XXXVII. La inocencia
L a mañana empezó, como casi todas, con las manos metidas en algo que olía a tierra.
El hermano hortelano le había pedido que separara los bulbos de cebolla que se guardaban para la siembra de los que ya no servían para nada más que para la olla, y Jaume llevaba un buen rato con esa tarea, sentado en el poyo del huerto, sacando de un cesto grande bulbo tras bulbo y decidiendo, con el mismo criterio de siempre, cuáles iban a un montón y cuáles al otro.
Le gustaba esa clase de trabajo. Tenía un principio y un final que se podían medir con los ojos, y al terminar uno sabía, sin que nadie tuviera que decírselo, si lo había hecho bien.
Cuando terminó, el hortelano lo mandó a buscar con un recado distinto: había que bajar hasta una masía cerca de Monistrol, la de la familia Puig, que llevaba años suministrando a la hospedería quesos curados y algo de tocino salado, porque el hermano cillerero necesitaba reponer antes de que llegara la fiesta y no quedaba nadie libre esa mañana salvo Jaume.
—Llevad el saco vacío y traed lo que os den. Ya saben lo que hace falta, no tenéis que discutir nada con ellos.
—¿Y si me piden más de lo que llevo para pagar?
—No os van a pedir nada. Se apunta y se paga después, como siempre.
Jaume se echó el saco al hombro con una satisfacción sencilla, la de saber exactamente lo que tenía que hacer y no necesitar pensar en nada más.
El camino de Monistrol, a esa hora de la mañana, tenía la tranquilidad de siempre: alguna cabra suelta que un pastor recogía sin prisa, dos mujeres que subían con cestos vacíos hacia el mercado de arriba.
No vio a los dos hombres hasta que estuvo bastante cerca del primer estrechamiento del camino.
Estaban allí, uno apoyado contra la roca y el otro un poco más adelante, con las mismas capas con las que se habían plantado, dos días antes, delante de otro muchacho de Montserrat.
A aquella distancia, con el mismo hábito, una edad parecida y una complexión que no difería demasiado de la de Bernat, a quien apenas habían distinguido en la oscuridad de aquel mismo camino, el error podía cometerse antes de que ninguno de los dos se fijara bien en su cara.
Jaume no les prestó más atención que la que se presta a cualquier desconocido.
Fue el más alto de los dos quien se irguió primero, entornando los ojos hacia él, y algo en su gesto, un ligero codazo al otro, dijo, sin palabras, que aquellos dos hombres ya habían decidido algo sobre él antes de que les hubiera dirigido siquiera un vistazo.
—Otra vez vos.
Jaume aminoró el paso, sin llegar a detenerse, mirando primero a uno y después al otro con la extrañeza de quien busca, sin encontrarla, alguna cara conocida entre dos que no lo eran.
—¿A mí?
—Os dijimos que no volvierais por este camino.
—Yo no os he visto nunca.
Lo dijo con una sinceridad tan completa que a él mismo le sonó extraña, la de alguien que no tiene ningún motivo para mentir sobre algo tan simple, y esperó, con la ingenuidad de quien cree que basta con decir la verdad para que un malentendido se deshaga solo, a que aquellos dos hombres comprendieran su error y lo dejaran seguir.
En vez de eso, el más bajo de los dos, el que se había quedado más adelante en el camino, avanzó un paso hacia él con una expresión que ya no era de sorpresa sino de una especie de cansancio contrariado, el de quien ve confirmarse lo peor que esperaba.
—No empecéis otra vez con eso.
—¿Con qué? Yo bajo a por queso, para la hospedería. Me llamo Jaume. No sé quiénes sois ni de qué me habláis.
—Ahora tampoco nos conocéis.
Lo dijo con una media sonrisa que no tenía nada de alegre, y Jaume, sin comprender todavía la magnitud de lo que estaba ocurriendo, sintió que algo en el aire de aquella conversación se había vuelto pesado de un modo que no sabía nombrar.
Intentó, con la misma buena fe con que había hablado hasta entonces, explicarse mejor.
—De verdad que os equivocáis. Trabajo en el huerto. No he bajado nunca por este camino con nadie más que con el hortelano, ni he hablado con vosotros en mi vida.
—Eso es justo lo que diríais si quisierais que os dejáramos en paz.
—¡Pero es la verdad!
—Ya lo dijisteis la última vez, y no era verdad entonces.
Miró hacia atrás, calculando con qué rapidez podría alejarse por donde había venido, y ese mismo gesto, ese medio giro de cabeza, pareció bastarle al más alto para interpretar que Jaume se disponía a huir.
—Quieto ahí.
—Solo quiero pasar. Tengo un recado que hacer, y os prometo que no soy quien pensáis.
—Lo que digáis ya no cambia nada.
El más bajo se puso a su altura, cerrándole el paso hacia Monistrol, y Jaume, atrapado entre los dos sin haber hecho nada más que bajar por ese camino para un recado, sintió que el pánico le empezaba a subir por el pecho con una rapidez que no había conocido nunca.
—¡Escuchadme, por favor! ¡Preguntad a cualquiera en Montserrat quién soy! ¡Os van a decir que trabajo en el huerto, que no sé nada de lo que sea que buscáis!
—Cuanto más habláis, peor os lo ponéis.
—Nos dijeron que la última vez bastaría con avisaros.
—¡No me habéis avisado nunca de nada! ¡Es la primera vez que os veo en mi vida!
La insistencia, en vez de ablandarlos, pareció endurecerlos todavía más, como si aquella negación repetida, cada vez más desesperada, no sonara a la verdad que en realidad era, sino a la última resistencia de alguien que sabe que ya no tiene ninguna otra salida.
El más alto le puso una mano en el hombro con la firmeza de quien impide un movimiento antes de que llegue a producirse, y Jaume, por puro instinto, tiró para librarse de ella.
—¡Soltadme!
El empujón que siguió a ese forcejeo lo lanzó contra la pared de roca con más fuerza de la que Jaume habría creído posible en un solo gesto, y el saco que llevaba al hombro cayó al suelo mientras él, con la espalda golpeada contra la piedra, intentaba todavía, con la voz ya quebrada, hacerse entender.
—¡Os juro que os equivocáis, os lo juro por Dios...!
—Cuanto más juráis, más parecéis mentir.
El puñetazo le llegó al costado sin ningún aviso, y le sacó todo el aire de golpe, doblándolo sobre sí mismo con un dolor que no había sentido nunca en su vida. Cayó de rodillas, con las manos hundidas en la tierra fría.
—Por favor... —consiguió decir, ya sin fuerza para nada más—. Por favor, parad...
Le dieron un golpe más, en la cara, aunque fue un golpe torpe que chocó contra el brazo con el que Jaume había intentado cubrirse la cara, y después, las manos que lo sujetaban lo soltaron de golpe, y Jaume cayó del todo al suelo.
—Que esta vez quede claro —dijo una voz desde algún lugar por encima de él, ya sin la dureza de antes, con el mismo tono cansado de quien cierra un asunto que le habría gustado no tener que repetir dos veces—.
Ni cuentas, ni caminos, ni nada. Si os vemos otra vez por aquí, no necesitaremos ni decir una palabra más.
Jaume no respondió. No podía. Se quedó allí, con la mejilla pegada a la tierra fría, oyendo cómo los pasos de los dos hombres se alejaban hacia Monistrol sin ninguna prisa, exactamente con la misma calma con que se habría alejado cualquiera después de una charla en la plaza.
Pasó un tiempo que no supo medir, encogido sobre sí mismo, respirando despacio porque respirar más rápido le dolía en el costado, hasta que consiguió apoyarse sobre un brazo y quedarse sentado.
Se llevó la mano a la boca y la retiró con algo de sangre, no mucha, pero suficiente para asustarlo un poco más de lo que ya estaba. El labio se le había abierto por dentro contra los dientes.
Durante un momento cerró los ojos y trató de rezar un padrenuestro. Llegó apenas a las primeras palabras antes de perder el hilo y tener que empezar otra vez.
«Nos dijeron que la última vez bastaría con avisaros.»
Le daba vueltas a esa frase sin conseguir sacarle ningún sentido.
Él nunca había hablado con esos hombres.
Nunca había bajado por aquel camino más de lo que bajaba cualquier otro hermano cuando le tocaba un recado.
No sabía nada de cuentas, ni de caminos prohibidos, ni de nada que dos desconocidos pudieran querer advertirle.
Y sin embargo hablaban como si lo conocieran de antes, como si ya hubiera pasado por aquello una vez y hubiera decidido, con una tozudez que él no reconocía en sí mismo, volver a desafiarlos.
Intentó levantarse, y el dolor del costado lo dobló otra vez con un gemido que se le escapó antes de poder evitarlo.
Se quedó un momento más sentado, respirando corto, mirando el saco vacío que había caído a un par de pasos y que ya no le parecía tener ningún sentido recoger, porque no llegaría a ninguna masía ese día, ni volvería con queso, ni con nada más que consigo mismo, malherido, sin entender qué acababa de pasarle ni por qué precisamente a él.
Fue un carretero que subía desde Monistrol, con dos mulas cargadas de leña, quien lo encontró todavía sentado en el borde del camino, con la cara así.
—¿Qué os ha pasado, muchacho?
—Dos hombres —dijo Jaume, y la voz le salió más rota de lo que esperaba.
—¿Podéis andar?
—Creo que sí.
El carretero lo ayudó a levantarse, sosteniéndolo por debajo del brazo bueno, y Jaume, apoyado en él, dio los primeros pasos con las piernas todavía temblorosas, sintiendo cada bache del camino como un golpe nuevo en el costado.
Subieron así, despacio, hasta que las construcciones de Montserrat aparecieron por fin ante ellos, y con ellas la sensación, extraña y enorme, de que aquel lugar, que hasta esa misma mañana le había parecido el sitio más seguro y más suyo del mundo, no había servido para protegerlo de nada.
En la portería, alguien dio la voz de alarma en cuanto lo vieron llegar así, sostenido por un desconocido, con la boca hinchada y el hábito manchado de tierra.
Jaume, algo mareado, alcanzó a distinguir rostros que se acercaban, voces que preguntaban qué había pasado, manos que lo ayudaban a sentarse en el primer banco que encontraron.
Le pareció ver, entre aquellos rostros, uno que se quedaba más quieto que los demás, más pálido, mirándolo con una expresión que en ese momento no supo interpretar, ocupado como estaba en no perder del todo el sentido.
Se quedó allí, dolorido y desorientado, mientras alguien iba a buscar al hermano enfermero, sin ninguna otra cosa en la cabeza que la misma pregunta, pequeña y enorme a la vez, que ningún golpe le había dejado responder: por qué a él.