El libro rojo de Montserrat XXXVI. La persecución
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XXXVI. La persecución

U no de los hermanos de la sacristía le pidió que bajara hasta Monistrol a recoger, de manos de un platero que trabajaba allí desde hacía años, dos broches de plata que habían mandado componer para el frontal de la fiesta próxima.

Debía subir con ellos antes de que oscureciera del todo; en la sacristía no querían tener aquella clase de piezas fuera de la casa más tiempo del necesario.

Era un recado sin nada de particular, del tipo que Bernat había hecho una docena de veces desde que estaba en Montserrat, y bajó por el camino de Monistrol con el mismo paso de siempre, sin llevar en la cabeza más que el encargo y el frío que ya apretaba.

Recogió los broches, pero el platero lo entretuvo más de lo previsto comprobando delante de él los cierres y envolviendo las piezas para el camino. Cuando Bernat emprendió el regreso, la tarde se había apagado casi por completo.

En el llano quedaba todavía algo de claridad, pero al entrar en el tramo donde el camino corría entre dos paredes de roca la oscuridad era ya suficiente para borrar los rasgos de un rostro a pocos pasos de distancia.

Bernat distinguía el sendero, las piedras y las siluetas de quien pudiera venir de frente, pero poco más.

El camino, en aquel tramo, corría entre dos paredes de roca que lo estrechaban antes de abrirse otra vez hacia el llano de Monistrol, y era allí, en ese primer estrechamiento, donde reconoció al hombre.

Estaba apoyado contra la piedra, con la misma capa sin distintivo del día anterior, y esta vez no hablaba con nadie.

Bernat, al pasar a su altura, sintió que el cuerpo se le tensaba antes de que la cabeza terminara de decidir si aquello era motivo de alarma o solo una coincidencia que él mismo se empeñaba en interpretar de más.

Siguió andando, sin volver la cabeza, diciéndose que un hombre apoyado en una roca no era, por sí solo, ninguna amenaza.

Fue el segundo hombre quien le quitó cualquier posibilidad de seguir creyéndolo.

Salió de detrás de un peñasco algo más adelante, sin prisa, y se colocó de tal manera que, sin llegar a cerrarle el paso del todo, hacía que continuar en línea recta significara pasar entre los dos.

Bernat aminoró el paso, sin llegar a detenerse, calculando si convenía retroceder, y comprendió, con la misma rapidez con que se comprende algo que ya se temía, que retroceder significaba dejar al primero a su espalda.

—Mal camino para llevar prisa —dijo el segundo, sin moverse del sitio.

—No llevo prisa. Vengo de Monistrol por un recado.

—¿Qué recado?

—De sacristía. Nada que os importe.

El hombre sonrió y miró un instante hacia su compañero, que ya se había apartado de la roca y caminaba, despacio, para situarse a espaldas de Bernat.

—Pasáis mucho por este camino, ¿no?

—Cuando me mandan.

—¿Y cuando no os mandan?

Bernat no respondió enseguida. Algo en la pregunta, tan simple y tan precisa a la vez, le dijo que no estaba hablando con dos hombres que se hubieran cruzado con él por casualidad y hubieran decidido, sin más, entretenerse a su costa.

—No sé qué queréis decir.

—Dicen que hacéis muchas preguntas allá arriba. —El primero ya estaba a su lado, no lo bastante cerca para tocarlo, pero lo bastante para que Bernat sintiera el espacio entre ambos reducirse—. Sobre cuentas. Sobre cargas.

—No sé de qué me habláis.

—Claro que lo sabéis.

Bernat sintió que el corazón le latía ya con una fuerza que no podía disimular, aunque procuró que la voz le saliera tan firme como pudiera sostenerla.

—Soy copista. Hago preguntas sobre lo que copio. Nada más.

—¿Y a quién le contáis lo que averiguáis?

—A nadie.

—Eso no es lo que oímos.

Fue entonces, sin que ninguna palabra lo anunciara del todo, cuando el de detrás le sujetó el brazo derecho, con una fuerza que no dejaba lugar a la duda de que aquello había dejado de ser una conversación.

Bernat tiró para soltarse, por puro instinto, y el otro le apretó más, con la misma facilidad con que se sujeta a alguien que no representa ningún peligro real.

—Quieto —dijo el que tenía delante, y no había en la palabra ninguna prisa, ninguna alteración, solo la seguridad de un hombre que ha hecho esto antes y sabe exactamente cuánta fuerza necesita.

Le palparon el hábito, la faltriquera, el interior de las mangas, con manos rápidas y expertas que no perdían el tiempo en gestos innecesarios.

Bernat, con el brazo todavía inmovilizado, sintió que la vergüenza le pesaba casi tanto como el miedo, la vergüenza concreta de que dos desconocidos lo tocaran así, en pleno camino, sin que hubiera nadie más a la vista para ver lo que ocurría ni para poder ayudarlo.

Buscaban algo. Tardó solo un instante en entender qué: un papel, una nota, cualquier cosa doblada que pudiera llevar escrita una dirección o un nombre.

No encontraron nada, porque no había nada que encontrar, y Bernat, incluso en medio del miedo, sintió que aquel vacío le devolvía algo parecido a un asidero: si buscaban un escrito con tanta insistencia, era porque no sabían con certeza que no existía.

—¿Habéis mandado algún recado? —preguntó el primero, ya sin la calma de antes—. ¿A quién?

—No he mandado nada.

—¿A quién habéis hablado de Bar?

Bernat sintió que el nombre de Bar le atravesaba, porque significaba, sin ninguna duda posible, que aquellos hombres sabían más de lo que un desconocido cualquiera debería saber, y sin embargo se obligó a pensar, con la misma disciplina de siempre, que preguntar por algo no era lo mismo que saberlo con certeza.

Si lo supieran de verdad, no necesitarían preguntárselo a él.

—No sé de qué Bar habláis.

El que lo sujetaba le torció el brazo un poco más, no hasta el dolor insoportable, pero sí hasta el punto exacto donde el cuerpo entero se pone en alerta y cualquier intento de resistirse se vuelve, de golpe, impensable.

—No sigáis preguntando por cuentas. No sigáis preguntando por cargas.

No mandéis ningún recado a nadie, ni ahora ni después.

—El primero se acercó un paso más, y Bernat pudo ver, de cerca, que no tenía nada de extraordinario en la cara, ningún rasgo que lo señalara como distinto de cualquier hombre de camino—.

Si alguien os pregunta por esto, no ha pasado nada.

Y si volvéis por estos caminos, la próxima vez no hablaremos tanto.

Lo soltaron con la misma brusquedad con que lo habían sujetado, y Bernat, liberado de golpe, tuvo que apoyarse un instante contra la pared de roca para no perder el equilibrio.

Ninguno de los dos hizo ademán de seguir hablando. El primero le dio la espalda y empezó a caminar hacia Monistrol, sin prisa, como quien termina una tarea ordinaria; el segundo esperó un momento más, mirándolo con la misma atención de antes, y siguió a su compañero sin decir nada más.

Bernat se quedó allí, con el brazo dolorido y el hábito arrugado por donde lo habían palpado, escuchando el eco de sus propios pasos sobre la piedra cuando por fin consiguió moverse de nuevo.

Durante unos instantes no hizo otra cosa que respirar. Después se santiguó. No supo si daba gracias a Dios porque aquellos hombres se hubieran limitado a asustarlo o si pedía simplemente llegar de vuelta a Montserrat sin encontrárselos otra vez.

Continuó subiendo hacia Montserrat, con el paquete de los broches todavía bien guardado y la cabeza llena de una sola pregunta que no conseguía apartar: si aquellos hombres sabían de verdad que había hecho salir un aviso, o si solo sospechaban lo bastante para ir a comprobarlo con las manos.

Y entonces pensó en Ramon.

No como una posibilidad remota, sino con toda la claridad de un miedo concreto: en algún otro camino, en algún otro estrechamiento de roca, podía haber alguien haciéndole a él las mismas preguntas, o algo peor.

No tenía manera de saberlo, ni de advertirle.

Llegó a la portería sin luz, entregó los broches al hermano de la sacristía, que le dio las gracias sin fijarse en nada raro en su aspecto, y cruzó el claustro camino del dormitorio.

Pasó, sin buscarlo, cerca de la cámara prioral, donde todavía se veía luz bajo la puerta, y se detuvo un instante, con el brazo todavía dolorido bajo la manga, sabiendo que allí dentro estaba el único hombre de toda la casa capaz de hacer algo con lo que acababa de ocurrirle.

Se quedó de pie un momento más, con la mano casi levantada para llamar. Pensó en la promesa que ya había roto. Pensó también que ocultar aquello sería romper otra cosa distinta.

Aun así, siguió andando. Dejó atrás la puerta y continuó hacia el dormitorio sin decir a nadie una sola palabra de lo que le había pasado en el camino.

Poco después, cuando Bernat ya había dejado atrás el claustro, el hermano de la sacristía terminó de guardar los broches y encontró a Arnau revisando unas piezas del altar.

—Podía haber bajado yo mismo a por ellos —le dijo—. O haber esperado a mañana. No hacía falta mandar al copista.

Arnau no levantó la vista de lo que tenía entre las manos.

—Siempre hay un motivo para todo.

El hermano esperó alguna explicación que no llegó. Arnau colocó la pieza en su sitio y dio el asunto por terminado.

Ya en el dormitorio, con el pulso más quieto y el dolor del brazo reducido a una molestia sorda, Bernat volvió a pensar en el camino y en la casualidad del encargo.

Dos broches de plata. Nada urgente. Nada, tampoco, que él u otros hermanos no hubieran hecho muchas veces.

Y, sin embargo, había sido precisamente a él a quien habían mandado bajar esta vez. Y justo por el lugar en el que aquellos dos hombres parecían estar esperando a alguien como él en el camino.

Bernat ya no sabía cómo volver a creer en las coincidencias.