XXXIX. La verdad
L o vio llegar desde el otro extremo del claustro, sostenido por un hombre al que no conocía, con la boca hinchada de un lado y el hábito manchado de tierra y algo más oscuro que la tierra.
Durante un instante, antes de que la razón le dijera nada, el cuerpo de Bernat reaccionó solo, y echó a correr hacia allí sin pensar en nada más que en llegar.
—¿Qué ha pasado?
—Dos hombres —dijo alguien, quizá el propio carretero que lo sostenía—. Lo han encontrado tirado en el camino de Monistrol.
Jaume levantó la cabeza al oír la voz de Bernat, y en sus ojos, entre el dolor y el aturdimiento, había todavía sitio para una especie de alivio infantil, el de quien reconoce por fin una cara amiga entre tantas desconocidas.
—Bernat...
—Aquí estoy. Ya estáis en casa.
Lo ayudaron a sentarse en el primer banco, y alguien corrió a buscar al hermano enfermero mientras otros se apartaban para dejar sitio, y Bernat, arrodillado junto a Jaume, le sostuvo la mano sin saber qué otra cosa hacer con las suyas.
Por un instante dio gracias a Dios, sin palabras, simplemente porque Jaume estaba allí, consciente, respirando, capaz todavía de decir su nombre.
—Decían que ya me habían avisado —dijo Jaume, con la voz espesa por el labio partido, mirando a ningún sitio en concreto—. Que no volviera por aquel camino. Yo no los conocía. No sé de qué me hablaban.
Bernat sintió que el mundo se le quedaba, durante un instante, completamente inmóvil.
Que no volviera por aquel camino.
Las mismas palabras, casi, que él mismo había oído dos días antes, en ese mismo camino, de dos hombres cuya cara recordaba con una precisión que no había conseguido borrar ni durmiendo ni trabajando.
No hizo falta que Jaume dijera nada más. No necesitó preguntar cuántos eran, ni qué aspecto tenían, ni cómo iban vestidos.
Lo supo con la misma certeza con que se sabe una nota mal escrita nada más oírla: eran los mismos hombres, y aquella advertencia repetida no iba dirigida a Jaume. Iba dirigida a él.
Miró a su amigo, tendido allí, con la cara torcida por los golpes, y por primera vez desde que se conocían reparó de verdad en algo que hasta entonces nunca había necesitado nombrar: la edad parecida, la misma complexión estrecha, el cabello oscuro, el hábito gastado de novicio, una silueta que cualquier desconocido que hubiera visto a Bernat una sola vez y desde cierta distancia podía confundir sin demasiado esfuerzo con la de Jaume.
Jaume había sido Bernat para esos dos hombres durante unos instantes en un camino estrecho. Pero no dijo nada de todo eso.
El hermano enfermero llegó, apartó a los curiosos con la autoridad de su oficio, y Bernat se quedó a un lado, ayudando en lo que le pedían —agua, paños, sostener a Jaume mientras le examinaban el costado—, con la cabeza llena de algo que no podía compartir con nadie en ese momento, porque nadie más en aquel corro sabía lo que él sabía, ni podía saberlo sin que él mismo lo dijera.
Pero Jaume necesitaba descanso, no confesiones, y Bernat se lo repitió a sí mismo como razón suficiente, aunque en el fondo comprendía que también era, simplemente, que no encontraba las palabras con las que empezar.
Con el paso del día, Jaume tenía mejor aspecto: el labio se le deshinchó, y ya se sentaba solo sin ayuda, quejándose, con la misma vitalidad de siempre, de que el hermano enfermero no lo dejaba levantarse ni para estirar las piernas.
Bernat lo visitó aquella misma tarde, le llevó pan, le contó las tonterías de siempre, y durante ese rato casi consiguió que todo pareciera lo de antes. Pero no lo era.
Bernat lo notó en pequeños detalles: en que Jaume, que antes bromeaba sin necesitar pensarlo, ahora dejaba a veces una pausa demasiado larga antes de reírse de algo; en que sus propios silencios, que Jaume respetaba siempre sin insistir, esta vez parecían pesarle de otra manera, como si los estuviera midiendo.
Sabía que su amigo lo había visto reaccionar de un modo extraño al oír la frase de esos hombres, y sabía, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta, que aquella reacción no se le había olvidado.
—Vos sabéis por qué me hicieron esto.
No era exactamente una pregunta. Era, más bien, una comprobación que Jaume llevaba rato queriendo hacer y que finalmente había decidido verbalizar.
Bernat se quedó de pie junto a la puerta, con el pan que le había traído todavía en la mano, y sintió que aquel era el momento en que podía volver a mentir, con la misma facilidad con que llevaba semanas mintiendo, o dejar de hacerlo.
—Sí.
Jaume no dijo nada. Esperó, con los ojos fijos en él, y Bernat comprendió que aquel silencio no era una concesión, sino una exigencia: quería la frase entera, no una palabra suelta que pudiera interpretarse de varias maneras.
—Me buscaban a mí.
Jaume cerró los ojos un instante, como quien recibe una confirmación que ya esperaba y que, aun así, duele exactamente igual que si no la hubiera esperado en absoluto.
—¿Por qué a vos?
—No lo sé del todo. He estado haciendo preguntas. Sobre unas cuentas, sobre unos transportes. A alguien no le ha gustado.
—¿Y esos hombres?
—Ya me habían parado antes. En ese mismo camino.
Jaume abrió los ojos y lo miró con una intensidad distinta, más dura, la de alguien que empieza a entender el tamaño real de lo que ha estado ignorando.
—¿Os pararon antes y no dijisteis nada?
—No.
—¿A nadie?
—A nadie.
Jaume se quedó callado un momento, con la mandíbula apretada, y Bernat vio cómo intentaba ordenar aquello dentro de su cabeza, sin conseguirlo del todo.
—Entonces sabíais que había hombres ahí fuera. Que paraban a la gente. Que amenazaban.
—Sabía que me habían amenazado a mí.
—¿Y no pensasteis que podían hacerlo otra vez? ¿Con cualquier otro?
Bernat no tenía una respuesta que no sonara, incluso a sus propios oídos, a excusa pobre.
—No pensé que seguirían allí tanto tiempo. No pensé que confundirían a nadie conmigo.
—Pero no lo dijisteis. Ni siquiera por si acaso.
—No.
—¿Por qué?
—Creí que era asunto mío. Que podía ocuparme yo solo. Que si lo contaba, tendría que explicar demasiadas cosas.
—¿Qué cosas?
—No puedo decíroslo, Jaume. No porque no confíe en vos. Porque cuanta más gente lo sepa, más peligro corre esa gente. Y ya habéis visto lo que les pasa a quienes se cruzan con esto sin merecerlo.
Lo dijo con la mayor sinceridad de la que fue capaz, y sin embargo, en cuanto las palabras salieron, comprendió que aquella frase, tan razonable en apariencia, era exactamente la misma clase de razonamiento que ya había usado para justificarse a sí mismo el silencio anterior, el que había terminado en los golpes que Jaume todavía llevaba en el cuerpo.
—Así que decidisteis vos solo qué era mejor para todos.
—No lo pensé de ese modo.
—Pero es lo que hicisteis.
Bernat no respondió. No tenía nada que oponer a eso, porque era exactamente lo que había hecho.
—¿Y si esto no me hubiera pasado a mí? —preguntó Jaume, más bajo—. ¿Cuándo pensabais contarlo? ¿Alguna vez?
—No lo sé.
—Ya —dijo Jaume, y en esa sola palabra había más reproche que en cualquier grito que hubiera podido soltarle.
—Lo siento, Jaume. De verdad. Si hubiera sabido que...
—No sigáis.
Bernat cerró la boca.
Jaume se quedó mirando la manta que tenía sobre las piernas, con la misma expresión con que había hablado todo el rato, ni furiosa ni deshecha, sino cansada, la de alguien que ha entendido algo sobre otra persona que preferiría no haber tenido que entender.
—No voy a gritaros —dijo, después de un silencio largo—. No serviría de nada, y además me duele el costado. Pero no me digáis que lo sentís como si eso fuera a arreglarlo. No arregla nada. Pensaba que nos lo contábamos todo.
—Os lo he contado.
—Porque os lo he preguntado yo. Si no llego a preguntar, ¿me lo habríais dicho alguna vez?
Bernat abrió la boca para responder, y no le salió nada.
Sabía que la respuesta más honesta era que no lo sabía, y que aquella incertidumbre, dicha en voz alta, no iba a sonarle a Jaume mejor que un simple no.
—No lo sé —repitió, porque no tenía otra cosa que ofrecerle.
Jaume asintió, muy despacio, como quien termina de confirmar algo que ya sospechaba, y se quedó callado un rato más sin mirarlo.
—Dejad el pan ahí —dijo Jaume, por fin, señalando el pequeño arcón junto al jergón—. Id a hacer lo que tengáis que hacer.
Bernat dejó el pan donde le había dicho y se quedó de pie un momento más, esperando alguna señal, un gesto, algo que le permitiera saber si aquello se podía todavía enderezar de alguna manera esa misma tarde. Pero no llegó nada.
Jaume se recostó despacio contra la pared y volvió la cara hacia el ventanuco, dándole la espalda con la misma naturalidad con que un enfermo cambia de postura para descansar mejor, sin ningún gesto brusco que pudiera llamarse un rechazo y sin ninguna palabra más que pudiera llamarse un perdón.
Bernat entendió, mirando aquella espalda vuelta hacia el ventanuco, que la conversación había terminado, y que no había servido, ni servía, ninguna otra cosa que pudiera decir en ese momento.