticia genuinamente inesperada, no como algo cuyas consecuencias hubiera previsto.
—Arnau —dijo Bernat, por primera vez sin el «fra» por delante, y no lo hizo a propósito, simplemente le salió así—. Si sabéis algo de esto, decídmelo. Ya no es solo cosa mía.
—No sé nada que pueda deciros y que os sirva de algo. Y aunque lo supiera, no tendría por qué contároslo. Aún no sois uno de nosotros.
Bernat no respondió. La rabia le subió antes de que pudiera contenerla, seca y caliente, y tuvo que apretar los dientes y los puños para no contestar.
Había obedecido sus horas, trabajado en el scriptorium, cargado, copiado, rezado y vivido entre aquellos muros hasta aprender sus ritmos como si fueran los de su propio cuerpo.
Había hecho cuanto estaba en su mano por ganarse un lugar allí.
Había pedido a Dios que aquel fuera el lugar donde pudiera entregar su vida y se sentía uno de ellos desde mucho antes de que nadie se dignara a reconocérselo.
Y Arnau acababa de reducir todo aquello a una frase: aún no sois uno de nosotros. Todavía no era hermano.
Lo vio alejarse por la galería del claustro con el mismo paso firme de siempre. Bernat mantuvo las manos cerradas a los costados hasta que dejó de verlo.