XXXVIII. El retorno
J aume ya estaba en el puente de Monistrol cuando Bernat llegó, sentado en el pretil con los pies colgando sobre el agua y un hato todavía más pequeño que el suyo entre las rodillas, con el aire de quien lleva un buen rato esperando sin ninguna impaciencia.
Había dormido en una posada de la parte baja del pueblo, según contó enseguida, y desayunado un tazón de leche con pan duro que le había parecido lo mejor que probaba en meses.
Lo dijo con tanto convencimiento que Bernat, que no había conseguido tragar nada desde la víspera, sintió algo muy parecido a la envidia.
Tenían casi la misma estatura y el mismo cuerpo largo y desgarbado de quienes habían crecido demasiado deprisa.
—Parecéis un hombre al que van a sacarle una muela —dijo Jaume, viéndolo cerrar el hato otra vez—. Cualquiera diría que no habéis estado aquí nunca.
—Precisamente —respondió Bernat.
Jaume lo miró un momento y por una vez no encontró la broma que seguía. Echó a andar hacia el camino y Bernat fue tras él.
El sendero subía desde las últimas casas entre huertos y luego entre encinas, con la ginesta abierta en las laderas soleadas y un olor a romero y a tierra húmeda que a Bernat le llegó antes de lo que esperaba, como si la montaña se lo hubiera guardado durante cinco años.
Reconocía cada recodo sin esfuerzo: la piedra grande donde los peregrinos se detenían para ajustarse las sandalias, el árbol partido por un rayo, el punto exacto donde el camino se estrechaba y había que ceder el paso a los que bajaban.
Jaume caminaba un paso por delante con las manos metidas en las mangas y parecía reconocerlos también, aunque los saludaba de otra manera, con comentarios sueltos, como se saluda a conocidos de poco trato.
—Yo cantaba abajo, ¿os acordáis? —dijo Jaume, sin volverse—. Y durante dos años os odié por vuestra manera de soltar la última sílaba, que no dejabais respirar a nadie.
—El maestro me lo dijo una vez.
—El maestro os lo dijo cuarenta. Y la vez que os lo dijo delante de todos, los de abajo tardamos tres días en aguantarnos la risa.
—Lo corregí.
—Pero tarde.
Bernat estuvo a punto de defenderse y comprendió que lo que sentía era más bien una especie de gusto, el de comprobar que alguien guardaba memoria de aquello y que no se había perdido con él.
Se calló. En la revuelta donde el camino corría pegado a la pared de roca, Jaume se detuvo, ahuecó la mano junto a la boca y lanzó un «eh» corto y bajo.
La piedra se lo devolvió un instante después, más apagado, como si alguien hubiera contestado desde más lejos.
—Todos lo hacíamos —dijo, riéndose—. A mí me castigaron dos veces por esto. Dos días fregando cuencos en el refectorio.
Bernat ladeó la cabeza hacia la roca, como había hecho de niño en aquel mismo sitio, y escuchó cómo el eco se iba apagando. Le sorprendió que la piedra siguiera contestando igual, que en cinco años no se hubiera cansado de repetir lo mismo.
Después de la revuelta el sendero se empinaba y dejaron de hablar un rato, más por falta de aire que por falta de ganas. Fue Jaume quien retomó la conversación, ya sin bromas, como quien vuelve a un asunto que lleva todo el camino queriendo tratar.
—¿Vos no dudasteis nunca?
—No. Siempre supe que volvería.
—¿Siempre?
—Sí.
Jaume subió dos revueltas con la vista en el suelo antes de contestar.
—Yo fuera estaba bien, no creáis. Mi tío tenía buenas cepas y me trataba como a un hijo, y no tenía de qué quejarme. Pero a la hora de maitines me despertaba igual, sin que nadie me llamara, y me quedaba sentado en la cama esperando una campana que no tocaba.
—A mí me pasaba lo mismo.
Jaume se volvió a mirarlo, sorprendido.
—¿De verdad?
—Casi cada noche.
—Y yo que creía que era cosa mía. —Se rió, pero la risa no le duró—.
No sé si esto es una vocación, Bernat. No me ha hablado ninguna voz ni he visto a la Señora de Montserrat mirarme.
Solo sé que, cuando entraba en la iglesia por la tarde, estaba más en paz que en ningún otro sitio.
Fuera no me ha pasado nunca. Quizá Dios no necesite decir más que eso.
Y si me equivoco, prefiero saberlo ahora.
Bernat no contestó enseguida. Lo de Jaume le pareció de una sencillez que él no había conocido nunca.
Él conservaba otra cosa: aquella vigilia de cuando tenía ocho años, una frase musical que parecía prolongarse después de que él hubiera dejado de cantarla y la impresión, nunca del todo olvidada, de que la mirada de la Señora se había detenido en él.
Durante los cinco años fuera de allí, no había ocurrido nada semejante otra vez, y aun así había seguido creyendo que lo que él había entendido aquella noche continuaba siendo cierto: que debía volver.
—Si dentro de un mes queréis bajar otra vez —dijo Jaume, recuperando el tono ligero—, no pienso acompañaros.
—No voy a bajar.
—Eso dijisteis también cuando éramos niños. Decíais en el dormitorio que de aquí no os sacaba nadie.
—A mí me hicieron bajar.
Jaume dejó de sonreír.
—Y a mí. Primero dejé de alcanzar lo que había cantado toda la vida y después la voz se me volvió áspera de un mes para otro. No hubo más que hablar. Mi tío vino a buscarme y se acabó.
Bernat asintió.
—Por eso esta vez —continuó Jaume, cambiándose el hato al otro hombro—, si alguno baja, será porque quiere.
Junto a la cruz de piedra que marcaba el último tramo, Bernat se arrodilló sin decir nada.
Jaume esperó un momento con el hato en las manos y se arrodilló también, algo más aprisa, y rezó con los ojos bajos.
Bernat dijo el padrenuestro entero. Después, con las pocas palabras que tenía, le dijo a la Señora que había vuelto y que, si aquello que él había entendido de niño era cierto, estaba allí para cumplirlo.
Se levantó con las rodillas manchadas de tierra y sintió que el corazón le iba más deprisa que la cuesta.
La portería tenía la puerta abierta y dentro, en el banco, dormitaba un lego de cara colorada al que Bernat no conocía.
Se adelantó a Jaume y llamó con los nudillos él mismo.
El lego tardó en espabilarse y en ir a avisar, y mientras tanto Bernat miró el arco, la bóveda baja y el trecho de camino que se veía desde allí, el mismo por donde sus padres habían bajado una vez hasta desaparecer.
Dalmau salió a recibirlos con un paso más lento del que Bernat recordaba.
—Mis escolans preferidos —dijo—. Tarde como siempre.
—Los caminos, fra Dalmau —dijo Jaume.
—Siempre son los caminos.
Vicenç los esperaba en la galería del claustro, de pie, con un legajo en la mano que entregó a un hermano antes de volverse hacia ellos. Los miró un momento con la atención de quien comprueba que los hombres que tiene delante son los mismos que hablaron con él meses atrás.
—¿Sabéis por qué habéis vuelto?
Jaume contestó primero.
—Porque fuera no me hallaba, padre. Y porque creo que aquí quizá sí. Quiero probarlo.
—¿Y si no?
—Entonces volveré a bajar y al menos lo sabré.
Vicenç asintió sin parecer decepcionado. Se volvió hacia el otro y dijo únicamente:
—Bernat.
—Porque creo que Dios me ha traído de nuevo a esta casa, padre, y deseo servirlo en ella toda mi vida. Sé copiar, sé llevar una cuenta sin fallar, no tengo miedo al trabajo y obedeceré en todo lo que se me mande.
La respuesta salió limpia y entera, y Bernat se dio cuenta, al terminarla, de que la había ensayado demasiadas veces.
Hubo una pausa corta.
—Os he preguntado por qué habéis vuelto —dijo Vicenç, sin dureza—, no para qué servís.
A Bernat se le subió el calor a las orejas. Vicenç no pareció notarlo, o quiso no notarlo.
—No lo tomo a mal. Pero ni vosotros ni yo sabemos todavía si habéis vuelto porque Dios os llama o porque deseáis mucho este lugar.
Volver no es lo mismo que quedarse. Para eso existe el tiempo de prueba: para que lo averigüéis vosotros y para que lo averigüemos nosotros.
Todavía no sois monjes. Habéis pedido ser recibidos y ahora habrá que ver si esta vida es verdaderamente la vuestra.
Permaneceréis bajo la dirección del hermano encargado de los novicios.
Lo demás vendrá cuando deba venir, si Dios quiere.
—Sí, padre —dijeron los dos casi al unísono.
Fra Dalmau los acompañó hasta la hospedería, donde les dieron un cuenco de legumbres y un trozo de pan. Al cruzar de nuevo el claustro, Jaume se detuvo y señaló con la barbilla una de las ventanas estrechas de la galería alta.
—Ahí dormíamos.
En ese momento se abrió una puerta al fondo de la galería y cruzó una fila de niños de dos en dos, con túnicas oscuras, narices rojas y el paso medido de quienes hacían aquel recorrido todos los días.
Ninguno miró a los dos jóvenes detenidos en el claustro.
Al final iba uno muy pequeño, de seis o siete años, que se quedó un poco rezagado, con los ojos muy abiertos, hasta que una mano lo apremió desde atrás.
Bernat lo siguió con la vista hasta que desapareció tras la puerta.
A vísperas los hicieron entrar en la iglesia por el costado y fra Dalmau les indicó dónde colocarse, algo apartados de la comunidad.
Era sábado y la luz de la tarde entraba oblicua por las ventanas altas, dejando buena parte de la iglesia en penumbra, y el olor era el de siempre: cera, lana y piedra.
Al fondo, sobre el altar, la imagen de la Señora seguía allí.
Bernat la miró un momento y apartó los ojos, porque no sabía qué hacer con la mirada.
Entraron los monjes. Entre ellos vio al maestro Francesc.
Estaba más delgado y más cano que cinco años atrás, pero Bernat habría reconocido aquellas manos desde el otro extremo de la iglesia. Después aparecieron los niños. El maestro aguardó a que ocuparan su lugar y, llegado el momento, hizo una señal pequeña con la mano.
Empezaron a cantar. Y aquello le produjo una satisfacción absurda.
Al acabar el día los acostaron en una sala larga y baja, con varios jergones y un hermano que dormía cerca de la puerta y tenía a su cargo a los jóvenes que estaban a prueba. Jaume se dejó caer sobre el suyo sin quitarse todavía la túnica y estuvo callado un buen rato.
—¿Qué hora creéis que es? —preguntó al fin, ya medio dormido.
—Poco después de completas. Faltan unas horas para maitines.
—Sois insoportable.
—Me lo habéis preguntado vos.
Jaume rio bajito y al poco rato su respiración se hizo lenta y pareja.
Bernat se quedó mirando el techo.
Esta vez, pensó, su lugar no dependería de alcanzar una nota. Si hacía bien aquello que le encomendaran, nadie tendría motivo para mandarlo fuera.
Nadie lo había dejado allí aquella mañana. Nadie había tenido que soltarle la mano ni bajar después por el camino sin él. Había vuelto porque había querido.
Bernat cerró los ojos con la certeza de que lo que se había interrumpido cinco años atrás acababa de empezar otra vez y de que, esta vez, se quedaría para siempre.